Sergi Sanchiz | Teoría y Praxis

Ya hay fecha. Al iniciarse su juicio, el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, afirmó ante sus secuaces del Likud que la anexión de la Cisjordania ocupada se producirá el 1 de julio: «Es una gran oportunidad y no la dejaremos pasar... una fecha objetivo en julio, y no la cambiaremos». Es la conclusión esperada del «acuerdo del siglo», como denominó Donald Trump al plan aprobado por su Administración, el pasado enero, para consumar la limpieza étnica contra los palestinos: la «segunda mitad de 1948» que los líderes políticos y militares israelíes llevan propugnando desde al menos 2002, cuando Ariel Sharon provocó el estallido de la segunda Intifada.

Aunque no todos los analistas tienen claro que llegue a cumplirse en el plazo indicado, resulta evidente que la anexión es vital para el futuro político de los dos bucaneros, acorralados por graves acusaciones, enfrentados a sus propias instituciones y en grave peligro de perder el poder.

Por ello, el objetivo declarado del plan Peace to Prosperity es garantizar definitivamente la «seguridad» de Israel, un concepto que, al igual que en los años de la “guerra fría” y después, sirve para enmascarar cualquier objetivo inconfesable: expansionismo, rapiña de recursos, limpieza étnica, represión interna… La identidad entre los “halcones” del Pentágono y Tel Aviv ha alcanzado su máxima expresión pública.

Previamente, ha sido necesario que EEUU apoyara el plan israelí de convertir Jerusalén Este en capital del Estado judío (diciembre de 2017) y que dejara de considerar ilegales los asentamientos de Israel en Cisjordania (noviembre de 2019). Por su parte, la Knéset (el Parlamento israelí) aprobó en enero de 2018 la ley conocida como «Jerusalén Unificada», que blinda la anexión de la ciudad frente a un eventual acuerdo de paz.

¿Oslo traicionado?

Territorio de Cisjordania que será anexionado por Israel según el plan Trump.Esta línea de comportamiento ante la cuestión de Jerusalén venía anunciando lo que, en síntesis, significa esta «Solución Final», como bien ha caracterizado el plan Nazanín Armanian: la voladura definitiva de los Acuerdos de Oslo (1993) y de la estructura tradicional de las negociaciones entre israelíes y palestinos, para imposibilitar la solución de los «dos estados» y poner las bases para la definitiva expulsión de la población palestina de su propio territorio. Para ello, el plan amplía la soberanía israelí a nuevos territorios de Cisjordania, establece Jerusalén como “capital indivisible” de Israel, rechaza abiertamente el retorno de los refugiados palestinos y “bantustaniza” definitivamente el territorio en manos (?) de la Autoridad Nacional Palestina.

En efecto, en una reciente entrevista, Netanyahu lo dejaba claro:

«[El Plan Trump] es una oportunidad histórica para cambiar el rumbo de la historia, que apuntaba en una única dirección, todo el tiempo. Todos los planes diplomáticos que nos propusieron en el pasado nos pidieron que concediéramos franjas de la Tierra de Israel, regresáramos a las fronteras de 1967 y dividiéramos Jerusalén. Para acoger refugiados [palestinos]. Esto es una reversión. No somos nosotros los obligados a hacer concesiones, sino los palestinos».

Como veremos, el cinismo de estas afirmaciones resulta apabullante, pero palidece ante la respuesta del primer ministro a sus críticos de ultraderecha [!], que acusan al plan de promover la formación de un Estado palestino y la asimilación de los árabes anexionados como ciudadanos israelíes [¡!]:

«Independientemente de las negociaciones, si ellos [los palestinos] consideran apropiado cumplir y aceptar […] la soberanía israelí al oeste del río Jordán, preservar una Jerusalén unida, negarse a aceptar refugiados, no desarraigar a las comunidades judías y la soberanía israelí en grandes extensiones de Judea y Samaria [Cisjordania], etc., el proceso [diplomático] avanzará. Deben reconocer que controlamos la seguridad en todas las áreas. Si aceptan todo esto, tendrán una entidad propia que el presidente Trump define como un estado. […] un estadista estadounidense me dijo: "Pero Bibi, no será un estado". Le dije: “Llámalo como quieras. En el corazón del plan de Trump están las bases con las [hasta ahora] que solo hemos soñado”».

Ahora bien, ¿es esto realmente una novedad respecto a la situación anterior?

Muchos recordamos los triunfales gestos y declaraciones realizados al calor de la Conferencia de Madrid en 1991, donde se iniciaría el principio de “paz por territorios”. En aquellos momentos, George Bush padre quería dejar como legado presidencial un nuevo “orden” mundial, mientras que Felipe González se hallaba encantado de explotar a nivel interno su nuevo papel como “líder” internacional a las órdenes de Washington, tras la vergonzosa intervención en la reciente guerra del Golfo.

En Palestina, la Intifada había mostrado al mundo la voluntad de combatir de un pueblo oprimido con métodos terroristas desde hacía más de cuarenta años, pero el Consejo Nacional Palestino había aceptado en Argel (1988) la división del territorio histórico y la coexistencia con Israel, basada en las fronteras anteriores a la guerra de 1967, reconocidas por diferentes resoluciones de la ONU. Además, la figura de Arafat había quedado debilitada internacionalmente por su apoyo público a Sadam Hussein en la reciente guerra del Golfo, que contó con la participación entusiasta de numerosos estados árabes sumisos a EEUU. Por su parte, la población israelí era mayoritariamente favorable al fin de la ocupación y a la solución acordada en Oslo, de acuerdo con los sondeos. Sin embargo, la mayor parte de la “izquierda” israelí nunca renunció al sionismo. Hoy, la ultraderecha domina la Knéset y los laboristas no cuentan más que con tres diputados.

Laboristas fueron algunos de los dirigentes que, inmediatamente después de firmar los acuerdos en la Casa Blanca, se dedicaron a minarlos sistemáticamente, cambiando posiciones a última hora y exigiendo a los palestinos concesiones continuas a cambio de promesas vagas, coacciones, torturas, prisión y bombardeos durante las tres décadas siguientes. Uno de ellos, Isaac Rabin, insistió durante las negociaciones en no desmantelar los asentamientos de Gaza antes de cinco años. Seis semanas después de la firma, los representantes palestinos aceptaron una ampliación de los asentamientos en Gaza. Comenzaba, así, «una larga ronda de conversaciones en las que Israel imponía y Arafat protestaba, gritaba y firmaba». Esas eran las «concesiones» a las que cínicamente aludía Netanyahu.