represion

 

JCE(m-l)

La fina línea entre sujeto consciente y sujeto para policíaco.

Desde el inicio del capitalismo y en su desarrollo se ha ido transformando todo el entramado penitenciario para adaptarlo a las necesidades del sistema económico y con él el ideario de las masas respecto al mismo. En dicho desarrollo se crearon los cuerpos policiales como mecanismos para mantener el orden burgués vigente, estos necesitaban para su correcto funcionamiento que gran parte de las masas los aceptaran, los vieran como firmes defensores de la paz y defendieran su necesidad. Si bien es cierto que esta imagen no es una necesidad imperiosa, facilita su labor puesto que implica que las contradicciones de clase no están manifiestas a ojos de las masas y por tanto que no han de entrar en confrontamiento directo.

La acumulación de bienes en las clases trabajadoras acaecida por el aumento descontrolado de la producción del capitalismo, así como toda la cultura y propaganda burguesa individualista, produjo cada vez más en las amplias masas trabajadoras el miedo a la pérdida de su pequeño trozo de miseria. El espíritu de competitividad se exacerba en la clase pequeño-burguesa, siempre temerosa de perder sus propiedades, y se transmite al proletariado.

 

 La Ley juega un papel determinante en este juego pues se presenta como la garantía de los derechos de todos los competidores. Esta ley actúa de forma punitiva, es decir, ejerce un castigo sobre el infractor, no pretende la reinserción de los miembros de la sociedad en la misma sino continuar con la competitividad de la misma, seguir enfrentando a la clase obrera consigo misma.

 

Y así llegamos a la situación actual, en la que, temerosos de perder sus escasas propiedades, influidos por todo el sistema ideológico del capital y henchidos de competitividad, los trabajadores ven La Ley como esta se les presenta y la asumen como suya. Ahora los trabajadores necesitan de esos cuerpos policiales para defender lo que les han hecho ver como sus intereses y no solo eso, sino que se convierten en “chivatos”, “ciudadanos policía”, perfectos garantes del sistema capitalista y defensores acérrimos de su legalidad.

 

 

El punitivismo anteriormente comentado está ahora presente en todo el espectro político del capital y es aceptado e incluso defendido por supuestos antisistema, revolucionarios e incluso ciertos elementos que se autodenominan comunistas. Ejemplo de ello puede ser el caso de Rodrigo Lanza o el de los chavales de Altsasu contra los que la derecha ha lanzado toda su bilis reaccionaria exigiendo la imposición de las más duras penas. Pero también los casos de violaciones en los que tanto se ha luchado por endurecer unas penas que no solucionan el daño causado a las víctimas y sus familias, lejos de eso, lo único que consiguen es dañar al entorno del agresor, aquellos que poca o ninguna culpa tienen de los errores cometidos por el susodicho. Tras estas penas el problema sigue sin desaparecer, sigue habiendo los mismos problemas. Está claro que desde los sectores reaccionarios lo único que se pretende es recrudecer las penas y que desde el reformismo no se plantee superar el punitivismo, puesto que este forma parte del sistema. Pero única solución y la que debemos plantear los comunistas pues, pasa por superar las contradicciones de clase que dan pie a ello.

 

Esto es algo que se ha ido desarrollando desde la aparición del capitalismo hasta hoy día, no es algo que haya surgido en dos días, sino que ha sido parte de la ideología que el capitalismo ha estado transmitiendo a toda la sociedad, está muy presente en el ideario de las masas y no podemos pretender estar libres de su influencia.

 

Todo lo explicado era necesario para contextualizar la situación que se da en el Estado de Alarma dictaminado en nuestro país. La llegada del COVID-19 a nuestro país provocó diferentes reacciones entre las personas desde el más exagerado pánico hasta la más absurda indiferencia. Se vio como el individualismo del que hace gala el capitalismo se tornaba contra su intento de gestión de los bienes más básicos y los elementos de prevención y control del virus. El capitalismo ha demostrado ser un nefasto gestor de catástrofes. La única solución que ha podido encontrar el capital a esta situación es la militarización de las calles y el control exacerbado a sus ciudadanos, además de unas insignificantes medidas de control de la producción la cual, sumida en la anarquía de la que es portadora en esta sociedad, parece estar riéndose de ellas con situaciones de aglomeración como la vivida en la Renfe de Madrid el primer día del Estado de Alarma.

 

En esta situación es en la que aparece el ciudadano-policía en una nueva expresión que viene a realizar la misma defensa del actual orden bajo una apariencia diferente. Anteriormente este tipo de ciudadano se presentaba como un competidor que defendía la legalidad burguesa en tanto en cuanto esta defendía su propiedad, si bien este podía disfrazarse de revolucionario en ciertas ocasiones, no solía haber dudas de los intereses de qué clase defendía. Sin embargo el ciudadano-policía surgido durante el Estado de Alarma se oculta bajo la imagen de sujeto consciente mientras delata a los demás ciudadanos que de forma irresponsable se saltan el confinamiento. En un primer vistazo y analizando los hechos de forma separada del resto de la realidad puede parecer que las acciones de denuncia a estos infractores son útiles para la clase obrera, pues sin duda al ser la clase más abundante en esta sociedad será la que sufra un mayor golpe. Pero hemos de mirar más allá, cuando nos apoyamos en unos cuerpos creados para el control de nuestra clase, cuando sin piedad acusamos a nuestros vecinos, cuando mantenemos la competitividad que nos inculca el sistema, cuando la única solución que vemos a una actitud irresponsable es el castigo, lo que hacemos es reproducir la ideología dominante, olvidamos la lucha de clases y damos pie a la lucha en el seno de nuestra clase. Si actuamos como nuestros propios policías solo retrasamos la revolución, nos convertimos en un engranaje más de la maquinaria de control del sistema.

 

[1] Derivada de punitivo, punible. La palabra «Punitivismo» no figura en el DRAE

La fina línea entre sujeto consciente y sujeto para policíaco.

Desde el inicio del capitalismo y en su desarrollo se ha ido transformando todo el entramado penitenciario para adaptarlo a las necesidades del sistema económico y con él el ideario de las masas respecto al mismo. En dicho desarrollo se crearon los cuerpos policiales como mecanismos para mantener el orden burgués vigente, estos necesitaban para su correcto funcionamiento que gran parte de las masas los aceptaran, los vieran como firmes defensores de la paz y defendieran su necesidad. Si bien es cierto que esta imagen no es una necesidad imperiosa, facilita su labor puesto que implica que las contradicciones de clase no están manifiestas a ojos de las masas y por tanto que no han de entrar en confrontamiento directo.

La acumulación de bienes en las clases trabajadoras acaecida por el aumento descontrolado de la producción del capitalismo, así como toda la cultura y propaganda burguesa individualista, produjo cada vez más en las amplias masas trabajadoras el miedo a la pérdida de su pequeño trozo de miseria. El espíritu de competitividad se exacerba en la clase pequeño-burguesa, siempre temerosa de perder sus propiedades, y se transmite al proletariado.

La Ley juega un papel determinante en este juego pues se presenta como la garantía de los derechos de todos los competidores. Esta ley actúa de forma punitiva, es decir, ejerce un castigo sobre el infractor, no pretende la reinserción de los miembros de la sociedad en la misma sino continuar con la competitividad de la misma, seguir enfrentando a la clase obrera consigo misma.

Y así llegamos a la situación actual, en la que, temerosos de perder sus escasas propiedades, influidos por todo el sistema ideológico del capital y henchidos de competitividad, los trabajadores ven La Ley como esta se les presenta y la asumen como suya. Ahora los trabajadores necesitan de esos cuerpos policiales para defender lo que les han hecho ver como sus intereses y no solo eso, sino que se convierten en “chivatos”, “ciudadanos policía”, perfectos garantes del sistema capitalista y defensores acérrimos de su legalidad.

El punitivismo anteriormente comentado está ahora presente en todo el espectro político del capital y es aceptado e incluso defendido por supuestos antisistema, revolucionarios e incluso ciertos elementos que se autodenominan comunistas. Ejemplo de ello puede ser el caso de Rodrigo Lanza o el de los chavales de Altsasu contra los que la derecha ha lanzado toda su bilis reaccionaria exigiendo la imposición de las más duras penas. Pero también los casos de violaciones en los que tanto se ha luchado por endurecer unas penas que no solucionan el daño causado a las víctimas y sus familias, lejos de eso, lo único que consiguen es dañar al entorno del agresor, aquellos que poca o ninguna culpa tienen de los errores cometidos por el susodicho. Tras estas penas el problema sigue sin desaparecer, sigue habiendo los mismos problemas. Está claro que desde los sectores reaccionarios lo único que se pretende es recrudecer las penas y que desde el reformismo no se plantee superar el punitivismo, puesto que este forma parte del sistema. Pero única solución y la que debemos plantear los comunistas pues, pasa por superar las contradicciones de clase que dan pie a ello.

Esto es algo que se ha ido desarrollando desde la aparición del capitalismo hasta hoy día, no es algo que haya surgido en dos días, sino que ha sido parte de la ideología que el capitalismo ha estado transmitiendo a toda la sociedad, está muy presente en el ideario de las masas y no podemos pretender estar libres de su influencia.

Todo lo explicado era necesario para contextualizar la situación que se da en el Estado de Alarma dictaminado en nuestro país. La llegada del COVID-19 a nuestro país provocó diferentes reacciones entre las personas desde el más exagerado pánico hasta la más absurda indiferencia. Se vio como el individualismo del que hace gala el capitalismo se tornaba contra su intento de gestión de los bienes más básicos y los elementos de prevención y control del virus. El capitalismo ha demostrado ser un nefasto gestor de catástrofes. La única solución que ha podido encontrar el capital a esta situación es la militarización de las calles y el control exacerbado a sus ciudadanos, además de unas insignificantes medidas de control de la producción la cual, sumida en la anarquía de la que es portadora en esta sociedad, parece estar riéndose de ellas con situaciones de aglomeración como la vivida en la Renfe de Madrid el primer día del Estado de Alarma.

En esta situación es en la que aparece el ciudadano-policía en una nueva expresión que viene a realizar la misma defensa del actual orden bajo una apariencia diferente. Anteriormente este tipo de ciudadano se presentaba como un competidor que defendía la legalidad burguesa en tanto en cuanto esta defendía su propiedad, si bien este podía disfrazarse de revolucionario en ciertas ocasiones, no solía haber dudas de los intereses de qué clase defendía. Sin embargo el ciudadano-policía surgido durante el Estado de Alarma se oculta bajo la imagen de sujeto consciente mientras delata a los demás ciudadanos que de forma irresponsable se saltan el confinamiento. En un primer vistazo y analizando los hechos de forma separada del resto de la realidad puede parecer que las acciones de denuncia a estos infractores son útiles para la clase obrera, pues sin duda al ser la clase más abundante en esta sociedad será la que sufra un mayor golpe. Pero hemos de mirar más allá, cuando nos apoyamos en unos cuerpos creados para el control de nuestra clase, cuando sin piedad acusamos a nuestros vecinos, cuando mantenemos la competitividad que nos inculca el sistema, cuando la única solución que vemos a una actitud irresponsable es el castigo, lo que hacemos es reproducir la ideología dominante, olvidamos la lucha de clases y damos pie a la lucha en el seno de nuestra clase. Si actuamos como nuestros propios policías solo retrasamos la revolución, nos convertimos en un engranaje más de la maquinaria de control del sistema.