Diana Díaz

“Este movimiento se ha vuelto tan capitalista(…) No creí que tendría que sentarme treinta y dos años después y básicamente quejarme del hecho de que se hayan convertido en capitalismo. Este ya no es mi orgullo, yo les di su orgullo, pero no me han dado el mío”. Con estas palabras, Sylvia Rivera, importante activista de los derechos LGTBIA, denunciaba en 2.001 la absorción del “orgullo” por parte del capitalismo. Este fenómeno, es lo que poco después se llamaría “capitalismo rosa” o “pinkwashing”.

Con este término, se pretendía dar nombre a una serie de prácticas llevadas a cabo por el capitalismo para lavar su imagen, una cortina de humo “rosa” donde esconder la explotación y la opresión que le son inherentes.
Cuando nos explican que es el pinkwashing nos hablan de “las empresas usando simbología del colectivo, o haciendo uso de una representación de muy mala calidad, para satisfacer sus intereses”.


El problema de esta definición es lo que pasa muchas veces cuando hablamos del capitalismo, que hablamos de los medios de producción o de los bienes que produce, pero nunca de las relaciones de producción (el cómo se producen los bienes) ni de las fuerzas productivas (quién los produce), que es lo que define al capitalismo y a cualquier régimen socioeconómico.
Esto se traduce en que, si reducimos la definición estrictamente a las empresas, eliminamos a otros agentes del capitalismo que recurren sistemáticamente al lavado rosa. Por ejemplo el Estado de Israel, que despenaliza la homosexualidad para blanquear sus crímenes contra Palestina, pero sin ir más allá para no chocar con los fundamentalistas ortodoxos. Otro ejemplo lo tenemos en Ucrania, que ,dominada por la ultraderecha, jamas abrió el debate de la homosexualidad y justo la ha despenalizado durante la guerra.
Incluso muchas veces, es tan simple como una bandera o un comunicado. Véase Joe Biden defendiendo los derechos de las personas trans, mientras que existen leyes anti trans en muchos Estados.
En los años 60, surge desde el feminismo, un movimiento de liberación sexual que cuestiona no sólo la discriminación de gays, lesbianas, bisexuales, travestis y transexuales, sino que también es muy critico con las ideas dominantes que estigmatizaban el placer sexual como pecado, delito o patología y con la alianza entre capitalismo e instituciones como la familia patriarcal y la Iglesia, las cuales legitiman, reproducen y sostienen prejuicios misóginos, sexistas y homofóbicos.
Este movimiento, como el feminismo fue cooptado por el sistema capitalista a través de su institucionalizacion, fragmentación y despolitizacion, lo que dio como resultado un movimiento que no cuestionaba el orden establecido y por tanto una tolerancia cómoda para el Sistema
En resumen, el lavado rosa son las tácticas que ha usado la burguesía para asimilar la lucha del colectivo LGTBIA, para su beneficio.
No es la primera, ni sera la última que el capitalismo absorbe luchas completamente legítimas, lo hizo hasta con la lucha obrera. No hay más que ver que la constitución monárquica la firmó un partido que se decía comunista, o que el sindicato que nació para combatir el sindicalismo vertical de la dictadura desde dentro, ahora está controlado por la oligarquía.
Es absurdo, plantear como hacen algunos, que el pinkwashing no se puede liquidar porque es intrínseco al colectivo. Es ignorar por completo que la lucha de clases afecta a todo, incluido a lo LGTBIA, haciéndole el juego a la burguesía reaccionaria como si esto fuera una alternativa, cuando es seguir tan dentro del capitalismo como cuando se sigue a la burguesía liberal.
En resumidas cuentas, la liquidación del lavado rosa no se puede dar dentro del capitalismo por la propia naturaleza de este. En general, todo derecho que se alcance en este, será siempre dentro de los intereses de la clase burguesa, y bastará un cambio en la coyuntura (como ya ha pasado este año en el mes del orgullo en Madrid) para que todo lo que se ha alcanzado, se borre casi inmediatamente.
La desaparición del lavado rosa, no será efectiva, hasta que no desaparezca la lógica acumulativa del capitalismo, hasta que ni la producción ni la reproducción giren en torno a los intereses y beneficios de unos pocos.