Por Santiago Baranga

Si los años previos a 1917 habían visto crecer a Lenin como organizador del Partido y encabezando el combate ideológico contra las diversas corrientes oportunistas, el período que siguió al estallido de febrero nos muestra a un genial dirigente de masas, que nunca vio decaer su fe incondicional en la capacidad combativa y creadora del proletariado. Esa confianza, junto a una visión precisa del estado de ánimo de la clase obrera y de la situación del resto de las clases, aun en los períodos en que el forzoso exilio o la persecución lo mantenían alejado del contacto con ellas, fue lo que, durante buena parte del año diecisiete, enfrentó a Lenin con buena parte –la mayoría, a menudo– del Comité Central bolchevique.


Al estallar la revolución de febrero, se hallaba en Petrogrado el Buró del Comité Central de los bolcheviques (Molotov, Zalutski y Chliapnikov), formado para hacer frente a la dispersión en el interior en sustitución del Comité elegido en 1912. Con el triunfo de la revolución y el fin de la clandestinidad, salieron también a la luz las contradicciones entre los dirigentes del Partido. Así, Kamenev y moscovitas como Rykov y Noguin defendían una política de “presión” al Gobierno provisional, mientras otros (Molotov, Stalin) desconfiaban de éste.


Las escasas noticias que Lenin recibió en Zurich le hicieron alarmarse por la actitud contemporizadora del Comité Central. Pero el primer choque tuvo lugar en torno a Pravda y la publicación de las Tesis de Abril (ver Octubre, nº 103). Kamenev objetó que las Tesis contradecían la línea elaborada recientemente por el Buró del CC, pero Lenin consiguió finalmente desplegar en el diario toda la línea de pensamiento desarrollada en los meses anteriores. Para Kamenev y Chliapnikov, la revolución era aún burguesa y democrática y no debía transformarse en proletaria.
En aquella ocasión, Lenin sólo contó con el apoyo de Stalin. Se encontraba terriblemente aislado entre los “viejos bolcheviques”, que pensaban que el exilio le había hecho perder el pulso de los acontecimientos en Rusia, o incluso que estaba traicionando al marxismo. En el Comité de Petrogrado, las Tesis sólo fueron aprobadas por dos de sus dieciséis miembros.
Aquella fue la primera vez en 1917 que Lenin salió al encuentro de las masas; en este caso, se trataba de ganar el apoyo de los cuadros delegados a la Conferencia bolchevique de Petrogrado. Las proposiciones de Kamenev fueron derrotadas. En la Conferencia de todo el Partido, a finales de abril, el informe de Lenin Sobre la situación política actual fue aprobado por amplia mayoría. De allí surgió también un nuevo Comité Central, relativamente homogéneo, con Sverdlov, Stalin, Zinoviev, Kamenev, Smilga, Elena Stásova y miembros de comités importantes: Noguin, Fedorov y Miliutin.
Para entonces, Lenin ha comprobado el carácter pequeñoburgués de la “democracia revolucionaria”, como corresponde a la estructura de clases rusa. El proletariado debe atraerse a ese enorme elemento pequeñoburgués, y para ello necesita un partido de clase rigurosamente delimitado, «firme como una roca» y bien organizado, para poder trabajar en un campo muy amplio: «Decenas de millones se alinean ante nosotros», dirá Lenin.
Durante varios meses, así será. Al éxito –pese al obligado repliegue– de junio (ver Octubre, nº 102), seguirá un verano en el que el Partido atravesará duras pruebas. En ausencia de Lenin, Stalin y Sverdlov se ven obligados a ponerse a la cabeza del movimiento de obreros y soldados para exigir la entrega del poder a los sóviets, al ser imposible calmarlos. Comparten con Lenin la percepción de que éstos siguen teniendo el apoyo de las masas obreras, y de que se prepara la intervención militar para aplastar a los revolucionarios bajo cualquier pretexto (la korniloviada de agosto lo demostrará); pero tampoco pueden ser vistos como un partido moderado. Ahora bien, cuando los bolcheviques inciten al proletariado a lanzarse a la calle, será para iniciar la insurrección: «la era de las manifestaciones pacíficas ha terminado».
Esas jornadas de julio desataron el furor de la reacción contra Lenin, que tuvo que mantenerse oculto durante el VI Congreso del Partido, reunido clandestinamente a finales de julio. En él, Stalin expuso la necesidad de la toma del poder por la clase obrera, dada la impotencia de la dirección oportunista de los sóviets. El manifiesto del Congreso llamaba a obreros, campesinos y soldados a prepararse para la insurrección.
Allí, además, se había elegido un nuevo Comité formado por veintiún miembros, incluyendo a Trotski y sus compañeros Yoffe, Uritski y Sokolnikov, así como a dos nuevos moscovitas, Bujarin y Rykov. Durante la guerra, los trostskistas habían mantenido una posición centrista entre bolcheviques y mencheviques. A su regreso a Rusia, Trotski procuró hacerse su propio lugar en la revolución, con posiciones próximas a las de Lenin, que finalmente le propuso integrarse en el partido. Pero, como señala Walters, «no era hombre que se dejara mandar por otro». Así pues, el nuevo comité era más heterogéneo y sus miembros no acababan de reconocer la autoridad moral de Lenin, fuera de Stalin, Sverdlov, Smilga, Berzin y Dzerjinski.
Sea como fuere, lo cierto es que la represión y la intentona de Kornílov inclinan inexorablemente la balanza de la revolución hacia los bolcheviques. Los sóviets de Petrogrado y Moscú aprueban sus resoluciones, incluida la dimisión de los respectivos comités. Para Lenin, el camino se despeja: el sóviet ya es el instrumento del proletariado revolucionario, y como tal debe tomar el poder. Pero esa toma del poder no puede hacerse sin la insurrección. Y ésta debe producirse pronto.
Es en estos momentos clave cuando surgen con fuerza las contradicciones en el Comité Central. A petición de Lenin, Stalin leyó las cartas en las que aquél explicaba sus argumentos a favor de la insurrección, y que debían ser transmitidas a las principales organizaciones locales del Partido. Con la oposición de Stalin, el Comité optó por aplazar la discusión, desobedeciendo por tanto las instrucciones de Lenin, que ni siquiera fue informado de ello. Kamenev incluso consiguió que se destruyera las copias de las cartas.
El 29, Lenin envió una nota al Comité Central para denunciar su inactividad y anunciar que dimitía, tras lo cual se lanzó a una febril campaña de explicación al conjunto del Partido sobre la necesidad de preparar la insurrección contra el gobierno de Kerenski: «La contemporización es la muerte», advertía incansable.
Por último, tras retirar su dimisión, optó por presentarse ante el Comité Central el 10 de octubre. Uritski expuso la opinión del grupo trotskista, argumentando la debilidad de los bolcheviques, para pedir más tiempo. Zinoviev secundó las posiciones moderadas de Kamenev: confiaban en una rápida mejora de las perspectivas electorales de los bolcheviques.
Finalmente, la reunión aprobó una ambigua propuesta de Lenin, que llamaba a preparar la insurrección, pero sin establecer un plazo. Sin embargo, Zinoviev y Kamenev, con el apoyo de Rykov y Miliutin, exigieron una nueva reunión, que tuvo lugar el 16 con la presencia de cuadros de la capital. De nuevo, Sverdlov, Stalin y Dzerjinski apoyaron la resolución de Lenin y que se pasara inmediatamente a la acción. Zinoviev, Kamenev y Miliutin querían que fuera anulada. Los trotskistas, con su líder ausente, intentaron dilatar la acción. Una vez más, fueron las organizaciones locales las que dieron la victoria al planteamiento de Lenin. No sólo a la idea: aunque Zinoviev y Kamenev proseguirían sus maniobras, Ilich dirigiría el 24 de octubre por la noche, con la ayuda de Stalin, un llamamiento a todas las secciones y regimientos bolcheviques para que enviasen delegados al Comité Central, con un mandato: Kerenski no debe seguir en el poder el día 25.
Una vez más, el proletariado en armas respondería a la llamada.