Por Santiago Baranga

«Sería un error político plantear desde ahora la cuestión de un cambio del Gobierno provisional:.. La cuestión de tomar el poder sólo se planteará a la democracia rusa cuando el Gobierno de los liberales muestre su agotamiento.» Así planteaba la situación Kámenev el 14 de marzo, al hacerse cargo del diario bolchevique Pravda. En cuanto al problema de la guerra, afirmaba: «Cuando un ejército se mantiene frente a otro, la política más insensata consistiría en proponer a uno de ellos deponer las armas y volver a sus hogares. Eso no sería una política de paz, sino una política de esclavitud que el pueblo ruso rechazaría con indignación. No, permanecerá firme en su puesto, respondiendo a la bala con la bala, al obús con el obús. […] Nuestra consigna es: presión sobre el Gobierno provisional para obligarlo a que intente públicamente, ante la democracia del mundo entero, convencer a los países beligerantes de la necesidad de empezar inmediatamente las conversaciones sobre los medios de cesar la guerra.»


Kámenev erraba por completo en su apreciación tanto del momento histórico como del estado de ánimo de las masas, considerando que la línea agitativa que había encontrado en Pravda disgustaba a los obreros. Como otros dirigentes bolcheviques en el interior, llamaba a presionar sobre el Gobierno provisional, mientras Lenin insistía, desde el exilio, en la necesidad de derribarlo. Ejercía «esa clase de prudencia que mata las revoluciones». Cuando llegó a Petrogrado, el 2 de abril por la noche, Lenin sorprendió con un atronador discurso a todos los que se habían reunido para recibirlo. En él, afirmaba que la revolución socialista mundial estaba a punto de estallar, como consecuencia de la guerra mundial, y ridiculizaba al Soviet «revolucionario-defensista» por ser un arma en manos de la burguesía. «Para que sea el arma de la revolución socialista mundial –recordaría un testigo– es necesario primero conquistarlo, transformarlo de pequeñoburgués en proletario.» Mientras los militantes aplaudían a rabiar, dirigentes como Kámenev bajaban la cabeza, desconcertados. Lenin había prendido la llama de la revolución en el ánimo de los cuadros bolcheviques, marcando el camino.
El día 4, Vladímir Ilich tuvo la oportunidad de leer sus tesis ante los delegados bolcheviques presentes en la recién acabada Conferencia pan-rusa de los Soviets. En ellas, desgranó su análisis de la situación y las tareas que se derivaban.
En primer lugar, la guerra sigue siendo una guerra imperialista de rapiña, y no puede ser finiquitada sin romper totalmente con los intereses del capital, pues el conflicto bélico es producto precisamente de éstos. Por otra parte, Rusia se encuentra en una situación particular: la transición de la primera etapa de la revolución, que ha dado el poder a la burguesía, a su segunda etapa, que debe dar el poder al proletariado y a los campesinos más pobres.
Lenin admite que, si la burguesía se ha hecho con el poder, ha sido «por carecer el proletariado del grado necesario de conciencia y de organización». Como consecuencia, amplias masas populares que acaban de despertar a la vida política confían ciegamente en el Gobierno provisional –«por la embriaguez de la primera victoria; pero es la pérdida del socialismo», apostillaría Lenin. Los bolcheviques deben adaptarse a las condiciones especiales de trabajo político entre esas enormes masas y proceder a explicarles, paciente e incansablemente, la realidad de la situación. «Nosotros no somos charlatanes. Sólo debemos recurrir a la conciencia de las masas. ¡Aunque tengamos que quedar en minoría!», dirá Lenin. Como en tantas ocasiones, confía ilimitadamente en las masas trabajadoras y en la elevación de su conciencia que le proporciona la lucha; y, una vez más, es capaz de captar su verdadero estado de ánimo, por encima de las apariencias.
Por eso, no teme al choque con los oportunistas que sostienen al gobierno burgués: «si nos alejamos de esa gente, no habrá oprimido que no se una a nosotros. Nos lo traerá la guerra: no hay otra salida para él». Es necesario enfrentarse al Gobierno provisional y desenmascararlo como el gobierno de capitalistas que es. Y a los camaradas que dudan, les advierte: «Un Liebknecht vale más que ciento diez partidarios de la defensa nacional del tipo de Cheídze».
Sin embargo, Lenin ve más allá y, consciente de que la revolución que empieza a vislumbrar requiere sus propios instrumentos, defiende que todo el poder del Estado debe pasar a los soviets –en los que los bolcheviques se hallan en minoría–, a fin de que las masas corrijan sus errores sobre la base de la experiencia. El objetivo de los bolcheviques no es la República parlamentaria, sino una República de los Soviets de los diputados obreros, campesinos y obreros agrícolas. La experiencia de la Comuna de París –téngase en cuenta que El Estado y la Revolución verá la luz en breve– aporta el resto de los fundamentos. Lenin está poniendo las bases del futuro poder soviético. Sin embargo, las medidas económicas propuestas (para la tierra y la banca) muestran que «no se trata actualmente de la implantación del socialismo, considerada como nuestra tarea inmediata, sino del establecimiento inmediato del control de la producción y del reparto de los productos por el Soviet». Para ir más allá, hay que conquistar los soviets. No hay duda de que «despertarán y desarrollarán más deprisa y mejor que la república parlamentaria la iniciativa de las masas populares».
En definitiva, lo que Lenin pretende es poner en marcha a las masas, conquistar a la mayoría trabajadora por medio de la lucha, la organización y la vinculación de los problemas prácticos a la cuestión del poder político. Y de nuevo resuenan los ecos de la Comuna, que «aseguró por entero la dominación directa, inmediata e incondicional de la mayoría y la actividad de las masas sólo en la medida en que la propia mayoría actuó de un modo consciente». De ahí la necesidad de luchar por la influencia en el seno de los Soviets, y la insistencia en desarrollar un paciente trabajo de clarificación entre las masas, adaptado a sus necesidades prácticas, materiales. Y sin miedo a ser minoría, a ir a contracorriente: «¿No será más propio de los internacionalistas en tal momento saber oponerse a la embriaguez “en masa”, que “querer permanecer” con las masas, es decir, ceder a la epidemia general? […] ¿Acaso no es obligatorio saber estar en minoría cierto tiempo contra la embriaguez “en masa” […] para liberar la línea proletaria de los vapores tóxicos del defensismo “masivo” y pequeñoburgués?»
Dos conclusiones finales se desprenden de lo expuesto: el Partido debe celebrar un Congreso que ponga a punto la organización y su programa para la nueva fase de la revolución en Rusia, y asimismo es necesario construir una Internacional revolucionaria, la III Internacional, para extender la lucha del proletariado por el mundo.
Semejante programa, que significaba un vuelco en la táctica desarrollada por el partido hasta el momento, desencadenó un intenso debate en las filas bolcheviques tras su publicación el 7 (20) de abril. En la primera de sus Cartas sobre táctica, escrita en los días siguientes de cara a la VII Conferencia del partido, Lenin insistía en la necesidad de atender a «la correlación de clases y las peculiaridades concretas de cada momento histórico» para, de acuerdo con la famosa observación de Engels, utilizar el marxismo como una guía para la acción y no como un dogma. De esta manera, se enfrentaba a quienes trataban de dilatar el momento de lanzar al proletariado a la ofensiva, con el pretexto de que no se había completado la fase democrático-burguesa de la revolución, dejando el campo libre a la burguesía. De acuerdo con el testimonio del diputado Samoilov, de todo lo que quedaba del Comité Central sólo Stalin compartía los puntos de vista de Lenin, lo cual refuta la machacona versión de los historiadores burgueses.
Los mencheviques respondieron a las tesis leninistas con suma fiereza, desde que las escucharon en la “Conferencia de unidad” que llevaron a cabo, junto a delegados bolcheviques, el mismo día 4. No fue más que el preludio de lo que vendría a continuación. En palabras de Gerard Walter, «se formó en el acto, sobre la persona de Lenin, una especie de unión sagrada que puso de acuerdo a las tendencias políticas más opuestas», desde la gran burguesía hasta los socialistas revolucionarios (eseristas). Utilizando todo tipo de calumnias, sus periódicos consiguieron soliviantar a buena parte de la opinión pública contra Lenin, hasta el punto de que algunos destacamentos militares amenazaron su vida seriamente. Hacia el 15 de abril, el embajador británico le indicó a Miliukov, ministro de Relaciones Exteriores, que era absolutamente necesario solucionar la «cuestión Lenin» lo antes posible.
El día 18 (1 de mayo), Miliukov envía a los gobiernos aliados su famosa nota confirmando la fidelidad de su gobierno a los compromisos contraídos por el zarismo con los aliados. El KDT lanza a la calle a sus bases burguesas, que gritan con entusiasmo: «¡Lenin a Berlín! ¡A la cárcel Lenin!». Mientras tanto, las fábricas y los cuarteles bullen. Obreros y soldados ocupan las calles: «¡Muera el Gobierno provisional!». En los choques, caen los primeros muertos. Aunque aún queda por resolver el problema de conquistar los soviets para el bolchevismo, Lenin ha podido comprobar que tenía razón: las masas odian la guerra, y los socialistas pequeñoburgueses son incapaces de acabar con ella. El camino a la revolución está abierto.