febrero1905

 

Por Santiago Baranga

Enero de 1917: el estruendo de la guerra retumba por toda Europa. En el tercer invierno de la guerra, la exaltación chovinista y la euforia han quedado sepultadas en el fango de las trincheras. Las derrotas amenazan con llevarse por delante a las autocracias del continente.


Marx había establecido de forma contundente que la violencia es la partera de la historia, y la Primera Guerra Mundial vino a confirmar este axioma con toda crudeza. Otro conflicto –aún más catastrófico, si cabe, para el zarismo, derrotado por un pueblo “amarillo”– había producido las primeras señales de alarma en 1905. En aquel momento, haría su irrupción el soviet como instrumento de los revolucionarios: muy pocos se atreverían entonces a soñar el significado que llegaría a adquirir ese término. En cualquier caso, una década después la Gran Guerra desarrollaría, de forma inaudita, el elemento subjetivo capaz de convertir la penuria en triunfante insurrección.


Hacía falta situarse en las condiciones concretas del momento, en medio de las transformaciones impulsadas por el imperialismo, y desde luego utilizar correcta y audazmente la dialéctica, para superar la tosca aplicación del marxismo que llevaba a cabo la II Internacional. Hacía falta un Lenin para ello y, para producirlo y desarrollarlo, una clase obrera emergente, la autocracia, un capitalismo dependiente, un pueblo de mujiks, un socialismo reciente… y la guerra.
Hay que recordar que la Rusia zarista era un sistema despótico que basaba su estabilidad, entre otras cosas, en el control de la población por la policía política –la Ojrana–, la censura y la todopoderosa Iglesia ortodoxa, en su amplia burocracia y en un Ejército aristocrático, pero nutrido por campesinos en un noventa por ciento. La burguesía había sido incapaz de hacer su revolución porque, como señalaban los fundadores del POSDR (1898), «Cuanto más hacia el Este se avanza en Europa, más débil, ruin y cobarde es políticamente la burguesía y mayores las tareas culturales y políticas que debe asumir el proletariado.»
Pero, junto a estos rasgos políticos sumamente arcaicos, el capitalismo y el sistema fabril iban abriéndose paso, de forma muy localizada y subordinada al capital extranjero, especialmente francés. De ahí que la burguesía tuviera como objetivo primordial buscar su vía de crecimiento en la expansión imperialista a costa del Imperio otomano, como ya había hecho en Persia y los Balcanes. Para ello era ineludible la guerra, pero una guerra “bien dirigida”, al contrario de la encabezada por el autócrata desde 1914: de ahí que la burguesía fuera alejándose progresivamente del régimen y aspirara a controlar los resortes del poder. Ahora bien, la guerra debía ser, por lo dicho, consustancial a un eventual triunfo burgués.
En cuanto a las clases subordinadas, padecían la crisis de abastecimiento desde finales de 1915 y la depreciación del rublo, con el consiguiente aumento de los precios agrarios e industriales, que se multiplicaron por tres o por cuatro durante la guerra. Además, en el invierno de 1916-17 el Gobierno decidió aumentar las levas de soldados. No es de extrañar, por ello, que la policía elaborara alarmados informes sobre el malestar entre la clase obrera: «el proletariado de la capital está al borde de la desesperación», «la masa de los obreros está dispuesta a dejarse llevar por los excesos más salvajes»… E incluso reconocían que, durante la guerra, se había reducido a los trabajadores «a la condición de ganado, solamente apropiado para carne de cañón», mientras se prohibía cualquier tipo de reunión.
Pese a ello, Lenin señalaba en 1915 que el proletariado era «la única clase en Rusia a la que no se ha logrado inocular el virus del chovinismo». Poco antes de la guerra, la capital ya había conocido combates de barricadas. En cualquier caso, el conjunto de las clases populares, y en particular el campesinado –puesto que los obreros industriales eran demasiado importantes para la industria de guerra como para enviarlos igual de masivamente a la carnicería de las trincheras–, habían avanzado lo suficiente en su comprensión de la situación como para colocar al zarismo ante una verdadera crisis de hegemonía. Aun sin utilizar los instrumentos analíticos que desarrollará Gramsci con posterioridad, Lenin lo dejó muy claro en diciembre de 1916:
«La guerra actual ha mostrado la profundidad con que han penetrado las raíces del Estado en las almas de los obreros. Ahora bien, esta misma guerra ha demostrado que dicha psicología se va desplazando cada vez más a segundo plano. […] el imperialismo acabará con el espíritu servil de los obreros».
En enero, la policía de Petrogrado informaba: «La idea de la huelga general va […] adquiriendo la misma popularidad que en 1905.»
En efecto, la guerra estaba quebrando tanto el asentimiento de las capas propietarias como la capacidad del Estado de coaccionar a la mayoría trabajadora. Pero, si los obreros rusos ya habían conocido en 1905 las limitaciones de la huelga general como instrumento de combate, Febrero les enseñó la radical diferencia que existe entre una revolución proletaria y aquella que es hegemonizada por la burguesía –grande o pequeña–, aun cuando se vea acompañada (asistida) en el proceso por sectores obreros. Lenin señalaría que el proletariado es la única clase capaz de llevar las tareas de la revolución democrática hasta sus últimas consecuencias, y la revolución de febrero lo demostraría fehacientemente, al poner a las distintas corrientes socialistas ante la posibilidad de preparar e impulsar la revolución proletaria.
El día 10 (según el calendario ruso), los bolcheviques llamaron a los obreros a recordar con paros el segundo aniversario de la deportación de sus diputados, con consignas contra la monarquía y la guerra, y defendiendo el Gobierno Provisional Revolucionario, la república democrática y el socialismo internacional. El día 14, noventa mil obreros de 58 empresas de Petrogrado abandonaron el trabajo. Los empleados de la fábrica Putílov avanzaron hacia la Avenida Nevski, verdadera frontera del área palaciega de la capital. En los días siguientes, cosacos y soldados mostraron una actitud amistosa ante los obreros.
A partir del día 22, se multiplicaron las huelgas y manifestaciones obreras en solidaridad con los trabajadores represaliados en Putílov, fusionándose con las protestas contra la escasez y la carestía. Las mujeres trabajadoras tomaron las calles con ocasión del 23 de febrero (8 de marzo). Las consignas políticas iban en aumento. El 25 estalló la huelga general política en Petrogrado. El Comité bolchevique de la capital llamaba a la lucha: «Es mejor morir gloriosamente, combatiendo por la causa obrera, que dar la vida en el frente por los beneficios del capital o expirar a causa del hambre y de un trabajo superior a nuestras fuerzas.» El 27, los soldados amotinados confraternizaban con las masas de manifestantes: la Revolución triunfaba. El zar se vio obligado a abdicar. «Como chupada colilla de un esclavo / Así escupimos nosotros su dinastía», escribió Maiakovski.
A partir de entonces, convivirían dos poderes paralelos: el poder parlamentario de la Duma, controlado por las fuerzas burguesas, y el Comité Ejecutivo, dominado por mencheviques y eseristas, que representaba al soviet de obreros y soldados. Estas dos corrientes apoyarían desde fuera, hasta mayo, al gobierno burgués en sus posiciones chovinistas, con la vana esperanza de ir arrancándole concesiones. No se equivocaban los bolcheviques al llamar sin descanso a la «Guerra a la guerra»: el cumplimiento de los compromisos con los aliados, la continuación de la guerra, era el nudo gordiano de la dominación burguesa, y tanto los bolcheviques como los liberales del KDT eran conscientes de ello. La guerra permitía seguir insuflando el chovinismo en el pueblo, mantener intacta la estructura del Ejército como instrumento represivo y sujetar a los obreros a la producción fabril –y, por tanto, a la acumulación de beneficios para sus propietarios.
Los oportunistas, aferrándose a una burda lectura del marxismo, utilizaban la supuesta imposibilidad de llevar a cabo la revolución proletaria, sin un desarrollo capitalista previo, para dejar el poder en manos de la burguesía, convirtiéndose en quejosos comparsas a la búsqueda de pequeños avances. La resolución de los problemas del pueblo se dejaba para una Asamblea Constituyente sin fecha, y ésta para después del armisticio… que no llegaba nunca porque la guerra era, precisamente, la fórmula mágica en la que la gran burguesía había depositado sus esperanzas. La guerra era el nudo gordiano que vinculaba la resolución de las necesidades prácticas urgentes al problema político.
Frente al mecanicismo teórico y el reformismo práctico de los socialchovinistas, Lenin supo analizar las necesidades del momento y definir las tareas de los bolcheviques en ese contexto. Entendiendo el papel principalísimo del problema del poder, promovió sin descanso la ruptura con el Gobierno Provisional, poniéndose del lado de los trabajadores sin reservas. Entendió que la timorata pequeña burguesía no puede dirigir un proceso revolucionario de profunda transformación social, y que frente a la palabrería parlamentaria había que oponer los hechos que demandaba el pueblo (paz, tierra, pan), tomando el poder a cualquier precio.
Cien años después, las lecciones de Febrero son más vigentes que nunca.