Nils Andersson

La salida de la pandemia provoca gran variedad de debates, de declaraciones e iniciativas para que «el mundo después de la pandemia no sea como el anterior» y que no sean los pobres los más vulnerables y los sacrificados. Mas la crisis que golpea a los cinco continentes, plantea otro problema cuyas consecuencias pueden ser grandes para los pueblos: ¿cómo será el mundo después?, ¿cómo serán las relaciones internacionales al salir de la pandemia, serán multinacionales (en un mundo hegemónicamente capitalista no pueden ser solidarias), o más antagónicas?

La situación plantea muchos interrogantes, empero se perfila el marco en el que las relaciones internacionales van a evolucionar. Una primera constatación, desde el cambio de siglo se ha pasado de un mundo en el que los Estados Unidos eran hegemónicos, a un mundo considerado por los especialistas multilateral (apolar, pluripolar) y como principales potencias Estados Unidos, China, Europa, Rusia y la India, a las que se pueden añadir polos emergentes, como Indonesia, Brasil o México. ¿Esta visión no ha sido rebasada, no se perfila una nueva bipolaridad entre EE. UU y China? Los medios y la capacidad económica, industrial, financiera, militar, científica de esas dos potencias son incomparablemente superiores a las de los otros Estados, o conjunto de Estados, como la Unión Europea. Este nuevo mundo bipolar que se perfila, es totalmente diferente al de los Estados Unidos y la Unión Soviética durante la guerra fría.

Primera diferencia: ninguna potencia podía situarse fuera de los dos campos, la atlantista y la soviética; la tercera fuerza que surgió de Bandung fue una coalición de Estados del tercer mundo descolonizados, pero de ninguna manera otra potencia. Segunda diferencia, la bipolaridad China/Estados Unidos, no excluye que interfieran otros polos, como Rusia, Europa y la India. Tercera y principal diferencia, mientras que el mundo bipolar en el siglo XX estaba marcado por la confrontación entre dos ideologías irreductiblemente opuestas, capitalismo y comunismo, hoy nos encontramos en un sistema mundial capitalista, dominado por las ideas y el pensamiento neoliberales.

Podemos añadir una cuarta diferencia: la Unión Soviética, pese a sus avances económicos, tecnológicos y científicos nunca estuvo, salvo en el terreno militar, en condiciones económicas de poder rivalizar con los Estados Unidos, cosa que China está hoy en condiciones de hacer.

Lo que la pandemia ha cambiado en las relaciones internacionales.

La crisis sanitaria no sólo verifica la tendencia a un nuevo bipolarismo, sino que también lo ha acelerado. Las relaciones de los países occidentales con China, es otro indicador. Para comprender la evolución de las relaciones internacionales durante la pandemia, es preciso volver a la fase inicial. La apreciación manifestada por los países occidentales sobre China y su política de confinar para reducir la epidemia, se ha modificado sustancialmente durante su propagación.

Dada la moderación de la economía china, los Estados Unidos y Europa, sintiéndose a salvo, se interrogaron en un principio: ¿cómo la economía china podrá sobreponerse? Luego se inquietaron por las consecuencias que el frenazo de la economía china podría tener en sus propias economías. Cuando la epidemia se propagó por Europa y luego en los Estados Unidos, se constataron cambios en las posturas adoptadas hacia China, por los gobiernos y los medios occidentales. Esos cambios de actitud y de juicio, se desarrollaron en dos tiempos.

En un primer tiempo, aún prevenidos del peligro de propagación y de la gravedad de la epidemia, en varios países occidentales la crisis sanitaria reveló falta de preparación y graves errores en el sistema de sanidad (en personal, equipos y medicamentos), se dio también desconexión sobre la política preventiva y la organización de confinamientos. Todo lo cual provocó grandes críticas de la población. Para desviar el descontento los gobiernos descargaron su responsabilidad sobre otros. China, país donde apareció el virus fue el responsable designado.

En un primer momento, la crítica de los medios se centró en la manera en que China había gestionado la crisis sanitaria. Los argumentos utilizados por los gobiernos y los medios occidentales fueron el retraso en detectar el virus, el silencio de las autoridades chinas sobre la epidemia y falta de información y comunicación científica sobre el Covid-19, ocultación de datos sobre los muertos…Todo era motivo de insinuaciones, críticas y acusaciones.

Las consecuencias económicas debidas a la crisis sanitaria en los países occidentales (aumento del desempleo, de la pobreza, de la mortandad principalmente en los socialmente más precarios) creó un movimiento de críticas y denuncias de la política económica neoliberal que siguen los gobiernos desde hace más de cuarenta años. Un movimiento inquietante sobre todo porque es imprevisible su desarrollo. Como un medio de distorsión la crítica se transformó en una campaña contra China, cualquier medida tomada en ese país era objeto de críticas: la gestión de la epidemia, autoritaria, estática, totalitaria, comunista, disciplina impuesta, ausencia de libertades individuales y de democracia…

Al adoptar el confinamiento y demostrar su eficacia, China ha llevado a adoptar esa práctica en otros países. Empero, el confinamiento conlleva una consecuencia imprevisible y sin precedentes en los países de economía de mercado: un frenazo de la economía. Los gobiernos que han tratado otras vías (concretamente la inmunidad colectiva), para impedir el bloqueo de la economía, tuvieron que renunciar por la peligrosidad latente del Covid-19. Mas para los partidarios del neoliberalismo, China al imponer el confinamiento como la respuesta más eficaz contra el virus, ha provocado un contencioso contra China y la OMS, la cual preconiza su adopción.

En la opinión pública occidental, las medidas de confinamiento (incluso las más tenues) provocan reticencia y objeciones varias (incluso en las filas de la izquierda). Eso necesita ser analizado. Pienso que hay en ello una parte de occidental centrismo, el confinamiento tal y como se aplica en China y otros países asiáticos no es una respuesta occidental, individualista. Si fue «adoptado» en los países occidentales es culturalmente extranjero, un atentado a la libre elección, de ahí la sacrosanta invocación de las «libertades individuales», las cuales, es necesario recordarlo, se reducen a los medios económicos que cada cual tenga. Lo cierto es que, por primera vez, un modo de pensar no occidental se impone (aunque sea con laxitud) desestabilizando un mundo occidental que tiene la costumbre de imponer sus soluciones al resto del mundo.

Sin embargo, la causa esencial de las actuales tensiones es otra más profunda, depende principalmente de las consecuencias económicas del confinamiento en las relaciones económicas globales competitivas. La economía de los principales Estados occidentales está directamente afectada internamente y en los intercambios mundiales. Están más afectadas por no haber aceptado un modo de confinamiento tan riguroso como el de China y otros países de Asia (Corea del Sur, Taiwán, Singapur, citados como el ejemplo contrario a China), las consecuencias económicas y sociales son imprevisibles. Para limitar las consecuencias, se han movilizado enormes medios financieros y de todo tipo. Los Estados Unidos, los países europeos, la Unión Europea y los bancos centrales emplean miles de millones de dólares y de euros para salvar las finanzas y la industria, y más aún: el sistema capitalista.

Surgimiento de una inquietud mayor para los poderes políticos y económicos occidentales.

Al temor a la crisis económica, social y sanitaria, se añade para los países occidentales, principalmente en el seno de la corriente atlantista (en referencia al Pacto Atlántico), el miedo de que la crisis económica provocada por la pandemia, pueda afirmar la bipolaridad entre los Estados Unidos y China y modificar la relación de fuerza entre esos dos países. Psicosis que comparten los países europeos dado sus lazos con Washington. El hecho de que en algunos terrenos (el de la medicina, por ejemplo) haya Estados europeos que dependen de China, es un argumento para esa acritud.

Desde entonces, la crítica hacia China es política e ideológica, la situación económica de los pueblos no es la razón principal, la cuestión planteada es la de la relación de fuerza geoeconómica global, de su evolución en una situación en la que en Estados Unidos se conjuga: una mala gestión de la crisis sanitaria, una crisis económica, una crisis social y racial. A todo ello hay que añadir las consecuencias del carácter descontrolado de la política llevada a cabo por Donald Trump que debilita uno de los fundamentos de la influencia política de los Estados Unidos en el mundo desde el fin de la Segunda Guerra mundial, su «soft-power».

El comportamiento de Donald Trump trastorna las relaciones entre los Estados Unidos y los Estados europeos, sobre todo porque las medidas tomadas van contra los intereses de estos. Empero su alineamiento con los Estados Unidos es una certitud por los lazos histórico, ideológicos, económicos y políticos que ligan a las clases dirigentes de Europa con las de los Estados Unidos, «aliados» ideológicos y militares (cuyos pilares son el neoliberalismo económico y la OTAN como brazo armado). En consecuencia, el antagonismo entre un mundo de l razón y un mundo competitivo, al salir de la crisis pandémica, se ha acentuado.

Las consecuencias políticas, económicas y sociales de la crisis del Covid-19, son aún imprevisibles, pero se trata de un suceso mayor, de los que modifican la relación de fuerzas mundiales y trastornan el sistema de relaciones internacionales, como fue el caso, en diverso grado, en la Primera y Segunda guerra mundiales, con la descolonización (Bandung y la Tricontinental), y con la implosión de la URSS. Pero en cada una de la salida de esas crisis mayores, Occidente, Europa y los Estados Unidos permanecieron dominantes. Por primera vez en la historia del capitalismo, la contradicción interimperialista, no es sólo la que se da entre potencias occidentales que deciden el mundo desde hace más de cinco siglos (Portugal, España, Reino Unido, Francia, Países Bajos, Alemania, Italia, Estados Unidos), ahora tienen que tener en cuenta a una potencia no occidental.

Las oligarquías (y los gobiernos a sus pies) ve su dominio cuestionado, lo que explica la agresividad de sus discursos políticos e ideológicos contra China, a la que presionan y amenazan. Es grande la similitud de las palabras del 24 de julio de 2020 de Mike Pompeo, llamando al «mundo libre» a «triunfar» de la «nueva tiranía china», declarando que es «la hora para las naciones libres de pasar a la acción» con «una nueva alianza de las democracias». Es grande la similitud con el discurso de Churchill en Fulton, el 5 de marzo de 1946 donde dijo:

que no creía que «Rusia soviética deseara la guerra», mas considerando «que nadie sabe lo que la Rusia soviética y su organización comunista internacional tienen intención de hacer en un inmediato futuro, ni cuáles son sus límites, si existen, sus tendencias expansionistas y su proselitismo» le parecía indispensable que «las democracias occidentales se unan en el estricto respeto de los principios de la Carta de las Naciones Unidas.»

La situación existente nos obliga a recordar la opinión de Tucídides que cuadra precisamente en la época histórica actual. Al observar el antagonismo entre Atenas y Esparta, Tucídides narra como una nación dominante, al ver su supremacía aparentemente amenazada por una potencia emergente, soluciona el problema mediante la guerra. Son lecciones de la Historia de las que los pueblos son las primeras y principales víctimas.

Lo que está en juego en el debate ideológico y político.

Esta peligrosa situación nos lleva a plantear el problema de las posiciones y reacciones de la opinión pública al constatar las tensiones post pandemia. Hay muchas similitudes, pero no son las mismas en todos los países. Es evidente que las declaraciones de los gobiernos influyen mucho en los ciudadanos, a lo que hay que añadir la fuerza de la manipulación de la opinión pública por los medios: prensa, radio, y televisión. En semejante situación es difícil para los ciudadanos librarse del discurso político-mediático, ya sea sobre China o cualquier otra cuestión. Así, la campaña anti china actual imbuye en la opinión pública el condicionamiento acumulado por discursos ideológicos constantes y repetidos del poder del individualismo opuesto a todo colectivismo, sobre la necesidad de defender el mantenimiento de los intereses occidentales dominantes en el mundo y contra el comunismo, sinónimo de ausencia de libertad y de respeto de los derechos del Hombre.

Cada discurso político conlleva su parte de liberación y de alienación, individualismo, pasado colonial y superioridad del Occidente, anticomunismo, son los fundamentos alienantes del discurso liberal que impregna la opinión pública. Ello va contra una apreciación de la situación real internacional y de las amenazas existentes. La campaña actual predispone sentimientos anti chinos, no el del «peligro amarillo» que se utilizó en el siglo XX como algo fantasmagórico, sino contra la China que ha llegado a ser una de las grandes potencias mundiales. Es una barrera mental difícil a erradicar de la opinión pública, máxime cuando esa opinión existe hasta en la opinión pública progresista y antiimperialista dado el discurso unilateral existente desde hace treinta años.

Las posiciones de la opinión pública no son inmutables, nada lo es, pero el trabajo político para modificar la forma de pensar sobre China, plantea una cuestión previa a la que hay que responder. Los pueblos del mundo son sujetos y objetos de los antagonismos interimperialistas, en la bipolaridad que se perfila. Los EE.UU. y China dado el carácter capitalista dominante de su economía son dos Estados imperialistas.

Lenin subrayó la necesidad de utilizar las contradicciones imperialistas y la de distinguir al enemigo principal. El movimiento marxista-leninista nació en ese debate, al ser los EE.UU. el enemigo principal, no se puede conciliar con él, sino combatirlo. Cuando China con la teoría de los Tres Mundos, lanzó la tesis de que la URSS era el enemigo principal, nos opusimos muy justamente. De la implosión de la URSS, resultó una situación en la que los Estados Unidos eran hegemónicos. Treinta años después (un tiempo muy corto), esa hegemonía ha dejado de ser la de dos imperialismos principales enfrentados entre sí. De ahí la necesidad de utilizar las contradicciones, para definir al enemigo principal.

¿Existe hoy un imperialismo principal? Si existe, ¿son los EEUU el enemigo principal, o es China? Este es un debate esencial. Yo lo resuelvo unilateralmente: la política exterior de esos dos Estados y sus intereses fundamentales en el mundo, hacen que los Estados Unidos sigan siendo el enemigo principal.

Todas las grandes crisis significan un cambio de generación, de ahí la importancia de las nuevas generaciones.

Es necesario responder a la urgencia económica y social que provoca la crisis, Covid-19, pero el sistema mundial (economía, medio ambiente relaciones internacionales) interfiere e influye ineluctablemente a nivel nacional, es grave ignorarlo e incluso subestimarlo. El análisis de la situación interior no se puede desligar del análisis de la situación internacional. El «mundo posterior», anunciado durante la crisis como muy diferente al anterior al salir de la pandemia, será sin embargo muy parecido al mundo anterior; los cambios geoestratégicos raramente se llevan a cabo en el inmediato, lo importante es la gravedad social y sanitaria de lo acaecido que prefigura evoluciones profundas, generacionales, que se deben tener en cuenta en el trabajo político. Las jóvenes generaciones son una pieza principal, sólo han conocido el neoliberalismo económico y se ven confrontadas a condiciones sociales difíciles. Para estas generaciones, el futuro es negro y muy inseguro. Confrontadas a las desigualdades sociales, y también a la amenaza ecológica y pandémica; habiendo vivido una situación diferente que la de la generación de los «treinta gloriosos» en Europa, o en el mundo, de la caída del Muro que propició una oleada anticomunista, tendrán una visión diferente; ahí reside un potencial para que prevalezca otra concepción de las relaciones entre los pueblos y los Estados. -

¿Pensar de otra manera? Hay que ver la relación de fuerza ideológica y social. Como en cada época, se puede constatar dos tendencias principales: un despertar de sentimientos colectivos, o una amplificación de los comportamientos individualistas. Que la tendencia colectiva se imponga a la otra, es la apuesta del mañana. Confrontados a esa apuesta hay que tener conciencia principalmente en el mundo occidental, que hay un muro que derribar para modificar la doble alienación de las concepciones individualistas y anticomunistas de la sociedad, y los conceptos imperialistas y colonialistas del mundo. Esta doble alienación que se apoya en el sentimiento de que el desarrollo económico de China y de los países emergentes es una amenaza para los privilegios acaparados por los occidentales, es decir, derribar más de cinco siglos de dominio europeo y occidental. Es una situación diferente para los pueblos de Asia, África y de América Latina, que no sufren la misma alienación imperialista y colonialista.

Esta constatación, nos lleva a subrayar la importancia de favorecer en el trabajo ideológico y político, las relaciones internacionales multilaterales, menos desiguales, sobre la base de una visión solidaria de la sociedad entre los pueblos. Es importante demostrar que las relaciones internacionales políticas o económicas, no son necesariamente antagónicas, sino que pueden concebirse con un espíritu de mayor igualdad, para demostrar que la ley del más fuerte no es la única que puede regir las relaciones entre los pueblos y los Estados. Esto diferencia hoy el discurso político de China del de los Estados Unidos. La mayor amenaza, la guerra de la que los pueblos son los primeros y principales víctimas, depende hoy de los Estados Unidos y de las potencias occidentales, y no de China.

Este es un trabajo a llevar a cabo durante mucho tiempo; que necesita estar atentos a reducir y neutralizar las contradicciones que los atlantistas occidentales pueden exacerbar, incluido en el terreno militar, para mantener su supremacía y prepotencia.

La frase citada anteriormente de Tucídides es el desafío que se le plantea a China, es un desafío para todos los pueblos, es el que se nos plantea a todos nosotros.