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Efrén H.

El 25 de febrero de 1865 apareció en el diario La Democracia un artículo del republicano Emilio Castelar titulado El Rasgo. En él se criticaba con dureza la decisión que habían tomado conjuntamente la reina Isabel II y el gobierno del Partido Moderado para enajenar algunos bienes del Patrimonio Real como medio de hacer frente a la difícil situación económica del país. El 75% del producto de las ventas se destinaría a la Hacienda Pública y el 25% se lo embolsaría la reina. Mientras que el gobierno lo presentaba como un gesto de generosidad de la monarquía, Castelar denunciaba que el Patrimonio Real era en realidad patrimonio nacional y que Isabel II se estaba apropiando indebidamente del valor de unos bienes que pertenecían al pueblo español. No había ningún rasgo generoso, sino un acto indecente ejercido por Isabel II sobre propiedades que pertenecían a la nación española.

La reacción del gobierno no se hizo esperar y el Ministro de Fomento exigióal rector de la Universidad Central, Juan Manuel Montalbán, el cese inmediato de Emilio Castelar, contra quien el 8 de marzo se dictaba auto de prisión. Ante la negativa del rector, el ministro publicó en la Gaceta de Madrid el cese del rector el día 7 de abril, al tiempo que Castelar era desposeído de su Cátedra de Historia.

El 10 de abril se produjeron manifestaciones de estudiantes universitarios en Madrid contra estas medidas arbitrarias. La Guardia Civil y unidades del Ejército reprimieron violentamente las protestas, causando 14 muertos y 193 heridos. Los sucesos de la denominada “Noche de San Daniel” causaron una enorme indignación contra la monarquía isabelina y fueron una de las causas que provocaron tres años más tarde el movimiento revolucionario que expulsó del trono a Isabel II.

A propósito de este artículo, conviene recordar que el reinado de los Borbones ha estado plagado de rasgos nefastos para el pueblo español. Durante la Guerra de la Independencia, mientras los españoles luchaban contra José I para que Fernando VII volviera de Francia y se convirtiera en rey de España, el “Deseado”, en su dorado exilio de Valençay, enviaba cartas de felicitación a Napoleón cada vez que las tropas francesas obtenían una victoria sobre los españoles y en el colmo de la desvergüenza pidió al emperador que le hiciese su hijo adoptivo. Cuando en 1814, derrotado Napoleón, volvió a España, suprimió la Constitución de 1812 y emprendió una salvaje represión contra los liberales.

Isabel II convirtió la alcoba real en un prostíbulo en el que sus numerosos amantes realizaban sustanciosos negocios al margen de la ley, entre ellos los contratos de líneas férreas.

Alfonso XIII, empeñado en reverdecer los marchitos laureles del Ejército tras el desastre de 1898, nos llevó a una guerra en el Protectorado de Marruecos que, entre 1909 y 1927, causó decenas de miles de víctimas y un altísimo coste económico, además de alentar y promover el golpe de estado de Primo de Rivera en 1923.

Y en cuanto a Juan Carlos I también nos ha obsequiado con numerosos rasgos. Uno de ellos fue estar al lado de Franco el 1º de octubre de 1975, durante el homenaje que unos miles de fascistas brindaron al dictador en la Plaza de Oriente de Madrid. Cuando en todo el mundo se sucedían actos de protesta multitudinarios por los fusilamientos de cinco jóvenes antifascistas el 27 de septiembre, allí estaba Juan Carlos en el balcón del Palacio Real, mostrando su apoyo entusiasta al criminal dictador. Luego, siendo ya rey, nunca condenó la represión franquista ni tuvo palabras de consuelo para los familiares de las decenas de miles de hombres y mujeres asesinados por la dictadura.

Y ahora, como Rey Emérito, ha tenido otro rasgo. Huir de España clandestinamente, cuando la justicia suiza, y tímidamente la española, investiga sus múltiples corruptelas. Si este individuo tuviese un mínimo de dignidad, de honor y de patriotismo, se hubiera quedado en España para defenderse ante los tribunales. Pero es pedir demasiado a un Borbón. Nunca han tenido esas virtudes; por el contrario, han sentido siempre un enorme desprecio por el pueblo español y en su reinado solo les ha guiado el ánimo de lucro, el enriquecimiento fácil. Han sido unos monarcas ignorantes, enemigos de la cultura, hostiles al sistema democrático, por más que ahora se empeñen los aduladores y los pesebristas en que al Emérito le debemos eterno agradecimiento por habernos conducido de la dictadura a la democracia. Todo es mentira, una fabulación y una inmensa tergiversación histórica. Las libertades y derechos que hoy tenemos, y que paulatinamente van menguando, se obtuvieron en la lucha contra el franquismo y costaron mucha sangre y muchos sacrificios.

La huida que ha protagonizado el que fuera durante tantos años Jefe del Estado denota cobardía y vileza. El rasgo propio de un tullido moral.