Un crimen contra la Humanidad cometido por razones políticas y enmascarado con falsos argumentos militares

Carlos Hermida

El 6 de agosto de 1945 un avión estadounidense arrojó a las 08:15 horas una bomba atómica sobre la ciudad de Hiroshima. Cerca de 100.000 personas murieron instantáneamente y 70.000 resultaron heridas. El 90% de los médicos y el 93% de las enfermeras murieron en la explosión, ya que la mayoría se encontraba en el centro de la ciudad, el área que recibió el impacto directo, lo que dejó a los heridos sin asistencia sanitaria. El 9 de agosto, una segunda bomba impactó sobre Nagasaki con efectos igualmente devastadores. Ambas ciudades quedaron arrasadas y los efectos de la radiación duraron decenios. Miles de personas contrajeron en los años siguientes enfermedades cancerígenas y fueron muchos los niños y niñas que nacieron con deformaciones físicas. Ambas ciudades no eran objetivos militares y, en consecuencia, el gobierno y el ejército estadounidense sabían que las víctimas serían civiles indefensos.

Las críticas que levantaron estos bombardeos en determinados sectores de la opinión pública mundial llevaron al gobierno norteamericano a justificar su decisión sobre la base de un argumentario militar. En resumen, y estas posiciones se mantienen todavía entre historiadores que defienden la línea oficial, se trataba de ahorrar vidas de soldados estadounidenses. Si los japoneses habían resistido tenazmente para defender islas que estaban a miles de kilómetros de Japón, hasta el extremo de que hubo oficiales que prefirieron el suicidio a rendirse, la ocupación del archipiélago japonés costaría la vida de cientos de miles de soldados norteamericanos. En la defensa de su patria, el ejército nipón, incluso los civiles, estarían dispuestos a inmolarse colectivamente para evitar la humillación de la derrota.

En principio, el argumento parece sólido si se tiene en cuenta el código de honor de los militares japoneses y los episodios de los pilotos kamikazes que sacrificaban su vida estrellándose contra los buques de guerra enemigos. Pero un análisis pormenorizado de ese razonamiento demuestra que hay varios puntos débiles.

En primer lugar, la marina y la aviación japonesa estaban prácticamente destruidas en el año 1945. Estados Unidos podría haber optado por un bloqueo de Japón y obligar a una rendición por hambre y falta de suministros. En segundo lugar, si de lo que se trataba era de aterrorizar al gobierno imperial japonés, demostrando que existía una nueva arma que podía arrasar Japón, la bomba atómica podría haberse arrojado sobre un objetivo militar, una base naval, por ejemplo. El efecto hubiera sido el mismo y se hubieran ahorrado cientos de miles de vidas civiles.

Y, finalmente, hay una tercera objeción, que es la decisiva. En la Conferencia de Yalta, Stalin se comprometió a declarar la guerra a Japón en un plazo de tres meses una vez que la contienda hubiese finalizado en Europa Y eso es lo que ocurrió. El 8 de agosto de 1945 la URSS declaró la guerra al imperio japonés. Con la entrada en guerra de los soviéticos, Japón se vería obligado a rendirse sin condiciones, incapaz de resistir a la acción combinada de los ejércitos soviético y estadounidense. Y las bombas atómicas ya no hubieran sido necesarias.

No había, por tanto, razones militares, pero sí políticas.

El gobierno de Estados Unidos quería evitar a toda costa que la Unión Soviética aumentara su influencia en Asia, como había ocurrido en Europa, donde el Ejército Rojo había liberado toda Europa Oriental y había ocupado Berlín. Y la única forma de evitarlo era acelerando la rendición de Japón. Además, las bombas atómicas eran una advertencia a Stalin de cara a la posguerra. Mostrarle que Estados Unidos estaba dispuesto a emplear ese armamento para impedir una hipotética expansión de la URSS. No hay que olvidar que la Segunda Guerra Mundial fue una contienda peculiar en la que se produjo la alianza de dos potencias capitalistas --el Reino Unido y Estados Unidos --con una potencia socialista (la Unión Soviética) para combatir a la Alemania nazi, otra potencia capitalista que aspiraba a la hegemonía mundial. Una vez vencidos los nazis ( y una vez más hay que insistir en que esa victoria se obtuvo gracias al papel que desempeñó la URSS), el enemigo volvía a ser el comunismo soviético, que salía de la guerra con un inmenso prestigio.

Fueron razones políticas las que movieron al presidente Truman a ordenar el bombardeo atómico, como ponen de manifiesto algunos historiadores (Jacques R. Pauwels: el mito de la guerra buena: EEUU en la Segunda Guerra Mundial. Hondarribia, Editorial Hiru, 2002), y no motivaciones de índole militar.

Y para terminar, una observación importante. El bombardeo atómico no provocó la inmediata rendición japonesa. Por el contrario, fue la intervención de la URSS el elemento decisivo. Las tropas soviéticas, en una rápida ofensiva, arrollaron al ejército japonés en Manchuria y a finales del mes de agosto habían liberado China de la ocupación nipona. Eso fue lo que llevó al emperador japonés a aceptar la rendición el 2 de septiembre. El general C. Chennault, jefe de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos en China, reconoció en agosto de 1945 que la entrada de la Unión Soviética en la guerra contra el Japón fue el factor decisivo que aceleró el fin de la contienda en Extremo Oriente, incluso si no se hubieran lanzado las bombas atómicas.

Hiroshima y Nagasaki fueron crímenes de guerra, crímenes contra la Humanidad, por la sencilla razón de que se masacró a la población civil con una intencionalidad política que nada tenía que ver con la marcha de las operaciones militares.