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Carlos Hermida

Durante un largo período histórico (desde mediados del siglo XIX hasta mediados del XX aproximadamente), la izquierda, salvando las enormes diferencias entre socialistas, anarquistas y comunistas, se caracterizaba por unas señas de identidad fácilmente reconocibles, tanto en el lenguaje, como en la ideología, las actitudes y los comportamientos en la vida diaria. Identificar a una persona de izquierdas era sencillo, porque existía una especie de código de señales común. De la misma manera que ocurría con los hombres y mujeres de derechas. Pero mientras la derecha ha mantenido hasta hoy esa especie de ADN que la hace inconfundible, en la izquierda se ha instalado un confusionismo ideológico que la convierte en muchos casos en irreconocible; y eso vale también para las actitudes vitales. En una palabra, hoy es complicado saber quién es de izquierdas realmente, puesto que muchos de los que así se autocalifican no pasan de tener un tenue barniz progresista que, al primer arañazo, dejan ver su personalidad conservadora y, en numerosas ocasiones, reaccionaria.

No vamos a entrar en los orígenes de este problema, aunque el fraudulento discurso que pronunció Jruschov en 1956, durante el XX Congreso del PCUS, hizo un daño inmenso a los comunistas, y la desintegración de la URSS en 1991, aun siendo un Estado burocrático y revisionista, fue un durísimo golpe para las clases populares. Por esas brechas, la burguesía introdujo un arsenal ideológico que la mayoría de la izquierda no ha sabido contrarrestar.

¿Qué es ser de izquierdas en los inicios de la tercera década del siglo XXI? Vamos a intentar establecer algunas claves o parámetros que nos permitan distinguir, en el marasmo actual, a las personas que verdaderamente siguen siendo de izquierdas. Me refiero concretamente a quienes hacen ostentación de esta etiqueta y de esa forma se definen, o militan en organizaciones autodenominadas de izquierda. No van dirigidas estas líneas, evidentemente, a la generalidad de los sectores populares, que son más coherentes en su vida diaria que muchos de aquellos que dicen representarles y hablar en su nombre.  

  1. Es de izquierdas quien sigue defendiendo que la lucha de clases es el motor de la Historia. Ignorar este postulado marxista o descafeinarlo te descalifica como hombre o mujer de izquierdas. Las clases siguen existiendo, la burguesía y la clase obrera tienen intereses antagónicos, irreconciliables y necesariamente se enfrentan en el nivel económico, político e ideológico. El objetivo de los trabajadores es destruir el capitalismo y  establecer el socialismo.
  2. Una persona de izquierdas sabe identificar con claridad meridiana al enemigo de clase. En España esos enemigos son el capital y la monarquía.

La monarquía española es ilegal e ilegítima en origen, en cuanto fue impuesta por Franco y Juan Carlos I juró los Principios Fundamentales del Movimiento. Hay un hilo conductor que va de la dictadura franquista al actual monarca. La monarquía actual es la clave de bóveda de un sistema oligárquico que se gestó en los años de la Transición (1975-1978), cuando la clase política franquista pactó con la izquierda oficial (PSOE y PCE) una salida de la dictadura que dejaba intacto el aparato del Estado y mantenía el poder económico y político de la oligarquía.

La realidad es que el pueblo español mantiene con sus impuestos una institución absolutamente corrupta, al servicio de intereses incompatibles con la soberanía nacional y, en consecuencia, esencialmente antipatriótica, identificada con la dictadura franquista, al servicio de la oligarquía económica, ajena e insensible a los sufrimientos de las clases populares. La monarquía es una institución parasitaria que se sitúa contra el pueblo español, amparada en una vergonzosa Constitución que otorga  a los reyes, incluso aunque ya no ejerzan como tales, la impunidad judicial, incluso si son culpables de los peores crímenes.

La pandemia ha agudizado la crisis capitalista, intensificando el paro, la miseria y el desastre social en las clases populares. Las reformas estructurales que nuestro país necesita no pueden llevarse a cabo en este orden económico y político. Solo hay una alternativa  para salir del desastre en que nos encontramos: la ruptura con el régimen monárquico. Y eso no se logrará con llamamientos a un referéndum ni invitando a Felipe VI a que acuda a concentraciones y renuncie voluntariamente a la Corona. Frente al rey de la oligarquía, forjemos la unidad popular que nos permita a través de la lucha proclamar la III República en España. Una República de carácter popular y federal que sea la expresión de los intereses de la clase obrera, de las clases medias, de la pequeña y mediana burguesía, de los intelectuales. Una República que nos permita avanzar hacia un futuro de libertad, progreso, justicia social y soberanía nacional. 

Defender estas posiciones es de izquierdas. Lo demás es ser un “progre” de tercera división.

  1. Los servicios sociales deben ser íntegramente públicos. Cualquier tipo de privatización debe ser denunciada y rechazada. Defender esto es de izquierdas, pero los que vociferan esa consigna y llevan a su hijo a un colegio privado concertado, contratan un seguro médico privado o formalizan con una entidad financiera un plan de pensiones NO lo son. Especialmente grave es el caso de los profesores de la enseñanza pública que envían a sus hijos a la concertada. Es tal la incoherencia y el desprecio que muestran por su propio trabajo, que deberían ser expulsados de la función pública.
  2. “Rechazar la violencia venga de donde venga” o “cualquier violencia es condenable”.  Nadie de izquierdas puede asumir estas formulaciones, que no son otra cosa que mensajes de las clases dominantes para desarmar ideológica y políticamente a las clases populares. La violencia defensiva de las clases oprimidas y explotadas frente a la tiranía y la explotación es perfectamente legítima y está más que justificada. Estar en contra de todo tipo de violencia significa condenar la lucha antifascista o renegar de los grandes movimientos revolucionarios. La lucha armada contra el fascismo no es terrorismo.
  3. No es de izquierdas hablar en abstracto de libertad y democracia. La libertad y la democracia no pueden ejercerse si careces de los derechos sociales básicos, tales como el trabajo, la vivienda, la asistencia sanitaria y la educación. La libertad no se come. Era mucho más libre el obrero soviético de la década de 1930 que tenía empleo, sanidad y educación, que los millones de trabajadores estadounidenses en paro obligados a buscar comida en los cubos de basura. Es más libre un ciudadano cubano, que posee asistencia sanitaria gratuita que los miles de estadounidenses que se mueren en la calle por carecer de un seguro médico privado. Si no tienes estas cosas claras no eres de izquierdas. 
  4. En el capitalismo la contradicción fundamental es la que se establece entre el capital y el trabajo. Pretender sustituir este antagonismo  y hacer de los movimientos sociales el nuevo sujeto revolucionario es un gravísimo error político. Es caer en la trampa de la diversidad, como ha apuntado acertadamente Daniel Bernabé. Animalistas, feministas, ecologistas, etc., no son una alternativa al sistema económico que padecemos. Pueden tener algunas reivindicaciones justas, pero no es de izquierdas refugiarse en un chiringuito que en muchos casos hace el juego a la derecha. Afirmar que el enemigo de las mujeres son los hombres, que los animales tienen los mismos sentimientos que las personas o llamar asesinos a quienes comen carne, no solo es reaccionario, sino que refleja una indigencia intelectual grave.
  5. Es de izquierdas defender la soberanía nacional de España y, en consecuencia, exigir la salida de la OTAN y la retirada de la Unión Europea. Para lograr una verdadera independencia económica es imprescindible reindustrializar nuestro país sobre la base de una fuerte intervención estatal.
  6. Es de izquierdas condenar sin paliativos las agresiones imperialistas. En este sentido, una persona de izquierdas defenderá que Israel y Estados Unidos son Estados terroristas. Las autoridades israelitas utilizan el Holocausto sistemáticamente para ocultar sus crímenes contra el pueblo palestino y acusar de antisemita a quienes denuncian el genocidio perpetrado contra los palestinos. Una persona de izquierdas no puede dejarse engañar por la propaganda. Los crímenes cometidos en su momento por los nazis contra los judíos en ningún caso pueden servir para distraer la atención de lo que sucede en Palestina.
  7. Es de izquierdas defender el pensamiento racional, el sentido común y la coherencia entre teoría y praxis. En cuanto a nuestro sistema educativo, ser de izquierdas es defender una enseñanza en la que los padres, los alumnos y los profesores tienen lugares que no son intercambiables; ser de izquierdas es denunciar un modelo pedagógico demencial, basado en estándares de aprendizaje e indicadores de logro, que nadie pone en práctica ni aplica, pero que deben incluirse en unas programaciones didácticas surrealistas. Ser de izquierdas es colocarse frente al bilingüismo tal como ahora se aplica. Ser de izquierdas es reivindicar unos contenidos rigurosos, así como el valor del esfuerzo, la dedicación, el estudio y la disciplina.

En fin, estimados lectores, ser de izquierdas es esto y algunas cosas más sobre las que ya me extenderé en otro momento. Pero en la actualidad se defienden como “de izquierda” valores y actitudes que no lo son. Al revés, como afirma el dicho popular, se “da gato por liebre”. La praxis es el indicador fundamental de la izquierda. Puedes ir de progre, pero si eres un trabajador asalariado y te consideras clase media, si reciclas mucho pero no estás sindicado, si cuando se convoca una huelga no la sigues con el argumento de que debes pagar una hipoteca; si haces todo eso y además consideras que los fumadores son unos criminales porque el humo del tabaco provoca cáncer, pero no dices nada sobre la contaminación de los coches; entonces, tú eres un reaccionario, además de un idiota integral.

Y por último, y muy importante. Ser de izquierdas es defender hoy y siempre los puestos de trabajo. Porque hay ciertos individuos que presumen de intachables izquierdistas y no pasan de ser los quintacolumnistas de la derecha en las filas de la clase trabajadora. Me recuerdan a los casadistas al final de la guerra civil. Los peores traidores.