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Carlos Hermida

Cuando el gobierno decidió implantar el estado de alarma en el país y  se puso fin a las clases presenciales en todos los niveles educativos, las autoridades académicas decidieron continuar el ejercicio de la docencia mediante una enseñanza telemática a través de plataformas educativas. Internet y las nuevas tecnologías informáticas hacían posible esta posibilidad. Se optaba, como se argumentó en su momento, por una medida necesaria en una situación excepcional, pero lo cierto es que se trataba también de un experimento que  permitiría comprobar cómo se comportaban los profesores, los alumnos  y sacar enseñanzas de cara al futuro.

Antes de continuar, es necesario recordar que un profesor de Instituto imparte en algunas Comunidades Autónomas hasta 20 horas de clase, solo de docencia directa con alumnos, a las que hay que sumar muchas más horas dedicadas a guardias, claustros, reuniones de tutores, etc. Además, cuando el profesor llega a su casa, dedica bastante tiempo a preparar clases y corregir ejercicios.

Teniendo en cuenta que hay asignaturas en la ESO de una y dos horas de carga lectiva semanal, un profesor puede tener a su cargo 10 grupos, lo que supone, con las ratios actuales, un número de alumnos que no bajará de 150. Si con la enseñanza presencial esta situación ya es una barbaridad, la enseñanza a distancia, tal como se ha desarrollado desde marzo hasta el final del curso, ha sometido al profesorado a condiciones laborales extremadamente duras

Los profesores se han visto obligados a atender personalmente a todos sus alumnos, mandarles  tareas, corregirlas, contestar decenas de correos de los alumnos y  de los padres, y eso a cualquier hora del día. En definitiva, si un profesor o profesora entra en su centro de trabajo a las  08:30  y sale a las 15:15 horas,  en estos meses ha pasado a una jornada laboral  de  12 ó 14 horas. ¿Alguien –y me refiero lógicamente a la Administración-- se ha parado a pensar que los profesores también tienen familia, deben atender a sus hijos, hacer la compra, limpiar la casa y dedicar unas horas a su descanso y ocio personal? No  y mil veces no, porque a  los burócratas que dirigen la Enseñanza en nuestro país no les importa la educación, ni los alumnos ni los profesores.

La enseñanza telemática, que ahora se ha justificado como una situación excepcional ocasionada por la pandemia, va a formar parte del sistema educativo para el próximo curso. Se irá introduciendo de una manera parcial y progresiva.  .

La Escuela, el Instituto y la Universidad constituyen sistemas de relaciones sociales. Los profesores no solo transmiten  conocimientos a  los alumnos,  sino que también establecen normas de comportamiento cívico, hábitos de trabajo, construyen formas de diálogo, etc.;  es decir, forman ciudadanos. El docente conoce a sus alumnos y su evolución académica,  y el alumnado se socializa en el espacio educativo.  Desde la Escuela de Atenas, fundada por Platón en el 387 a.C., y  la Escuela Peripatética de Aristóteles, creada en el 335 a.C., la difusión del conocimiento ha supuesto una dinámica comunicativa entre el maestro y los discípulos, una forma de comunicación social basada en la difusión del saber. El profesor difunde determinados contenidos, pero también recibe el estímulo intelectual a través de las dudas y preguntas que plantean los estudiantes. Por otro lado, el docente se convierte en un referente para el alumnado. Todo esto solo puede realizarse con una enseñanza presencial.     

La educación a distancia, como la UNED, se estableció para atender determinadas situaciones, las de quienes por razones laborales no pueden desplazarse físicamente  a un centro de estudios. Generalizar la enseñanza telemática es empobrecer aún más nuestro modelo educativo. Es urgente dotar a los centros  con más y mejores herramientas tecnológicas y  cerrar la brecha digital entregando  ordenadores a los alumnos que disponen de escasos recursos económicos. Ese tema es imprescindible subsanarlo, pero la cuestión fundamental es que la enseñanza “on line”  es la negación de la enseñanza, la antítesis de la educación. Una cosa es emplear las nuevas tecnologías, que son  una herramienta útil, y otra muy diferente convertirlas en la solución a todos los problemas.

Las autoridades académicas  pretenden un solo objetivo: el ahorro económico.  En vez de contratar  más profesores para cumplir las medidas sanitarias que garanticen la seguridad de todos los miembros de la comunidad escolar,   se mantendrán las mismas plantillas  y cada profesor verá incrementado su trabajo: enseñanza telemática además de las clases presenciales. Eso sí, con una palmadita en la  espalda, un canto a las nuevas tecnologías y el discursito “progresista” de que el trabajo desde casa permite la conciliación familiar.

De cara al próximo curso los sindicatos de clase deben ir preparando una amplia movilización en defensa de una educación pública cada vez más amenazada. El debate enseñanza telemática versus enseñanza presencial está siendo utilizado para ocultar los  problemas estructurales de nuestro sistema educativo. Entre ellos, el crecimiento de la enseñanza privada concertada, un modelo  que cuenta  con el respaldo de la derecha y la izquierda oficial,  y que absorbe una parte sustancial del presupuesto dedicado a enseñanza. La concertada y la escuela pública son incompatibles, corresponden a concepciones educativas diametralmente opuestas. Solo la enseñanza pública garantiza la igualdad de oportunidades de todos los jóvenes, en cuanto concibe  la educación como un derecho universal, mientras que la privada concertada parte del principio de la educación como fuente de beneficio económico, selecciona a los alumnos en función de criterios socioeconómicos y se dirige esencialmente a los sectores de la población con más poder adquisitivo.

Cuando se esgrime el derecho de los padres a elegir el modelo educativo para sus hijos, se está falseando el debate. La única elección posible debe ser entre pública y privada. Pero el problema surge cuando se crea una tercera red de colegios privados subvencionados con dinero público. Aquí se introduce un modelo perverso. Los conciertos educativos drenan inmensas cantidades de dinero público hacia un negocio privado con el resultado de que la red pública de enseñanza se deteriora progresivamente. Y este es el objetivo real: convertir la enseñanza pública en algo marginal destinada a los trabajadores más pobres y los inmigrantes. Tras la demagógica defensa de la libertad de elección de centros se esconde algo muy diferente: que la oligarquía y los partidos que representan sus intereses consideran que uno de los medios para mantener la dominación y subordinación ideológica sobre las clases populares es degradar la enseñanza pública y  deteriorar su calidad científica, imponiendo unos contenidos y unos sistemas pedagógicos que impiden a los estudiantes dotarse de un sólido nivel intelectual y anulan su capacidad crítica.       

Cuando el gobierno decidió implantar el estado de alarma en el país y  se puso fin a las clases presenciales en todos los niveles educativos, las autoridades académicas decidieron continuar el ejercicio de la docencia mediante una enseñanza telemática a través de plataformas educativas. Internet y las nuevas tecnologías informáticas hacían posible esta posibilidad. Se optaba, como se argumentó en su momento, por una medida necesaria en una situación excepcional, pero lo cierto es que se trataba también de un experimento que  permitiría comprobar cómo se comportaban los profesores, los alumnos  y sacar enseñanzas de cara al futuro.

Antes de continuar, es necesario recordar que un profesor de Instituto imparte en algunas Comunidades Autónomas hasta 20 horas de clase, solo de docencia directa con alumnos, a las que hay que sumar muchas más horas dedicadas a guardias, claustros, reuniones de tutores, etc. Además, cuando el profesor llega a su casa, dedica bastante tiempo a preparar clases y corregir ejercicios.

Teniendo en cuenta que hay asignaturas en la ESO de una y dos horas de carga lectiva semanal, un profesor puede tener a su cargo 10 grupos, lo que supone, con las ratios actuales, un número de alumnos que no bajará de 150. Si con la enseñanza presencial esta situación ya es una barbaridad, la enseñanza a distancia, tal como se ha desarrollado desde marzo hasta el final del curso, ha sometido al profesorado a condiciones laborales extremadamente duras

Los profesores se han visto obligados a atender personalmente a todos sus alumnos, mandarles  tareas, corregirlas, contestar decenas de correos de los alumnos y  de los padres, y eso a cualquier hora del día. En definitiva, si un profesor o profesora entra en su centro de trabajo a las  08:30  y sale a las 15:15 horas,  en estos meses ha pasado a una jornada laboral  de  12 ó 14 horas. ¿Alguien –y me refiero lógicamente a la Administración-- se ha parado a pensar que los profesores también tienen familia, deben atender a sus hijos, hacer la compra, limpiar la casa y dedicar unas horas a su descanso y ocio personal? No  y mil veces no, porque a  los burócratas que dirigen la Enseñanza en nuestro país no les importa la educación, ni los alumnos ni los profesores.

La enseñanza telemática, que ahora se ha justificado como una situación excepcional ocasionada por la pandemia, va a formar parte del sistema educativo para el próximo curso. Se irá introduciendo de una manera parcial y progresiva.  .

La Escuela, el Instituto y la Universidad constituyen sistemas de relaciones sociales. Los profesores no solo transmiten  conocimientos a  los alumnos,  sino que también establecen normas de comportamiento cívico, hábitos de trabajo, construyen formas de diálogo, etc.;  es decir, forman ciudadanos. El docente conoce a sus alumnos y su evolución académica,  y el alumnado se socializa en el espacio educativo.  Desde la Escuela de Atenas, fundada por Platón en el 387 a.C., y  la Escuela Peripatética de Aristóteles, creada en el 335 a.C., la difusión del conocimiento ha supuesto una dinámica comunicativa entre el maestro y los discípulos, una forma de comunicación social basada en la difusión del saber. El profesor difunde determinados contenidos, pero también recibe el estímulo intelectual a través de las dudas y preguntas que plantean los estudiantes. Por otro lado, el docente se convierte en un referente para el alumnado. Todo esto solo puede realizarse con una enseñanza presencial.     

La educación a distancia, como la UNED, se estableció para atender determinadas situaciones, las de quienes por razones laborales no pueden desplazarse físicamente  a un centro de estudios. Generalizar la enseñanza telemática es empobrecer aún más nuestro modelo educativo. Es urgente dotar a los centros  con más y mejores herramientas tecnológicas y  cerrar la brecha digital entregando  ordenadores a los alumnos que disponen de escasos recursos económicos. Ese tema es imprescindible subsanarlo, pero la cuestión fundamental es que la enseñanza “on line”  es la negación de la enseñanza, la antítesis de la educación. Una cosa es emplear las nuevas tecnologías, que son  una herramienta útil, y otra muy diferente convertirlas en la solución a todos los problemas.

Las autoridades académicas  pretenden un solo objetivo: el ahorro económico.  En vez de contratar  más profesores para cumplir las medidas sanitarias que garanticen la seguridad de todos los miembros de la comunidad escolar,   se mantendrán las mismas plantillas  y cada profesor verá incrementado su trabajo: enseñanza telemática además de las clases presenciales. Eso sí, con una palmadita en la  espalda, un canto a las nuevas tecnologías y el discursito “progresista” de que el trabajo desde casa permite la conciliación familiar.

De cara al próximo curso los sindicatos de clase deben ir preparando una amplia movilización en defensa de una educación pública cada vez más amenazada. El debate enseñanza telemática versus enseñanza presencial está siendo utilizado para ocultar los  problemas estructurales de nuestro sistema educativo. Entre ellos, el crecimiento de la enseñanza privada concertada, un modelo  que cuenta  con el respaldo de la derecha y la izquierda oficial,  y que absorbe una parte sustancial del presupuesto dedicado a enseñanza. La concertada y la escuela pública son incompatibles, corresponden a concepciones educativas diametralmente opuestas. Solo la enseñanza pública garantiza la igualdad de oportunidades de todos los jóvenes, en cuanto concibe  la educación como un derecho universal, mientras que la privada concertada parte del principio de la educación como fuente de beneficio económico, selecciona a los alumnos en función de criterios socioeconómicos y se dirige esencialmente a los sectores de la población con más poder adquisitivo.

Cuando se esgrime el derecho de los padres a elegir el modelo educativo para sus hijos, se está falseando el debate. La única elección posible debe ser entre pública y privada. Pero el problema surge cuando se crea una tercera red de colegios privados subvencionados con dinero público. Aquí se introduce un modelo perverso. Los conciertos educativos drenan inmensas cantidades de dinero público hacia un negocio privado con el resultado de que la red pública de enseñanza se deteriora progresivamente. Y este es el objetivo real: convertir la enseñanza pública en algo marginal destinada a los trabajadores más pobres y los inmigrantes. Tras la demagógica defensa de la libertad de elección de centros se esconde algo muy diferente: que la oligarquía y los partidos que representan sus intereses consideran que uno de los medios para mantener la dominación y subordinación ideológica sobre las clases populares es degradar la enseñanza pública y  deteriorar su calidad científica, imponiendo unos contenidos y unos sistemas pedagógicos que impiden a los estudiantes dotarse de un sólido nivel intelectual y anulan su capacidad crítica.