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imagen vieja normalidad

 

J,P. Galindo

El capitalismo es un fuerza capaz de recuperarse de los golpes más formidables y de resucitar cuando parece totalmente muerto. Unas veces renace de forma “espontánea” gracias a eventos catastróficos que le permiten reiniciar sus mecanismos de explotación y acumulación, como las dos guerras mundiales, y otras veces solo consigue reactivarse gracias a inmensos esfuerzos por parte de sus servidores políticos, mediante medidas de “reajuste”, recortes y demás maniobras económicas destinadas a proteger el desigual reparto de plusvalía entre burgueses y proletarios.

La pandemia mundial de COVID19, preludio y detonante de una crisis económica ya anunciada y esperada a mediados del año pasado, ha vuelto a llevar al capitalismo a uno de sus periódicos momentos de aparente debilidad, lo que obliga a que en los próximos meses, e incluso años, veamos los desesperados intentos por reanimar un modo de producción siempre tocado pero nunca hundido.

En lo que respecta a España el gobierno de coalición ha sido muy sincero al declarar su intención de instaurar una “nueva normalidad” capaz de mantener vivo al agónico régimen del 78 a pesar de las lecciones que la cuarentena ha dejado a la clase obrera. Porque si algo debemos sacar en claro después de la dura experiencia de la cuarentena nacional es que, en el siglo XXI como en el XIX, la sociedad no puede vivir sin el trabajo del proletariado en general y del proletariado más invisibilizado y explotado en particular.

Hemos visto cómo buena parte de la producción alimentaria de España se basa en el trabajo de una enorme cantidad de mano de obra ultraexplotada, generalmente emigrante, sometida por las grandes empresas productoras a unas condiciones de vida infrahumanas al tiempo que sus directivos se embolsan ingentes cantidades de dinero público en forma de subvenciones nacionales y europeas. Estamos pudiendo comprobar, también, cómo una parte importante de los rebrotes de la pandemia se producen en el seno de empresas cárnicas, convertidas en auténticas cadenas de montaje de inspiración fordista, en las que las condiciones de seguridad e higiene en el trabajo son más que relajadas por el bien de la productividad. Por no hablar de lo fundamental del trabajo de sanitarios, limpiadores y servicios asistenciales en todos los ámbitos. Sectores bajo el asedio constante del capital en forma de privatizaciones y subcontratas con la cantinela de la “colaboración público-privada”, que tanto gusta a los partidos políticos capitalistas y que solo oculta el desvío continuo de dinero público a bolsillos privados.

Y es que en lo político también hace aguas esa “nueva normalidad” que se nos anuncia. Durante esta cuarentena hemos tenido confirmación de la participación directa (por acción u omisión) de Felipe González en la creación del terrorismo de estado de los GAL, y del cierre de filas de PP, Vox y el propio PSOE para protegerlo ante cualquier posible investigación, aunque sea parlamentaria. Mientras tanto, la ultraderecha sigue campando a sus anchas por instituciones y calles, amparada por una legalidad que reprime y asfixia al antifascismo.

Pero no podemos olvidar que esa putridez del régimen del 78 tiene su origen en la jefatura del estado, la corona instaurada por el dictador Francisco Franco en 1969, desde la que impregna todas las instituciones públicas. Así, aunque Juan Carlos quiso salir airoso de su reinado de lujo y excesos cediendo el cargo a su hijo en 2014, la sombra de la corrupción inseparable de la monarquía también salpica a Felipe, el cual se ha visto obligado a salir al paso de las informaciones relativas a los negocios ilegales de su padre, a través de comunicados y campañas de prensa.

Todo apunta a que la “nueva normalidad” se va a parecer demasiado a la misma normalidad de siempre en lo que se refiere a la lucha de clases, pues el proletariado y la burguesía no solo no se han movido ni un milímetro de sus respectivas posiciones iniciales sino que la declarada intención de la burguesía es recrudecer su explotación, como demuestran los cierres de ALCOA, NISSAN o los miles de EREs que se preparan para después que termine el periodo de ERTE decretado por el gobierno.

El proletariado de España no va a encontrar diferencias entre la vieja y la nueva normalidad pues sus condiciones de vida van a seguir siendo determinadas por la dictadura del capital y las variaciones en el flujo de plusvalía a embolsar por la burguesía, exactamente igual que antes de la pandemia mientras no organicemos nuestra resistencia, unamos fuerzas en defensa de nuestros intereses de clase y logremos construir una sociedad más justa, más democrática y más racional enviando al capitalismo y sus crisis económicas, sanitarias y sociales al vertedero de la historia.

Se dice que “solo el pueblo salva al pueblo” pero no es cierto. La realidad es que solo el pueblo organizado (en su partido y su sindicato), consciente de su posición (dentro del modo de producción capitalista) y capaz de dirigir las distintas luchas parciales hacia el origen único de todas ellas, se salvará a sí mismo, pues como ya advirtió el historiador y político romano Cornelio Tácito: “Quienes luchan por separado, son vencidos juntos”.