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Carlos Hermida

El 30 de abril de 1945 Adolf Hitler se suicidó en Berlín, en una de las habitaciones del búnker de la Cancillería donde se había recluido para dirigir las últimas operaciones de la guerra. Ocho días después la contienda mundial terminaba con la rendición incondicional de la Alemania nazi.

Se han escrito miles de libros sobre Hitler y el nazismo, de calidad muy desigual, pero en buena medida se ha intentado difundir la idea de que el dictador alemán era un loco que con ayuda de unas decenas de miles de fanáticos y asesinos se apoderó de un país culto y desarrollado y lo llevó al desastre. Así se evitaban cuestiones incómodas y todos tan contentos. No hacía falta hablar de las responsabilidades del un sector del pueblo alemán, ni del papel de la burguesía, ni de las implicaciones del Ejército en la guerra de exterminio contra la URSS, ni de la actitud de los funcionarios, etc., etc.

Lo cierto es que Hitler no fue un loco, ni tampoco los que le apoyaron. Ni los dirigentes nazis eran poco menos que analfabetos. Muchos de ellos tenían estudios superiores y se habían doctorado en diversas especialidades. La realidad es diferente. Hitler y el partido nacionalsocialista se aprovecharon de una coyuntura histórica muy concreta que se inicia con el final de la Primera Guerra Mundial. 

            

Tras cuatro años de guerra, sufrimiento y privaciones terribles, provocadas por el bloqueo de la Entente, estalló la revolución en Alemania. El levantamiento de los marineros de Keitel el 3 de noviembre de 1918 fue el detonante de un movimiento revolucionario. Los obreros y soldados formaron Consejos, similares a los soviets de la revolución rusa, y el 9 de noviembre el emperador dimitió y se proclamó la República. Sin embargo, lo que podía haber desembocado en una revolución socialista, quedó en una República burguesa en la que el aparato del estado imperial quedó intacto. El partido Socialdemócrata Alemán (SPD), en connivencia con el Alto Estado Mayor del ejército, fue determinante en la dirección que tomaron los acontecimientos revolucionarios. El socialdemócrata Noske, ministro del Interior, ordenó la sangrienta represión del levantamiento espartaquista que tuvo lugar entre el 5 y el 15 de enero de 1919 (1). Con el apoyo de los Freikorpps, grupos paramilitares de soldados y oficiales desmovilizados tras el armisticio de noviembre, los dirigentes socialdemócratas aplastaron el movimiento revolucionario, en el fueron salvajemente asesinados los dirigentes comunistas Rosa Luxemburgo y Kart Liebneckt (2).

Entre 1919 y 1923, la república de Weimar, denominada así por la ciudad donde se redactó la Constitución atravesó por una grave crisis política, social y económica. La firma del Tratado de Versalles (1919) provocó un sentimiento de frustración en una gran parte del pueblo alemán, a quien se había transmitido durante la guerra la idea de una victoria segura, ocultándole la grave situación militar y las derrotas de 1918. En 19121 la Comisión de Reparaciones aliada fijó las indemnizaciones de guerra en 132.000 millones de marcos-oro, pagaderos en 42 anualidades. Para hacer frente a las necesidades financieras, el gobierno alemán comenzó a emitir grandes cantidades de papel moneda, lo que provocó una gigantesca inflación y la absoluta desvalorización de la moneda. En 1923, el dólar alcanzó un cambio de 4,2 billones de marcos.

La hiperinflación arruinó a los pequeños rentistas, funcionarios, pensionistas y a todos aquellos que tenían ingresos fijos. El descontento social originó levantamientos comunistas en Berlín, Sajonia y zonas de Alemania central. Por otra parte, la república tuvo que hacer frente a las conspiraciones de la extrema derecha, cuyo objetivo era destruir el régimen republicano. En 1920 se produjo un intento de golpe de estado protagonizado por sectores del ejército con el apoyo de empresarios de la industria pesada (“putsch de Kapp), que fracasó gracias a la huelga general desencadenada por el movimiento obrero.

En esta situación de crisis general proliferaron los grupos de extrema derecha. En 1919 se fundó el Partido Obrero Alemán (DAP), al que ese mismo año se unió Adolf Hitler (1889-1945), un excombatiente desarraigado, resentido por la derrota de Alemania y nula trayectoria intelectual y profesional. Hitler se hizo pronto con el control de aquel grupúsculo, que en 1920 cambió su denominación pasando a llamarse PARTIDO OBRERO ALEMÁN NACIONAL SOCIALISTA (NSDAP). A pesar de su insignificante afiliación -- 3.000 miembros en 1920 y 6.000 en 1922—Hitler intentó un golpe de estado en la ciudad de Munich el 8 de noviembre de 1923. El fracaso de la intentona se saldó con la detención de Hitler y una ridícula condena de cinco años de cárcel, de la que ni siquiera llegó a cumplir un año. Una sentencia tan benigna para un delito tan grave demuestra la hostilidad de la judicatura hacia la República y su apoyo y connivencia con los grupos antirrepublicanos. En su cómoda estancia en la prisión militar escribió “Mein Kampf” (“Mi Lucha”, el libro en el que se resume la doctrina y los objetivos del nazismo, de los que hablaremos más adelante.

Los años 1924-1929 se caracterizaron por la estabilidad económica, lograda en parte gracias a las inversiones norteamericanas. El gobierno alemán trató de normalizar las relaciones con los países vencedores de la guerra y para ello aceptó un nuevo plan para el pago de las reparaciones (Plan Daves) y en octubre de 1925 firmó el Tratado de Locarno, por el cual Alemania reconocía las fronteras occidentales fijadas por el Tratado de Versalles, aunque no se garantizaban las fronteras orientales. Francia, Gran Bretaña e Italia garantizaban el Tratado.

En diciembre de 1924 Hitler fue puesto en libertad y el partido nazi nuevamente autorizado en 1925. A finales de eses año los nazis contaban con 27.000 afiliados, que llegaron a 100.000 en 1928. Sin embargo, sus resultados electorales eran cada vez peores. En las elecciones del 4 de mayo de 1924 obtuvieron 1.918.000 votos y en las del 20 de mayo de 1928 descendieron hasta los 800.000 votos. Aunque Hitler era ya un político conocido, seguía siendo el dirigente de un grupo marginal, extraordinariamente violento, pero sin posibilidades reales de alcanzar el poder.

Hitler hubiera permanecido en un rincón de la historia si no hubiera sido por el vendaval económico que asoló el mundo a partir de 1929. La Gran Depresión tuvo unos efectos devastadores en Alemania. En 1930 había 3 millones de parados; 4,3 millones en 1931 y 6 millones a finales de 1932. Tras cinco años de bonanza económica, Alemania se hundía de nuevo en la crisis y el desempleo. Esta situación social explica el crecimiento espectacular de los nazis. En 1929 el partido tenía 120.000 afiliados y en 1932 contaba ya con 1.200.000. la mayoría de sus afiliados provenían de la pequeña burguesía y las clases medias: pequeños comerciantes, pequeños propietarios agrícolas, funcionarios, empleados de oficinas, es decir, aquellos sectores golpeados por la crisis, que temían la revolución proletaria, pero resentidos también con el gran capital. Obreros en paro desesperados por la falta de trabajo se unieron también a los nazis. Las recetas simplistas y demagógicas de los nazis, que culpaban a los judíos y a los comunistas de la situación y prometían acabar con el Tratado de Versalles y devolver la grandeza a Alemania, fueron escuchadas por amplias masas de población desorientadas y amenazadas por el desempleo, la pérdida de status y la miseria. Paralelamente al incremento de la afiliación, los nazis obtuvieron grandes éxitos electorales. En las elecciones de julio de 1932 el NSDAP obtuvo cerca de 14 millones votos, convirtiéndose en el primer partido de Alemania.

Ahora bien, no se posible entender los éxitos electorales del nazismo sin la generosa financiación de los empresarios. Fue la gran industria quien estuvo detrás del nazismo. La intensificación de la lucha de clases y el ascenso del comunismo, que llegó a tener 100 diputados en el Reichstag, decidió a la gran burguesía a destruir la República y a optar por el nazismo como forma de dominación. No decimos que Hitler fuera un muñeco en las manos de los empresarios, pero lo que es grave error considerar al régimen nazi como una forma política situada por encima de las clases. Fascismo y defensa del capitalismo forman parte de la misma ecuación. Fueron las clases dominantes de Alemania, representadas por el presidente Hindemburg, quienes entregaron el poder a Hitler el 30 de enero de 1933.

Fue el gran capital quien se benefició fundamentalmente de la expansión territorial iniciada antes de la guerra y continuada durante el conflicto bélico; y esa misma burguesía se lucró con los millones de trabajadores europeos que se deportaron a Alemania para trabajar en condiciones de esclavitud; sin olvidar, claro está, los jugosos beneficios que obtuvieron muchas empresas de los campos de concentración y

La Historia, sirve, entre otras cosas, para extraer algunas lecciones del pasado. Y ahora que le fascismo está entre nosotros, no debemos subestimar a un partido como VOX. Los nazis comenzaron reuniéndose y dando mítines en cervecerías y otros lo hacen en sitios más selectos, pero son los mismos perros con la misma rabia.                      

NOTAS

1. Espartaquistas era el nombre de la organización de los socialdemócratas de izquierda formada durante la Primera Guerra Mundial por Kart Liebknecht, Rosa Luxemburgo, Franz Mehring y Clara Zetkin, entre otros.

En abril de 1915, Rosa Luxemburgo y Franz Mehring fundaron la revista “Die Internacionale”, en torno a la cual se organizaron los socialdemócratas de izquierda. En 1916, este grupo comenzó a publicar y distribuir clandestinamente las “cartas políticas”, firmadas por “Espartaco”, razón por la cual comenzó a denominarse espartaquista. Los espartaquistas hacían propaganda revolucionaria, organizaban acciones antibelicistas, denunciaban el carácter imperialista de la guerra mundial y la traición de los líderes socialdemócratas.

A finales de 1918 la Liga Espartaco que hasta entonces estaba integrada en el partido Socialista Independiente (USPD), formado en 1917 a raíz de una escisión en el Partido Socialdemócrata Alemán (SPD), funda el Partido Comunista Alemán (KPD), cuyo congreso constitutivo se celebró entre el 30 de diciembre de 1918 y el 1 de enero de 1919.

2. Sobre la revolución, es de especial interés el libro de HAFFNER, Sebastián: La revolución alemana de 1918-1919. Barcelona, Inédita Ediciones, 2005.