Santiago Baranga

Donald Trump repitió durante su campaña electoral que reduciría el gasto militar y devolvería los soldados norteamericanos «a casa». Era una promesa que respondía al descontento de la clase obrera estadounidense por la degradación de sus condiciones de vida, que la enfrentaba a la política intervencionista y prosionista del Partido Demócrata, tan abiertamente vinculado a los intereses del gran capital y su pelea global. Sin embargo, muy pronto se advirtió la volatilidad de estos lemas trumpianos, difícilmente compatibles con el chovinismo del «América primero» y, por supuesto, con los intereses del complejo militar-industrial; por no hablar del carácter impulsivo y camorrista del propio presidente, tan amigo de la bravuconada.

Ese amor por la bravata y la adicción al aplauso de las masas enardecidas por el militarismo, tan propios de fascistas de manual, sirven para despejar el camino a los intereses de los EEUU y sus aliados en el mundo, como bien han mostrado el golpe en Bolivia y el desastroso “plan” para Palestina.

El pasado 3 de enero, los EEUU asesinaron al general Qasem Soleimani, para muchos el número dos del régimen de Teherán. El pretexto fue acabar con los ataques que milicias proiraníes habían estado llevando a cabo durante las semanas anteriores contra las bases norteamericanas en Irak. Sin embargo, las represalias ya habían tenido lugar: el 29 de diciembre, los cazas yanquis bombardearon tres objetivos en Irak y dos en Siria, produciendo al menos 25 muertos y medio centenar de heridos. Más aún, la verdadera misión de Soleimani era facilitar las negociaciones con Arabia Saudí. Con el nuevo magnicidio, Trump abría la puerta a una confrontación de magnitud insospechada.

El asesinato tiene mucho que ver con la intensificación de una tendencia que ha existido en los EEUU desde la época de Eisenhower, al inicio de la “guerra fría”: la de los presidentes a acaparar cada vez más poder de decisión sobre las agresiones militares en el exterior, en detrimento del Congreso. Una línea que se ha acentuado por la coincidencia de intereses del neofascista Trump y los “halcones” favorables a un «cambio de régimen» en Teherán, bien dispuestos a aplaudir las bravatas de su jefe.

Sin embargo, ni la respuesta iraní ha sido excesiva (el bombardeo de dos bases aéreas norteamericanas, que no produjo muertos ni daños considerables), ni ha proseguido la escalada por parte estadounidense. Ello se debe, ante todo, al cálculo de los dirigentes de la República Islámica, que saben que no pueden arriesgarse a una agresión fulminante de los EEUU, que, antes de verse obligados a retirarse por la acción de la ONU, serían capaces de alcanzar los objetivos clave, con el consiguiente riesgo para el régimen de los ayatolás. Pero no es menos cierto que la prolongación del conflicto en el futuro beneficia a ambas partes. No todo es impulso en la política imperialista de Trump.

Por parte norteamericana, la inestabilidad asegura la sumisión de sus aliados regionales, que procurarán seguir comprando armas en cantidades ingentes: Arabia Saudí y los Emiratos fueron segundo y cuarto importadores de armas a nivel mundial entre 2013 y 2017, y en 2018 ocuparon el lugar primero y tercero en la importación de armas norteamericanas. Ese mismo año, los saudíes ocuparon el tercer puesto mundial en gasto militar. Ahora bien, lo que cobra más relevancia es el inicio de la carrera electoral en febrero, contexto en el que interesa más presentar “éxitos” y mostrar la supuesta sumisión del adversario que iniciar guerras de final incierto, así como mantener unos datos económicos positivos. Y no se debe olvidar finalmente que, en Washington, los partidarios de la guerra se enfrentan a muchos asesores más preocupados por las incertidumbres de la guerra comercial con China y la contención de su influencia.

Evidentemente, al gobierno iraní le ha quedado claro que lo que menos le interesa, dado el aventurerismo de Trump, es prolongar su programa nuclear durante más de una década. Por eso, se ha apresurado a acelerar el enriquecimiento de su uranio con el fin de asegurarse un elemento disuasorio frente a futuras amenazas. Un éxito en este dominio le reportaría nuevos y sustanciosos beneficios internos, en un momento en que a las sanciones económicas y el empeoramiento de las condiciones de vida del proletariado y clases populares se ha sumado el derribo del avión ucranio el pasado 8 de enero, que ha hecho saltar las protestas contra un gobierno mentiroso y sumiso a los líderes religiosos. Por si ello fuera poco, Teherán se enfrenta a una creciente revuelta en Irak que, además de atacar la corrupción y cuestionar el sistema político edificado tras la invasión de 2003, tiende a denunciar la influencia iraní en el país. En Irán, la continuidad de la amenaza externa puede acabar facilitando la hegemonía del ala más dura del régimen, que durante el pasado mes se ha esforzado en llamar a la unidad nacional y a la «máxima solidaridad».

Ahora bien, no hay duda de que el beneficiario principal y más directo de la prolongación de la inestabilidad y del enfrentamiento entre los estados del golfo Pérsico es Israel.

Así pues, aunque no hay acuerdo sobre los beneficios que pueda reportar el asesinato de Soleimani a EEUU, en lo que todos los analistas parecen estar de acuerdo es en que el conflicto no acaba aquí. Los iraníes han preferido como norma no responder de forma abierta e inmediata, sino que más bien han procurado llevar su respuesta a escenarios distintos y de forma menos evidente. Por ello, no es descartable en absoluto que en los próximos meses se produzca algún ataque a intereses norteamericanos en cualquier lugar del planeta, lo que puede llevar a otra impredecible respuesta de Trump y sus “halcones”.

En cuanto a los EEUU y sus aliados, ha quedado claro una vez más no solo el peligro que supone Trump, sino también el lamentable papel que juega la Unión Europea como «garante de la paz»: tras anunciar Teherán su disposición a ignorar los términos del acuerdo nuclear de 2015, los europeos no han dudado en someterse de inmediato a las presiones de Trump para activar los mecanismos sancionadores previstos. De esta forma, la “civilizada” europa respalda por enésima vez las maniobras belicistas yanquis en el Próximo Oriente, sanciona la violación de la soberanía de los estados y, de paso, refuerza la dictadura religiosa en Irán. Como señalan nuestros camaradas del Toufan, la única salida válida a la situación en el país es la formación de un frente popular y revolucionario que vincule «la lucha por los derechos democráticos de los trabajadores y por la justicia social y la lucha contra el imperialismo y sus mercenarios».

Teniendo en cuenta el abandono de los palestinos y yemeníes, la sumisión a la política racista de Israel y la incesante venta de armas al tirano saudí, no hay evidencia alguna en la región (aunque esto no sea en absoluto novedoso) de que la UE sea la fuerza pacificadora y defensora de los Derechos Humanos que aún pretende ser en sus altisonantes declaraciones. No hablemos, claro está, de la “democracia” exportada por los EEUU. Muy al contrario, cuando tanto se comenta sobre la catástrofe medioambiental, queda cada vez más en evidencia que el verdadero peligro para el planeta no es otro que el capitalismo con su voracidad imperialista.