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Agustín Bagauda

“Dicen que la patria es/un fusil y una bandera/ mi patria son mis hermanos/ que están labrando la tierra.
Ay, que yo no tiro, que no/ ay, que yo no tiro, que no/ ay, que yo no tiro contra mis hermanos. Ay, que yo tiraba, que sí/ay, que yo tiraba, que sí/ contra los que ahogan al pueblo en sus manos.
Nos preparan a la lucha/ en contra de los obreros/ mal rayo me parta a mí/ si ataco a mis compañeros.
La guerra que tanto temen/ no viene del extranjero/ son luchas de proletarios/ como los bravos mineros.
Cuando muere un general/ lo llevan sobre un armón/ el que se mata en la mina/ lo entierra el mismo carbón.
Ay, que yo no tiro, que no/ ay, que yo no tiro, que no/ ay, que yo no tiro contra mis hermanos. Ay, que yo tiraba, que sí/ ay, que yo tiraba que sí/ contra los que ahogan a España en sus manos”

En diciembre de 2018 el fascismo, de la mano de Vox, entraba en las instituciones, en el Parlamento de Andalucía. Ahora son 52 los escaños que ocupa en el Congreso.

 

Sabíamos que el estado monárquico, al ser heredero del franquismo, recibió su impronta; que, por tanto, sus distintas instituciones (unas más que otras) tienen ese sedimento; que su jefatura tiene la legitimidad del 18 de julio e, inclusive, ha alentado y jaleado últimamente el españolismo fascista; y que, por tanto, era una tierra abonada para que crecieran las malas hierbas, el fascismo. Pero, a pesar de eso, la presencia de un partido fascista en las instituciones es una diferencia cualitativa, pues participa del poder y aspira a ocupar su máximo órgano, el gobierno, y ser dueño del mismo. A la par, la presencia de Vox ha empujado a las fuerzas reaccionarias, PP y C,s, a tener un discurso y actitud más reaccionario y chovinista, filofascista.

Esta situación es peligrosa por cuanto podría desembocar, si no se la hace frente firme y organizadamente y revierte, en la entronización del fascismo y su agresión directa contra la clase obrera y los pueblos, contra los derechos laborales, sociales y políticos y los cada vez mas exiguos resquicios de libertades y democracia, contra la propia existencia de asociaciones y organizaciones obreras y populares, ya sean sociales, sindicales o políticas. De hecho, vemos ya como, por ejemplo, está enfrentando a los pueblos de España y a los propios trabajadores.

Se impone una conclusión: al fascismo hay que combatirlo sin cuartel, en todos los ámbitos, con todas las herramientas. Y lo podremos hacer eficazmente si estudiamos y comprendemos las razones, factores y/o causas de su irrupción y ascenso. No pretendemos con esta serie de artículos abordar esa tarea que, aunque no en profundidad, hemos esbozado en el documento “Unidad y movimiento popular” (IX Congreso PCE m-l, Madrid, diciembre 2019). Pero sí, por la relevancia expuesta y por resultar una de las principales deficiencias del discurso de los comunistas y de la izquierda (y las consecuencias que de ello se derivan), tratar una de las principales, sino la principal, ideas-fuerza que en los últimos meses está utilizando torticera y mezquinamente (como es común en ellos) para resurgir, desarrollarse y encumbrarse a las instituciones: la de la Patria, y con ella la de la unidad de España. Coherentes con su ideología son consecuentes (no solo ellos) con el “testamento” de Franco: “Por el amor que siento por nuestra Patria, os pido que perseveréis en la unidad y en la paz [de los cementerios] (…) Mantened la unidad de las tierras de España, exaltando la rica multiplicidad de sus regiones como fuente de fortaleza de la unidad de la Patria”.

Precisamente, el fascismo franquista y la negra reacción, aquellos que son (y sus herederos) la esencia de la antipatria, quisieron adueñarse (antes, durante y después del Golpe de estado) de esa idea para demagógicamente explotarla. Se mostraron como los “Salvadores de la Patria”, mientras uncían a España al carro de la guerra, violaban nuestra independencia nacional y humillaban nuestro suelo con la bota nazi e italiana y sembraban de terror y sangre las “tierras de España”; ellos, vendepatrias, que ponían las riquezas y pedazos de España a disposición del mejor postor.
Frente a esa demagogia se alzaba la voz del PCE:

“…no es posible que continúen engañando a estas masas, utilizando la bandera del patriotismo, los que prostituyen a nuestro país, los que condenan al hambre al pueblo, los que someten al yugo de la opresión al 90 % de la población, los que dominan por el terror. ¿Patriotas ellos? ¡No! Las masas populares, vosotros, obreros y antifascistas en general, sois los patriotas, los que queréis a vuestro país libre de parásitos y opresores;…” (José Díaz, La España revolucionaria, discurso pronunciado en el Salón Guerrero, de Madrid, el 9 de febrero de 1936. La negrita es nuestra).

Lamentablemente, el PCE abandonó ese estandarte: después de la Guerra Civil, “la izquierda, una vez dominada por el revisionismo, dejó que el concepto de patria se lo apropiara el franquismo, renegó de esa idea, por considerarla reaccionaria, y ha seguido hasta nuestros días en las sucias y sangrientas manos de la derecha y del fascismo. La izquierda revisionista identificaba la palabra “patria” con “fascista” o “facha”, (…). Nosotros mismos, los comunistas y gentes de izquierdas, durante mucho tiempo, demasiado, hemos caído en ese prejuicio y nos hemos creado inconscientemente ciertos complejos que han condicionado negativamente distintos aspectos de nuestra política” (documento citado).

Estamos pagando ahora ese craso error, esos prejuicios e incomprensiones. Es necesario romper con ellos y superarlos para arrancar la bandera de la Patria de la oscura y tenebrosa mano del fascismo, como bien decía José Díaz:

“Hay una bandera que está en manos de nuestros enemigos, que ellos tratan de utilizar contra nosotros y que es preciso arrebatarles de las manos: la de que votando por ellos se vota por España. ¿Qué España representan ellos?” (La España revolucionaria).
Ello nos obliga a retomar esa divisa, reivindicar la idea de Patria. Desde la deriva revisionista del PCE “no ha habido por parte de la izquierda un discurso coherente sobre un proyecto de país, de patria, alternativo al franquista”, y, por lo dicho, “Es imprescindible que elaboremos y difundamos una idea de patria, pero no cabe expresar la cuestión de la patria al margen de los intereses y objetivos de clase. Hablamos pues de una patria popular, (…)” (citado documento).

La versión (extractos) de arriba, cantada deliciosamente por Mª José Llergo, cuyo original es de Chicho Sánchez Ferlosio y popularizada en su día por el grupo chileno Quilapayún, expresa esa idea de patria popular que debemos construir, poner en valor y defender: Frente a la “Patria” de los guerreristas, la Patria de mis “hermanos” de clase, de los que laboran la tierra, de los productores; frente a la “Patria” de los generales, de la destrucción, guerra y muerte, la Patria de las edificadoras luchas obreras, del progreso, de la vida; Frente a la “Patria” de la traición, la Patria de la solidaridad de clase; frente a la “Patria” de los opresores, que “ahogan al pueblo”, la Patria del Pueblo, de la libertad y la democracia.