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J. P. Galindo

Que los movimientos políticos generales han tenido en España siempre un aspecto propio y diferenciado es algo conocido y demostrado.- Ni el feudalismo, ni el absolutismo, ni el capitalismo adoptaron la misma estructura ni funcionaron igual al sur de los Pirineos que en el resto del continente. Por supuesto, el fascismo no iba a ser diferente ni en su versión clásica ni en su patético resurgimiento postmoderno.

El fascismo clásico español se diferenció enormemente de sus homólogos europeos en que mientras aquellos fueron movimientos de inspiración revolucionaria respecto a la situación de estancamiento económico, político y militar creado tras la I Guerra Mundial, el nuestro fue un movimiento reaccionario organizado precisamente contra las fuerzas progresistas que venían a sacar al estado español de la parálisis económica y la decadencia política arrastradas desde la Restauración Borbónica y la crisis de 1898.

 

De hecho, la composición interna de nuestro fascismo clásico era frontalmente opuesta al de sus contemporáneos italiano o alemán. Mientras aquellos eran movimientos de enorme base social popular y clara tendencia republicana y laica (incluso en la tradicionalísima Italia el estado totalitario fascista tendía a suplantar a la iglesia y la corona, reduciendo ambas instituciones a meros instrumentos del poder político) en España el movimiento estaba encabezado por una minoría social: los restos aún supervivientes de un viejo régimen que se resistía a ser definitivamente superado en base a las reformas de la burguesía progresista republicana; es decir, la vieja oligarquía de nobleza y clero que se veían a sí mismos como una reencarnación de las fuerzas “nacionales” que en 1808 encabezaron la lucha contra el imperio burgués e ilustrado de Napoleón.

Pero no era posible organizar un movimiento lo suficientemente amplio como para contrarrestar el inmenso apoyo popular de los partidos y sindicatos obreros simplemente apelando a las viejas tradiciones. Era imprescindible arrastrar al menos a una parte del proletariado hacia las filas del fascismo (el campesinado conservador ya contaba con un foco de atracción derechista: el requeté carlista) para ampliar su base, y ese fue asumido por una organización siempre contradictoria: Falange Española.

La Falange original fue una organización ideológicamente conservadora pero adornada con multitud de elementos propios de la vanguardia más progresista. Imitó el lenguaje revolucionario de las izquierdas siguiendo los modelos italiano y alemán, pero además llegó a asimilar elementos identificativos del movimiento obrero revolucionario en su propaganda, como el color azul de sus camisas distintivas, en referencia al color del mono de trabajo del proletariado industrial, o los colores rojo y negro de su bandera, copiados del anarcosindicalismo. Todo ello acompañado por una presunta carga intelectual propia, destinada a llenar el vacío cultural de las derechas frente al empuje teórico y artístico de la izquierda desde una interpretación romántica del pasado imperial enfocada hacia un presunto futuro glorioso para la clase trabajadora española. A esta mezcolanza ideológica la denominaron nacionalsindicalismo.
No obstante, el engendro ideológico funcionó como se esperaba, dividiendo a la clase obrera, aportando fuerza de trabajo y carne de cañón a la reacción ultraconservadora y sirviendo de maquillaje obrerista para la dictadura militar que se cerniría sobre España durante 40 años. Y todo ello, además, a despecho de las intenciones originales de los fundadores del movimiento.

Porque una vez impuesta la dictadura y tras la derrota del Eje en la II Guerra Mundial, aquellos “tontos útiles” que habían muerto y tanto habían asesinado en nombre de una “revolución pendiente” dejaron de importarle al régimen franquista y pasaron a languidecer como decoración folclórica en los actos protocolarios de un estado cada vez más integrado en las corrientes capitalistas globales.
Pero si el falangismo joseantoniano está clínicamente muerto no podemos decir lo mismo de la idea que lo impulsó en su día. Al igual que en los años 30, hoy existe una derecha cuartelera y reaccionaria que si bien tiene cierto calado entre la clase trabajadora (más por demérito de las izquierdas que por méritos propios) no alcanza a movilizar grandes masas proletarias y, sobre todo, peca de una vergonzosa ausencia de contenido intelectual y revolucionario. Pero como entonces, ha surgido una vertiente obrerista, revolucionaria y a la vez nacionalista y folclórica que, si bien no casa completamente con los postulados de las derechas, sí se aproxima más a aquellas que a la izquierda en lo que respecta a determinados aspectos. Nos referimos a la denominada “izquierda hispánica” surgida de las interpretaciones pseudomarxistas de los seguidores del filósofo Gustavo Bueno (1924-2016).

Esta corriente autodenominada comunista y revolucionaria no es más que el renacimiento del ala más derechista de postulados ampliamente superados ya por el marxismo-leninismo (como la cuestión nacional, el imperialismo o las alianzas tácticas entre organizaciones políticas) pero aderezadas, además, con altas dosis de nacionalismo folclórico español y peroratas intelectualoides al más puro estilo joseantoniano, incluyendo una vaga idea imperial iberoamericana.

Conscientemente o no, su labor intoxicadora difundiendo un ideario reaccionario y conservador revestido de marxismo revolucionario no es más que la adaptación contemporánea del obrerismo falangista, de nuevo al servicio de la conciliación ideológica entre oprimidos y opresores hasta el punto de anunciar, sin ningún empacho, su posicionamiento del lado de Vox respecto ciertas cuestiones como la estructura territorial del estado.

Vox y otras voces de la derecha ultra ya han tanteado el terreno del golpismo militar con la excusa de impedir un gobierno reformista y socialdemócrata, encabezado por el PSOE de la OTAN y la reconversión industrial, mientras los nuevos “tontos útiles” de esa “izquierda hispánica buenista” no dudan en respaldar (aunque sea parcialmente) su discurso nacionalista creyendo defender su propia “revolución pendiente” tal y como hacían sus predecesores falangistas.

Ante el renacer del nacionalsindicalismo revestido de folclorismo comunista, ni una concesión a sus venenosos postulados, ni una conciliación de sus tóxicas posturas. Nuestros héroes y heroínas caídos en la lucha contra el fascismo en todas sus formas nunca nos lo perdonarían.