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por Agustín Bagauda

Decíamos al final de la primera entrega que “Queda profundizar en algunos aspectos y analizar otros”. No lo pudimos hacer en la segunda porque creímos conveniente centrarnos en el comentario del planteamiento de la convocatoria de la “Huelga Mundial Climática” del pasado septiembre.

Aunque sea someramente, hemos desgranado el planteamiento, actualmente hegemónico, que sobre la cuestión ecológica tiene la pequeña burguesía. Hay dos propuestas que suenan mucho (más la segunda, por extendida), van de la mano y también comprenden el mismo. Una es la del “decrecimiento”. Otra la del “consumo responsable”. Parémonos en ellas.

Según el “Primer diccionario altermundista”, el “Decrecimiento” “En sentido estricto,…, significa la reducción de la producción que sería necesaria para hacer frente a la crisis ecológica”. Básicamente el “decrecentismo” postula que dado que el crecimiento económico (expresado en PIB) supone un expolio de los recursos naturales y agresión a la biosfera, un crecimiento económico negativo evitaría el deterioro del medio natural y las consecuencias derivadas del mismo, y, por ende, aboga por el decrecimiento.

Esta defensa la hace abstrayéndose de la realidad, del sistema capitalista-imperialista en el que vivimos, con lo que caen en el más absoluto idealismo. Veamos. Dos características, en conexión íntima, de ese sistema son la obtención de la máxima ganancia por parte de los capitalistas y la competencia entre ellos. La primera les lleva a una espiral creciente de producción, beneficios, inversión y acumulación de capital y, derivado de ello, de crecimiento económico; la segunda espolea la primera, puesto que expulsará del sistema a todo capitalista que se quede rezagado, que sea incapaz de seguir dicho ritmo (“crece o muere”, podría rezar como epitafio en la sepultura del capitalista). Así las cosas, es de todo punto absurdo proponer el “decrecimiento” en la sociedad capitalista, puesto que su tendencia natural es al crecimiento continuo.

No obstante, sabemos que hay situaciones, momentos, en que esta espiral se suspende. Hablamos de las crisis de superproducción del capitalismo que se traducen en crisis financieras, sociales y políticas. Tenemos cerca la del 2008 (de la que aún no hemos salido cuando ya se avecina una nueva), donde el crecimiento económico fue negativo (o muy negativo, según países). Y como en el capitalismo hay clases sociales y un estado al servicio de la burguesía, mientras aumentaba el número de millonarios, la clase obrera y resto de clases populares, la mayoría de la población, sufríamos en carne propia las catastróficas consecuencias sociales en forma de paro, trabajo precario, disminución de salarios y salarios y pensiones de hambre, desahucios, pobreza y desigualdad, etc. ¡Ahí tienen los “decrecentistas” su decrecimiento! ¿Es esto lo que quieren? ¿Esta es su propuesta?

Sabemos que ligadas a las crisis económicas surgen las guerras, como medio del capital de destrucción de las fuerzas productivas para salir de aquéllas. Y las guerras, al provocar esa destrucción, hacen que la producción económica caiga en picado. También aquí tienen los “decrecentistas” su querido decrecimiento. ¿Aplauden ustedes, pues, las crisis y defienden las guerras?, porque en el capitalismo, fundamentalmente, solo con ellas se produce un PIB negativo (la caída de la producción puede deberse a otras razones, pero de menor calibre, como el desmantelamiento de tejido industrial obedeciendo a políticas económicas nefastas, etc., pero al final los resultados son los mismos aunque de menor calado). ¿Se dan cuenta de su insensatez; de las consecuencias que puede conllevar su propuesta? ¿O es que anteponen la naturaleza a los seres humanos? El diccionario referido afirma que “Dentro de la corriente del decrecimiento, algunos piensan que el pleno empleo es un objetivo que debe abandonarse porque sería consustancial a una sociedad dominada por el productivismo”. Si comentarios. A esto lleva el idealismo pequeñoburgués.

Ligado al anterior tenemos el “consumo responsable”, palabreja o término, a priori, aséptico, neutro, pero que sale de la fábrica de la burguesía y tiene, en consonancia, una carga ideológica. Se ha hecho omnipresente (y, hasta, omnisapiente). Con él nos han bombardeado los medios y a nuestros niños y jóvenes en escuelas, institutos y universidades. Inunda artículos y libros y lo abandera la izquierda “progre”, ecologista y académica. Ahondemos un poco en él.

La del “consumo responsable” es una propuesta rudimentaria. Parte de la simplista afirmación de que vivimos en una “sociedad consumista, de usar y tirar” y, cual mentecato, aboga por la reducción del consumo de la población, por la (cristiana) austeridad y las famosas “r” (reciclar, reutilizar,…), para que tenga su correlato en una menor agresión medioambiental.

Es una propuesta que, también, obvia el sistema económico, lo que les lleva a hablar de consumo, no de producción, y esto les permite culpabilizar y responsabilizar al individuo. Pero es que en el capitalismo solo se produce aquello que se puede consumir, vender, ser fuente de ganancia, si no, no se produce, porque el consumo de la mercancía es necesario para cerrar el circuito del capital (D-M-D’) y, por ende, estimulado de mil maneras por los capitalistas. Estos son los que toman todas las decisiones sobre la producción (y, por tanto, sobre la explotación de la naturaleza), con el objetivo de la máxima ganancia, y no sus trabajadores, no el ciudadano de a pie, porque ellos son los propietarios del capital (fábricas, talleres, oficinas, máquinas, transporte,…); son ellos, por ejemplo, quien establecen la obsolescencia programada de muchas mercancías, para aumentar las ventas.

Y es una propuesta que hace, consecuentemente, caso omiso de las clases sociales y su inherente lucha, cuando resulta que en el capitalismo las clases trabajadoras, e incluso la pequeña burguesía, viven en un “subconsumo” estructural, continuo. Si pensamos en los años anteriores a la crisis de 2008 nos daremos cuenta del gran endeudamiento de la población, sobre todo para “consumir”, comprar, una vivienda, porque su salario o negocio no les daba para adquirir una. Con la crisis la situación de “subconsumo” se ha agudizado por el paro, el trabajo precario, la reducción de pensiones y salarios, el aumento del coste de la vida y las grandes bolsas de pobreza y miseria.

Cuando, en nuestro país (“Primer Mundo”), el 15 % de los trabajadores tienen sueldos que les hunden en la pobreza, son desahuciados por miles de su vivienda porque no pueden pagarlas; cuando miles de niños están mal alimentados, porque a sus padres y abuelos solo les da para comprar comida basura, y no pocos pasan hambre; cuando muchos españoles tienen que ir a pedir comida a caritativas ONGs y otros tienen que buscarla en contenedores de basura; cuando muchos conciudadanos sufren la pobreza energética…; cuando esto es una realidad lacerante, plantear el “consumo responsable” es un ejercicio de cinismo mayúsculo cuando no una mezquina inmoralidad.

Terminamos. Sabemos que el salario que el empresario paga al trabajador es para la reproducción de la fuerza de trabajo. Si resulta que se lleva a efecto el “consumo responsable”, es decir, el trabajador limita su consumo y sobrevive con menos medios de vida, descendería el salario para satisfacerlos: “si nos adaptamos a un nivel de subsistencia menor para consumir menos, el valor de la fuerza de trabajo desciende, su reproducción diaria necesita un salario menor. Esta austeridad autovoluntaria aumentará la tasa de explotación y contribuirá a aumentar los beneficios del empresario” (J. I. Fernández, “La miseria del decrecimiento”, p. 101) y la pobreza del trabajador. A esto lleva la propuesta del “consumo responsable”. He aquí la irresponsabilidad de quienes situándose por encima del bien y del mal hacen propuestas idealistas, ajenas a la realidad económica, social y política.