Por S. Baranga

Nuevamente la “civilizada” Europa vuelve a verse golpeada en pleno corazón político por el oscurantismo más salvaje. De nuevo asistimos a las lágrimas de cocodrilo y las cínicas muestras de “solidaridad” de los líderes europeos, que no son sino los padres de la monstruosa criatura ante la que agitan amenazadoramente el puño. Una criatura amamantada por el imperialismo en el mundo arabomusulmán y acunada por el paro y la marginación en el Viejo Continente, como señalamos en nuestro comunicado sobre los atentados de Bruselas.


A finales del siglo XX, el posmodernismo anunció el fin de las grandes categorías creadas desde la Ilustración, consagrando la disolución de los vínculos colectivos y el relativismo propios de una época de confusión e incertidumbre. Obviamente, no siempre se trató de diagnosticar la situación social propia de una «modernidad líquida», como se le ha llamado, sino que en el punto de mira de muchos de los autores que teorizaron sobre estos problemas se encontraba el marxismo, que por aquel entonces fue objeto de una ofensiva general, aprovechando la caída de los Estados revisionistas, de la que las tesis de Francis Fukuyama fueron uno de los exponentes más jaleados. Desde las clases sociales hasta la revolución, fueron cuestionadas precisamente aquellas «viejas» categorías útiles para comprender los fundamentos de la injusticia, y para combatirla.

También la “nueva izquierda” pondría su granito de arena en esta labor de zapa ideológica. Así, corrientes como la Subalternidad o los estudios postcoloniales, desde la justa reivindicación de la voz de los pueblos sometidos por el imperialismo europeo, contribuyeron a relativizar algunos logros incuestionables de la modernidad, lo que incluyó cuestionar el supuesto eurocentrismo de Marx y Engels. A nivel práctico, estas ideas se concretarían en la paternalista idea de «tolerancia» y la aceptación de la diferencia por el mero hecho de serlo.

La combinación de estas ideas ayuda a explicar la implantación del modelo multiculturalista para la articulación de sociedades que son cada vez más plurales. El Reino Unido ha resultado ser el ejemplo más acabado de ello, como consecuencia de su historia imperial (por mala conciencia, o más probablemente, como herencia de la propia estructura imperial, modelo que facilita la inclusión de diferentes estructuras en su seno). Pero motivos menos confesables dieron una vuelta de tuerca a esta concepción, convirtiéndola en caricatura: así, hasta los atentados de 2005 rigió la política de Londonistán, consistente en dar asilo político a los ideólogos islamistas radicales (restando importancia a su discurso) a cambio de mantener el Reino Unido a salvo de las acciones yihadistas.

Estas concepciones se basan en una consideración esencialista y homegeneizadora de los colectivos sociales, que es refutada por la dinámica social: en el propio Reino Unido se ha comprobado que los grupos étnicos crean nuevos referentes culturales a partir de las relaciones establecidas con otros colectivos. Sin embargo, se trata de una construcción muy útil cuando se trata de conservar el orden existente en el conjunto de la sociedad y en el seno de cada uno de los grupos. De ahí que tal situación resultara ventajosa tanto para la elite capitalista británica (para disciplinar la mano de obra inmigrante) como para el laborismo (en términos de voto); mientras, “en el otro lado”, las desigualdades tradicionales se han visto igualmente reforzadas, como muestra la perpetuación de la sangrante discriminación de la casta de los “intocables” incluso después de haber salido de la India.

Por otra parte, los recientes atentados en París demuestran que tampoco el modelo de “laicismo radical” ha sido capaz de contrarrestar la expansión del integrismo y el yihadismo, en una sociedad fragmentada en comunidades basadas en la identidad religiosa. Sin embargo, una vez demostrado esta incapacidad, la respuesta frente a ellos ha sido la reafirmación de unos mixtificados «valores republicanos». Unos valores reivindicados no sólo por el aguerrido Hollande, sino también por Sarkozy, Le Pen y sus secuaces, porque se basan igualmente en posiciones esencialistas, del tipo de las que dominan el “debate” político en nuestro país: aquellas que reivindican unos valores y tradiciones, por descontado superiores, que supuestamente comparte toda la sociedad, y que se traducen en la exigencia de asimilación y sumisión para la totalidad de los colectivos que la componen, ya sean magrebíes, gitanos, catalanes o vascos. Se trata, por lo general, de ideas que responden al más rancio nacionalismo y tradicionalismo y que, como mucho, llegan a remitir a una abstracta libertad y a una igualdad que se limita al cumplimiento de deberes para con el Estado; un Estado que, ya se trate de la V República o de la monarquía española, encarna los intereses seculares de una elite explotadora.

Desde hace años, y en particular a partir de los disturbios de 2005 en la periferia de París, es evidente que el paro, la miseria y la marginación son el caldo de cultivo de la rabia que hoy se concreta en la adhesión al yihadismo en las grandes ciudades europeas. Es sabido que las agresiones, imaginarias o reales, producen el atrincheramiento cultural, como mecanismo defensivo, en tradiciones que proporcionen seguridad; por ello, es en esos barrios donde el “fracaso escolar”, el paro y la droga acaban abocando a muchos jóvenes a la influencia de imanes y propaganda por internet.

Esto nos lleva a centrar nuestra atención en el problema de la justicia social y la democracia. Para el caso del modelo multiculturalista, es evidente que no puede asumirse cualquier tipo de valor o tradición por el mero hecho de ser “diferentes”, como postula cierta izquierda alienada, y que unos u otros valores sólo pueden ser validados en la medida que hagan posible la justicia social y la democracia (no meramente formal). Del mismo modo, son estos principios los que deben oponerse tanto a la extensión del oscurantismo –sea de la religión que sea–, como a las respuestas de carácter conservador o abiertamente fascistas que hoy propugnan los jerifaltes europeos. Más aún, son precisamente sus contrarios, la explotación y el sometimiento, lo que se encuentra en la base del yihadismo en Europa, como queda dicho. Y eso nos lleva a la necesidad de seguir reivindicando, frente a las mixtificaciones del populismo de todo pelaje, la validez de las categorías del materialismo histórico, tales como la de clase social y, en consecuencia, la lucha de clases.

El auténtico problema, más allá de los superficiales debates sobre velos, multiculturalismo y similares, es que ni el capitalismo ni los regímenes políticos que lo sustentan pueden dar la respuesta adecuada a los cambios producidos en las sociedades europeas, en tanto en cuanto los derechos políticos y sociales reconocidos formalmente por el liberalismo encuentran necesariamente su límite en la necesidad de explotación y control que caracterizan a las sociedades capitalistas.

Así pues, lo que los atentados yihadistas en Europa ponen de relieve no es la amenaza que supondría la presencia de colectivos más o menos amplios de musulmanes en sus ciudades: es la hipocresía de un sistema que, mientras promete libertad y prosperidad, no hace más que generar marginación y miseria, y que no ofrece más respuesta que el fascismo frente a las monstruosas criaturas que engendra.