Por Marcial Tardón | Octubre nº 91

A fecha de hoy podemos afirmar que la ideología política de izquierdas, en su concepción clásica, se encuentra desdibujada por la acción inducida de las tesis ciudadanistas, que con un neolenguaje al estilo del libro “1984”, de George Orwell, tratan de usar los viejos significados para no decir nada, o si dicen algo es con un sentido engañoso a fin de mentir a la gente y con clara intención de adormecer sus conciencias.

A pesar de los intentos a la desesperada desde el espacio político que se reclama de izquierdas por revertir la situación de atonía y atomización del movimiento con propuestas peregrinas que giran principalmente sobre la base de los principios marxistas (de Groucho Marx: “estos son mis principios y si no les gusta tengo otros”), lo que se está consiguiendo es un descrédito de ciertas organizaciones políticas. De tanto quitar capas al final ya no hay donde rascar. Han sido organizaciones ciudadanistas y sus innumerables secuelas las que están cavando una fosa de la cual va a resultar difícil salir, con la simple inercia de las buenas palabras y de las buenas intenciones.

Los nuevos “líderes” de esta “novedosa” forma de entender la política lo juegan todo a la ilusión telemática y propagandística, como si estuviéramos vendiendo un paquete de galletas, cuando lo que queremos es hacer llegar un mensaje político, algo que necesita de un trabajo continuo, paciente y pedagógico, que al parecer pocos están dispuesto a llevar a cabo en la sociedad del usar y tirar. Los nuevos valores éticos y políticos proclaman que no tienen que ser perennes, sino que pueden ser modificados a medida que el mercado (pues así consideran al pueblo) cambie de opinión, para adaptarse a sus gustos. Unos gustos que mucho tienen que ver con la asombrosa dejadez de funciones durante lustros por parte de las organizaciones de clase (partidos políticos de izquierdas y sindicatos de clase) que tenían que haber servido de nexo de unión entre unos y otros.

A pesar de estar de acuerdo la izquierda en el diagnóstico de la situación en el plano económico, la mayoría de sus partidos no aciertan con el tratamiento final de la enfermedad y cómo solucionar los problemas del aquejado. En lugar de ir a la raíz del mal, se dedican a dar vueltas en círculo sin querer ver que sin una verdadera ruptura democrática con el actual régimen caciquil nada será posible; a lo sumo se podrán poner algunos parches, que atenuarán algunos problemas y de forma temporal, pero a la larga, nuevamente la enfermedad se volverá a reactivar con mayor virulencia. Por ello, mientras no apliquemos la terapia adecuada, todo lo demás serán paños calientes, cuyos máximos beneficiarios serán los mismos que han producido esta gangrena.

Esos partidos y formaciones abogan por fórmulas de fácil digestión para el hombre de a pie que ha sido despolitizado, fragmentado, con la intención de hacerlo presa fácil del capital y de aquellos que trabajan a destajo para conseguir que el sistema actual se transmute, pero no desaparezca: estos no son otros que los grandes medios de información, grandes productoras televisivas, “intelectuales” y demás esbirros que trabajan sin descanso para que nada se desvanezca y además expandir la ilusión de una lucha encarnizada entre el bien y el mal.

Para ello necesitan de la colaboración imprescindible de los actores que interpretan los papeles, adecuados a su participación en el rodaje de la película. Para tal fin siempre hay individuos dispuestos a saltar por encima de todos con tal de ganar un papel protagonista en la serie de mayor éxito del momento, la “Transición 2.0”, para la cual los poderes fácticos de siempre, es decir la banca, el capital, la corona, con la ayuda inestimable del púlpito, organizan, sin que tenga tal apariencia, un casting para conseguir que los nuevos invitados a la fiesta de la democracia den la talla, es decir sepan interpretar los papeles adecuados: el villano, el joven hecho a sí mismo, el hombre del cambio, y, por supuesto, el inefable malo malísimo del cual ya nadie se fía. Además, estos nuevos actores “políticos” cuentan con la ayuda inestimable de los sumisos medios de comunicación.

La tarea hay que terminarla mediante la obra cumbre de la representación: la toma del templo del pueblo, el Parlamento, por los nuevos personajes, los nuevos modelos que llenarán horas de gloria a los contertulios de los mil y un programas de “política”.

Ya no importa el discurso, el mensaje que cada uno dirija al pueblo soberano. Lo trascendental de esta mascarada es no hablar de programa político de ninguna clase: se pretende que el cambio vendrá dado por los nuevos vestuarios que lucen los nuevos figurantes políticos, de los peinados de los primeros actores de la compañía. Esa es la imagen que se pretende trasmitir desde la llamada prensa formal y desde las propias cloacas del Estado monárquico, lo que coadyuva a introducirnos en senderos peligrosos y nada deseables.

Ese es el panorama al cual nos enfrentamos, es el drama de España, una vez más a lo largo de su historia, es la ruin mentira que quieren vendernos como lo moderno, mientras la corrupción y su séquito recorren el camino de la carrera de San Jerónimo al palacio donde reside el joven rey que, cual paladín, vela por el bienestar de su sufrido pueblo.

Tenemos un negro sainete ante nosotros, digno de Valle Inclán o de los mejores artículos del genial Mariano José de Larra: es la España negra, del capirote, de los cesantes, de los mendigos y de los vividores que parece que no se ha ido, sino que ha vuelto con más fuerza. Deben ser los partidos políticos de izquierdas y los sindicatos de clase los primeros interesados en cambiar este guion, deben darse prisa, pues no se puede permitir un nuevo final que conduzca a resultados donde los ganadores vuelvan a ser las clases dominantes y sus adláteres.