Por Carlos Hermida | Octubre nº 90

En 1918, tras cuatro años de guerra mundial, la situación de Alemania era desesperada. Sometida al bloqueo marítimo por parte de la flota de guerra británica, las privaciones y los sufrimientos del pueblo alemán habían alcanzado una situación límite.  El levantamiento de los marineros de Kiel el 3 de noviembre de 1918 fue el detonante de un amplio movimiento revolucionario.

Los obreros y los soldados formaron Consejos, similares a los soviets de la revolución rusa, el 9 de noviembre el emperador dimitió y se proclamó la república. Sin embargo, lo que podía haber desembocado en una revolución socialista, quedó en una república burguesa en la que el aparato del Estado imperial se mantuvo prácticamente intacto.

El Partido Socialdemócrata Alemán (SPD), en connivencia con el Estado Mayor del Ejército, fue determinante en la dirección que tomaron los acontecimientos revolucionarios. El socialdemócrata Noske, ministro del Interior, ordenó la sangrienta represión del levantamiento espartaquista que tuvo lugar en Berlín entre los día 5 y 15 de enero de 1919. Con el apoyo de los Freikorps, grupos paramilitares formados por soldados y oficiales desmovilizados tras el armisticio de noviembre de 1918, los dirigentes socialdemócratas aplastaron el movimiento revolucionario, en el que fueron salvajemente asesinados los dirigentes comunistas Rosa Luxemburgo y Karl Liebneckt. La socialdemocracia alemana, convertida en defensora del gran capital, sofocó la revolución socialista que se abría paso en Alemania y ayudó a estabilizar un régimen republicano en el que la burguesía siguió detentando los resortes fundamentales del poder.

Entre 1919 y 1923, la república de Weimar, denominada así por la ciudad donde se redactó la Constitución, atravesó por una grave crisis política, social y económica. La firma del Tratado de Versalles (1919) provocó un sentimiento de frustración en una gran parte del pueblo alemán, a quien se había transmitido durante la guerra la idea de una victoria segura y ocultado la grave situación militar y las derrotas de 1918. En 1921, la Comisión de Reparaciones aliada fijó las indemnizaciones de guerra en la fabulosa cifra de 132.000 millones de marcos-oro, pagaderos en 42 anualidades. Para hacer frente a las acuciantes necesidades financieras, el gobierno alemán comenzó a emitir inmensas cantidades de papel moneda, lo que provocó una gigantesca inflación y la absoluta desvalorización de la moneda. En 1923, el dólar alcanzó un cambio de 4,2 billones de marcos.

La hiperinflación arruinó a los pequeños rentistas, funcionarios, pensionistas y a todos los que tenían ingresos fijos, desarticulando la economía alemana. El descontento social provocó levantamientos comunistas en Berlín Sajonia y zonas de Alemania central. Por otra parte, la República tuvo que hacer frente a las conspiraciones de la extrema derecha, cuyo objetivo era destruir el régimen republicano. En 1920 se produjo un intento de golpe de estado protagonizado por sectores del ejército con el apoyo de empresarios de la industria pesada (“putsch de Kapp”), que fracasó gracias a la huelga general desencadenada por el movimiento obrero.

En esta situación de crisis general proliferaron los grupos de extrema derecha. En 1919 se fundó el Partido Obrero Alemán (DAP), al que en ese mismo año se unió Adolf Hitler (1889-1945), un excombatiente desarraigado, resentido por la derrota de Alemania y sin ningún futuro profesional, como ocurría con millones de alemanes. Hitler se hizo pronto con el control de ese grupúsculo, que en 1920 pasó a denominarse Partido Obrero Alemán Nacional-Socialista (NSDAP). A pesar de su insignificante afiliación --3.000 miembros en 1920 y 6.000 en 1922--, Hitler intentó un golpe de estado en la ciudad de Munich el 8 de noviembre de 1923. El fracaso de la intentona se saldó con la detención de Hitler y una ridícula condena de cinco años de cárcel, de los que ni siquiera llegó a cumplir un año. Una sentencia tan benigna para un delito tan grave demostraba la hostilidad de la judicatura hacia la República y su apoyo y connivencia con los grupos antirrepublicanos. En su cómoda estancia en una prisión militar, Hitler escribió Mein Kampf (“Mi Lucha"), el libro en el que se resumen la doctrina y los objetivos del nazismo.

Este libro, junto con el Programa del Partido redactado en 1920 (“los 25 puntos”) condensan la esencia ideológica del nacionalsocialismo, que comparte con el resto de los movimientos fascistas unos rasgos comunes. El nazismo se presenta como un partido visceralmente antiparlamentario y anticomunista, a la vez que de forma demagógica presenta rasgos anticapitalistas, cuyo único objetivo era atraerse a sectores de las clases populares desesperados por la crisis económica. Preconizaba también una nueva forma de estado dictatorial, fundamentado en la unidad de mando, la intervención estatal en la economía sobre la base de la propiedad privada de los medios de producción y la expansión territorial, lo que Hitler denominaba la conquista del “espacio vital”, que supondría la destrucción y el sometimiento de la URSS.
Los nazis defendían el empleo de la violencia contra sus enemigos políticos, sostenían una visión orgánica de la sociedad y exaltaban la juventud frente a otras etapas de la vida.

El odio a los judíos fue uno de los elementos vertebrales de su discurso ideológico. El antisemitismo no era una novedad en Alemania ni en Europa. Su existencia se remontaba a los orígenes del cristianismo y las persecuciones contra los judíos estuvieron siempre alentadas por la Iglesia Católica. Lo novedoso en el nacionalsocialismo era la concepción biológico-racial del antisemitismo frente a la tradicional fundamentación religiosa; es decir, el judío constituía una raza y un cambio de religión no modificaba el rasgo racial y genético. El judío seguía siéndolo aunque abandonara su credo religioso y se convirtiera al catolicismo.

El antisemitismo nazi se encuadraba en una cosmovisión racial de la Humanidad. Para Hitler, existía una raza superior, la raza aria, representada básicamente por el pueblo alemán, y a partir de esa cúspide se descendía en esa escala racial hasta llegar a los eslavos y los judíos. Los infrahombres eslavos, según la terminología nazi, deberían ser esclavizados y el destino de los judíos era el exterminio. Considerados como una plaga que aspiraba a dominar el mundo y destruir a la raza superior mediante la contaminación sexual y la difusión del bolchevismo, la destrucción de la judería internacional se presentaba como una obra necesaria y redentora.

Cuando fue encarcelado por su intentona golpista, Hitler era un desconocido para la inmensa mayoría de los alemanes y su partido era un minúsculo grupo integrado en su mayoría por excombatientes amargados que ejercían una violencia brutal contra los militantes de las organizaciones obreras. Nadie en Alemania podía pensar en aquellos primeros años de posguerra que los nazis llegaran a tener un papel medianamente relevante en la política alemana. Si alguien hubiera afirmado que Hitler llegaría a ser canciller de Alemania, le hubieran tomado por un lunático.