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Por J. Romero | Octubre nº 87

Aunque probablemente se desinfle del todo con la misma rapidez con la que surgió, lo cierto es que ha sorprendido, y mucho, la velocidad con que la pequeña burguesía ha conseguido inocular el “populismo ciudadano”, hasta dominar el campo popular. Entre las características más peligrosas de esta corriente, como ya hemos señalado muchas otras veces, están su tendencia a la dispersión de los objetivos, junto a su reformismo.

La cuestión es que si han podido condicionar la agenda del movimiento popular, apagar las movilizaciones y llevar la acción política al terreno del electoralismo más pacato, ha sido debido en gran parte a la debilidad del campo comunista que, dominado desde hace años por todo tipo de corrientes ajenas al movimiento obrero, se ha impregnado de su ideología.

A este proceso de abandono de los objetivos revolucionarios y dispersión ideológica no ha sido ajena  la división que  dentro del movimiento comunista provocó el revisionismo moderno. La degeneración jruchovista abonó el terreno de los Tito, Gomulka, Ceausescu, Carrillo etc. Abrió la época de las “vías nacionales al socialismo”, cuando la mayoría de los grandes partidos comunistas que habían dirigido la lucha del proletariado por su emancipación y el combate contra el nazi fascismo tras la traición socialdemócrata, abandonaron la senda de la revolución, renunciando a la dirección del movimiento popular en aras de la “confluencia” con la burguesía.

En un largo proceso que se ha acelerado los últimos años, conforme la política de la oligarquía le enajenaba el apoyo de la pequeña y media burguesía que empezó a buscar alternativas políticas propias para defender sus intereses de clase en parte coincidentes con los del proletariado, la pequeña burguesía reforzó su influencia, hasta lograr la hegemonía en algunas de las organizaciones del campo de los comunistas. Como su dios en materia económica, el economista J.M.Keynes, la pequeña burguesía trata de pulir las aristas del sistema capitalista, no de acabar con él.

No son de ahora muchas de las posiciones que hemos visto ganar protagonismo con el surgimiento de PODEMOS. Sirvan unos pocos ejemplos: A principios de 2.011, en una entrevista publicada por el diario “Público” (en la actualidad uno de los baluartes de la propaganda  ciudadanista) varios de los dirigentes “críticos” de IU daban sus recetas para superar el marasmo de la izquierda. Inés Sabanes (actual concejala del Ayuntamiento de Madrid), proponía: «se trata de construir “redes” alrededor de distintas causas que no exijan un compromiso con una cosmovisión cerrada y global [...] Hoy tejer es más importante que los grandes discursos». Por su parte, Jaime Pastor, dirigente de  Izquierda Anticapitalista, la disuelta corriente trotskista, que hoy lucha por mantener sus posiciones en PODEMOS, recomendaba, en la misma entrevista: «Tejer espacios de encuentro mestizo de todas las resistencias al neoliberalismo...alianzas de geometría variable y muy horizontales que, empezando por lo local, vayan buscando propuestas comunes”. “Doce ideas para intentar remontar”, Diario Público, enero 2011.

Un año después, J. Anguita insistía en idénticos errores, expuestos incluso de manera más clara: «solouna mayoría ciudadana organizada en torno a soluciones concretas es capaz de crear una fuerza necesaria para colocarla en la balanza de poder en contraposición a otros poderes económicos y sociales ¿Cómo debe ser ese Frente Cívico? 1)concreto; 2)aplicable; 3) perfectamente factible y legal por inspirarse en el texto constitucional vigente J. Anguita, “Manifiesto para regenerar la democracia”, 2012 (tomado de diario Público).

Y como aportación al estado de confusión general, Enrique de Santiago (proveniente de las facciones más “ortodoxas” del revisionismo, muñidor de “confluencias” y hoy  candidato en la lista encabezada por Alberto Garzón), había propuesto un poco antes, esta interminable lista de movimientos “emancipadores y transformadores” convocados a la refundación de IU: “feministas, ecologistas, sindicalistas, defensores (y defensoras) de los derechos humanos, personas migrantes, activistas del LGTB, activistas del cristianismo de base, personas del movimiento republicano, jóvenes pertenecientes al movimiento estudiantil, personas del movimiento vecinal, activistas de la cultura y la comunicación, personas del movimiento cooperativista y por otra economía, activistas del mundo rural y trabajadores (y trabajadoras) del campo, activistas por la solidaridad internacional y todo tipo de activistas contra la exclusión social y defensores de los derechos de minorías, de personas con discapacidad, de internautas, etc.” “Guia participativa para la refundación de la izquierda”, 2010.

Como vemos, la dispersión de objetivos y la renuncia a la dirección de la clase trabajadora es la base de la política que viene proponiendo la izquierda institucional, desde hace mucho (demasiado) tiempo. Abandonaron los objetivos de clase y los sustituyeron por un confuso guirigay de objetivos parciales y de “sujetos transformadores”.

El argumento de los oportunistas era siempre el mismo: la gente (los ciudadanos) no participan en política y para conseguir que lo hagan y lograr la “hegemonía” social, es preciso renunciar a la ideología de clase, colocar «todos los vagones del convoy a la velocidad del último de ellos». Qué oportuno el consejo del camarada Lenin, para estos guías del desaliento: «Un partido es la vanguardia de una clase y su deber es guiar a las masas, no reflejar el estado mental promedio de las masas.» (V.I. Lenin, 1917).

Ahora empiezan a darse condiciones para avanzar en el camino de la coordinación entre los comunistas. La experiencia de estos años y la propia debilidad, favorecen el acercamiento entre los destacamentos de comunistas que, aún con distinta militancia, no hemos renunciado a los objetivos revolucionarios. Y esta es una tarea que debemos abordar de manera urgente, por cuanto, si  no asumimos de nuevo la dirección del movimiento popular y combatimos de una forma resuelta el oportunismo pequeño burgués que lo mantiene  enclaustrado en los estrechos márgenes del formalismo electoral, no cabe esperar otro resultado que la frustración de las más amplias masas.

¿Qué cabe plantearse para trabajar por este objetivo?

Debemos, en primer lugar, hacer un esfuerzo por debatir los aspectos esenciales que marcan hoy la polica de los comunistas; un debate a cara descubierta, sin concesiones, sobre cuales son hoy los principios que deben marcar y definir la acción política de los comunistas, sin olvidar en ningún momento cuál es nuestro objetivo estratégico: la destrucción del capitalismo y la construcción de una sociedad socialista.

La situación nacional e internacional nos exige abordar cuestiones como el papel de las instituciones burguesas y del electoralismo; el concepto de Unidad Popular que defendemos los comunistas y su plasmación orgánica; el trabajo en los sindicatos y hacia la unidad en las luchas concretas de nuestra clase; la actual configuración del campo comunista: el papel de Estados como China o Rusia que en su día encabezaron procesos de construcción del socialismo que han abandonado y hoy ocupan un lugar preeminente en la pelea interimperalista que amenaza la paz, etc. Como vemos, son muchos los puntos que marcan hoy la linea de división entre los comunistas y las corrientes pequeño burguesas que dominan en la actualidad el campo de la izquierda política.

Ahora bien, los comunistas peleamos contra las causas de los problemas, como señalara siempre Marx, pero lo hacemos teniendo en cuenta el estado de la lucha, el grado de comprensión del proletariado. Por ese motivo, no basta con debatir, es preciso tender hacia la unidad de acción. La orientación futura de los movimientos de masas y de sus luchas dependerán en gran medida de la implicación de los comunistas, coordinados y con sus propias posiciones, en la pelea inmediata.

Sin trabajo, sin lucha, el conocimiento libresco del Comunismo, adquirido en folletos y obras Comunistas, no tiene absolutamente ningún valor, ya que no haría más que continuar el antiguo divorcio entre la teoría y la práctica.” V.I. Lenin Discurso al III Congreso de las Juventudes Comunistas

Pero que los comunistas seamos los primeros en defender la Unidad Popular con otras clases interesadas en terminar con el régimen de la oligarquía, no implica, sino todo lo contrario, que renunciemos a nuestro objetivo estratégico: superar el capitalismo imperialista y avanzar hacia la construcción del socialismo. Simplemente facilita ese objetivo y ayuda a marcar una linea de separación clara entre el oportunismo reformista de la pequeña burguesía en todas sus variantes y la posición consecuente de los  comunistas. Dicho de otra forma: no hay prioridades sociales que justifiquen la renuncia a objetivos políticos que son los que permitirán avanzar en su solución. Justo lo contrario de lo que pregonan las figuras señeras del oportunismo.

Desde el punto de vista táctico, de la política inmediata, tiene este debate una consecuencia clara. Los comunistas no peleamos únicamente por solucionar las urgencias sociales que provoca el capitalismo y su forma política concreta en España. No, peleamos por acabar con sus causas, porque este es el único modo de avanzar hacia la solución de aquellas.

Las desigualdades sociales, el paro, la creciente polarización social, no son frutos  de la casualidad, de la mala suerte o de coyunturas temporales. La tendencia del capitalismo es a cavar el foso que separa a las personas en razón a su origen, a su pertenencia a una u otra clase.

Y esa tendencia general del capitalismo no se aplica con la misma intensidad y de la misma forma en todos los sitios. En España, est_ condicionada por un desarrollo histórico determinado que ha traído como conclusión la existencia de un régimen político cuyas instituciones están hechas  a la medida de una ínfima minoría de grandes empresarios que dominan el Estado con formas particularmente antidemocráticas.

Cualquiera de las crisis que han sacudido periódicamente las economías capitalistas han tenido unas consecuencias mucho más graves en España. Sirva como ejemplo la crisis de los noventa, en las que el paro llegó a rozar el 25% de la población activa y cuya conclusión fue la imposición de una batería de reformas laborales, la aceptación sin condiciones de las reformas ultraliberales de la Europa Capitalista y la concentración en menos manos del poder económico.

La política de todos los gobiernos que se han sucedido en el periodo de restauración borbónica, ha seguido los pasos de la sumisión a una u otra potencia dominante (antes EEUU, ahora la Europa del Capital y de la Guerra); la completa subordinación del poder político a una minoría que concentra el poder económico; el establecimiento de unos cauces de participación que niegan en la práctica la posibilidad de control democrático de las instituciones; el reforzamiento de un poderoso aparato de control ideológico, encabezado por la Iglesia Católica y unos medios de manipulación de masas que marcan opinión y el recurso al refuerzo de la represión por la vía legal o policial. Nada ha cambiado sustancialmente en el fondo entre la estructura del franquismo en su última etapa y la monarquía que lo sucedió.

Las contradicciones se han ido acumulando a lo largo de los años, hasta que, por falta de referencias políticas han terminado por explotar (y a conseguir su control ha dedicado muchos esfuerzos y medios el bloque de poder) por la vía mas dañina: el populismo ciudadanista que ha convertido precisamente las formalidades vacuas,  la indefinición ideológica y el electoralismo en sus señas de identidad.

Hay cosas nuevas, sin embargo, que pueden ayudar en la tarea de cribar el campo de los comunistas de lo superfluo: el descrédito del régimen continúa y la propia debilidad de la izquierda en general y de los comunistas en particular, puede (y debe) contribuir al acercamiento, dejando de lado lo superfluo, para centrarse en las cuestiones que definen la propuesta revolucionaria de los comunistas.

No va a ser un proceso lineal, ni fácil. Requerirá de debates abiertos, sin medias tintas, que permitan delimitar los campos frente al oportunismo; será necesaria generosidad para no cerrarse en cuestiones secundarias y para avanzar en nuestra coordinación para la lucha diaria. Habrá quien quiera sacar provecho particular de este proceso, y por ello deberemos estar vigilantes todos, para evitarlo.  Pero la prioridad de esta tarea es innegable y será la historia quien finalmente colocará a cada uno en su sitio.

Vienen tiempo muy difíciles y solo los comunistas, con nuestras armas ideológicas, que forjaron un muro contra el nazi fascismo: la disciplina, la organización, el compromiso militante y la dialéctica como instrumento de análisis de la realidad, pueden ser una garantía para que la clase trabajadora pueda enfrentarlos.