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Por J. Romero

Que se acelera la pelea sorda (silenciada más bien), pero evidente, entre las diversas potencias imperialistas, es algo que venimos denunciando desde hace meses. Lo que está en juego es el reparto de áreas de influencia entre ellas en tiempos de aguda crisis capitalista.

El traslado de la tensión internacional al área Asia-Pacífico es parte del movimiento geopolítico que acompaña esta pelea, junto al incremento de conflictos militares, golpes de Estado, etc. en los que, de una u otra forma, directamente o no, están involucradas las potencias. Incluso al borde de las fronteras de Europa.

La reciente firma de la Asociación Transpacífica, en la que participan 12 países -entre ellos EEUU y Japón-, que agrupan el 40% de la producción y el 30% del comercio mundiales, y cuyo declarado objetivo, junto al de eliminar las barreras arancelarias entre los firmantes, es el de frenar la expansión de China en la zona, representa el último ejemplo de que los imperialistas mueven sus peones de forma cada vez menos disimulada para avanzar o mantener sus posiciones en el tablero internacional.

Pero, como decimos, no se trata solo de una guerra comercial y económica; cada vez en mayor medida los intereses en juego se dirimen directamente en el campo de batalla. Yemen (donde una alianza proyanqui encabezada por Arabia Saudí interviene militarmente desde hace meses); Siria, donde EEUU por un lado, y Rusia por otro, combaten ambos, teóricamente, contra el “Estado Islámico”, pero acusándose el uno y la otra de utilizar el conflicto para mejorar sus posiciones estratégicas; Libia, donde de hecho existen dos gobiernos en una nación sin estado efectivo tras la agresión militar de la OTAN... La lista de casos en los que el enfrentamiento militar es abierto aumenta continuamente. El imperialismo hace la guerra y se prepara para ella, entre cánticos a la paz, la democracia y el desarrollo.

China, que hasta el momento venía jugando un papel “secundario”, exhibía a principios de septiembre su poderío militar en un gigantesco desfile de celebración del 70º aniversario de la II Guerra Mundial, donde mostraba más de 500 piezas de armamento de “última generación”, entre ellas el misil denominado “asesino de portaviones”. No en vano, el chino es el segundo presupuesto militar del mundo, con más de ciento cincuenta mil millones de euros de gasto al año, aunque muy lejos de los casi 700.000 millones de su rival yanqui.

Es en este contexto en el que se inscriben las maniobras ruso-chinas del pasado mayo -las primeras de la historia en el Mediterráneo oriental- y las maniobras que desarrolla la OTAN, desde el pasado 3 de octubre y hasta el 6 de noviembre próximo, una gran parte de ellas en territorio español. Estas maniobras, denominadas en la jerga del bloque imperialista Trident Juncture, son las más importantes desde la “guerra fría”, según reconocen fuentes de la propia “alianza”. En ellas participarán 30.000 militares de 30 países (con la colaboración, por cierto, de varias “ONG” que se mantienen en el anonimato), y se desarrollan en tres países: España, Portugal e Italia, con dieciséis escenarios diferentes.

La parte del león de la demostración bélica tendrá lugar en nuestro país, donde intervendrán hasta 20.000 efectivos del total de fuerzas implicadas, desplegadas en ocho escenarios, en Zaragoza, Navarra, Almeria, Albacete, Cádiz, Palma de Mallorca y Madrid.

A las puertas de unas elecciones generales, cuando tanto se habla de participación democrática, gestión abierta, etc., el apagón informativo sobre estas maniobras militares está en consonancia con su importancia. Pocos, muy pocos, saben qué cuestan, qué peligros pueden entrañar para los ciudadanos de las zonas donde se desarrollarán los ejercicios con fuego real, etc. Y quienes lo saben se cuidan muy mucho de decirlo.

Antes de avanzar, conviene recordar el nulo valor, en momentos de confusión como los actuales, de la palabra dada por los representantes políticos de la burguesía monopolista: en 1986, Felipe González[1] (“reciclado” ahora para la política española e internacional, por mor del nuevo clima creado tras la emergencia del populismo “ciudadanista”) adquirió, para evitar el rechazo al bloque agresivo en el referéndum de marzo de ese año, tres compromisos que han sido incumplidos por su gobierno y los sucesivos ejecutivos del régimen: «1º) La participación de España en la Alianza no incluirá su incorporación a la estructura militar integrada. 2º) Se mantendrá la prohibición de instalar, almacenar o introducir armamento nuclear en territorio español. 3º) Se procederá a la reducción progresiva de la presencia militar de los Estados Unidos en España.»

¿Por qué ahora? Las maniobras significan la entrada en acción de las denominadas Fuerzas de Respuesta Rápida de la OTAN (NFR), un contingente permanente formado por 5000 soldados capacitados para intervenir en cualquier parte del mundo en menos de 48 horas, que el bloque militar agresivo quiere mantener operativo en todo momento a partir de 2016. El espaldarazo para la constitución de esta fuerza, cuyo primer turno rotativo, de un año de duración, le corresponderá al ejército español, lo dio la “alianza” a raíz de la guerra en Ucrania.

Así describe la revista de la OTAN el porqué de la constitución de esta fuerza: «El incierto entorno de seguridad internacional actual ha atraído una renovada atención hacia el papel de las fuerzas de reacción rápida a la hora de proteger los intereses de seguridad esenciales de la OTAN […] y su misión prioritaria […] consiste en la respuesta ante crisis, que pueden producirse a distancia estratégica de Europa y Norteamérica».

Por si cabía alguna duda sobre el verdadero objeto de las maniobras, que no es otro que preparar futuras intervenciones militares en aquellas latitudes donde los intereses imperialistas estén en juego, las maniobras simularán un conflicto armado en África. Los nombres de los países en los que intervendrían las fuerzas de la OTAN son imaginarios, incluso grotescos: Kamon, Lakuta y Petraceros, como corresponde a las puestas en escena de los “juegos de guerra” imperiales; pero, como parece obvio, esos nombres pueden ser sustituidos por el de cualquier estado en el que se desarrolle un conflicto actual o futuro: Ucrania, Libia, Siria, etc.

¿Por qué en España, Portugal e Italia, países particularmente afectados por la crisis económica? Porque, por su posición geoestratégica y su propia debilidad política, estos tres países son el “portaviones”, el centro logístico ideal de las operaciones militares de la OTAN. Esa misma razón ha llevado a la ampliación de la base de Morón y a la instalación del denominado “escudo antimisiles” en nuestro país, decisiones todas ellas adoptadas, al igual que la firma de los renovados acuerdos militares hispanoyanquis, a espaldas de los ciudadanos. Ese es el papel asignado por la Europa del Capital y de la Guerra y su aliado yanqui a los “socios” del sur, tres de los cinco pigs (cerdos en inglés), que junto a Grecia e Irlanda constituyen el furgón de cola del “bienestar” europeo, donde las políticas de ajuste de la UE se aplican con criminal precisión.

¿Cual es el fin último de estas maniobras? Como decíamos al principio, el bloque comandado por EEUU, empeñado en demostrar capacidad para continuar imponiendo sus dictados allí donde lo crea conveniente, da un paso importante en su proceso de rearme, reclamado por Obama en un reciente viaje a Europa. El mensaje está claro: por encima de las contradicciones internas, que las hay y muchas (Alemania, por ejemplo, ha señalado en más de una ocasión su malestar por alguna de las actuaciones de su aliado yanqui en Ucrania o Siria) está el interés común del imperialismo, antagónico al de los pueblos.

Estos ejercicios militares son, pues, una señal para los rivales de que el bloque militar que agrupa a la vieja Europa del Capital y de la Guerra y el imperio yanqui está dispuesto a seguir imponiendo su ley a bombazos. Y es una prueba también de que la opinión y los intereses de los pueblos afectados por los alardes militaristas, entre ellos el español, cuentan menos que nada frente a los de la oligarquía dominante.

Las reacciones de las principales fuerzas políticas de la “nueva izquierda” han sido, si no cómplices, cuando menos extremadamente limitadas. Incluso el Ayuntamiento de Zaragoza (gobernado por “Zaragoza en Común”, una de las coaliciones “emergentes” de izquierda) ha puesto a disposición de los equipos encargados de preparar el despliegue de la OTAN varias instalaciones y solares municipales, según informaciones de los propios militares.

Por su parte, los líderes estatales de la izquierda de nuevo cuño continúan empeñados en sus otras “batallas”; tienen otras “urgencias”: deshojar la margarita de su “unidad popular invertebrada” en un aburrido e interminable juego entre oportunistas.

Queda para el anecdotario las afirmaciones de los portavoces de PODEMOS en su comunicado: «La política exterior de la UE es inexistente [...] Pese a los puntuales intentos de Alemania o Francia, (sic) la UE se aleja de las buenas relaciones con países estratégicos de nuestro entorno [...] en favor de una actitud agresiva dictada desde Estados Unidos y aceptada unánimemente por el resto de países OTAN como España [...] La política de la UE está supeditada a Estados Unidos […] la OTAN, al igual que el FMI o el Banco Mundial, son instituciones poco democráticas que siguen sin entender qué ha pasado en el mundo en los últimos 20 años» (los subrayados son nuestros).

Realmente, quien no parece entender lo que está pasando en el mundo es la pequeña burguesía. Y es que esta posición de PODEMOS resume perfectamente el problema de la falta de referencias y alternativas políticas: no se quiere ver que el proceso de rearme y militarización obedece a la lógica del imperialismo, que, enfrentado a una nueva recaída en la más profunda crisis económica de su historia, se apresta a encarnizar su lucha por los mercados y áreas de influencia.

La posición del populismo ciudadanista, lo mismo que la de Felipe González en su día, embellece el papel del imperialismo europeo y, dentro de él, el de sus dos polos dirigentes, Alemania y Francia, elevando a esenciales las contradicciones secundarias que hoy las separan del imperialismo yanqui.

¿Acaso instituciones como la OTAN, FMI o Banco Mundial son o han sido nunca democráticas? ¿Acaso el concepto de democracia formal de la burguesía imperialista es el mismo que el de democracia popular? ¿Acaso una política exterior “independiente “ de la UE sería una garantía para la paz entre los pueblos?

No, la UE nunca ha dudado en azuzar conflictos militares e intervenir en ellos en defensa de sus propios intereses de clase, que no son los mismos intereses que los de los trabajadores y los pueblos europeos: eso hizo en los Balcanes en los noventa, en Libia hace tres años, en Ucrania desde hace año y medio y en tantos otros lugares donde ha impuesto o derrocado gobiernos, apoyado golpes de estado o provocado enfrentamientos para asentar sus posiciones.

No, las potencias imperialistas, que están en guerra interna social y política con sus propios pueblos, se preparan para una época de más y más sangrientos conflictos militares, allí donde sus intereses choquen con los de otras potencias, sin que nadie pueda descartar, llegado el caso, un enfrentamiento abierto y generalizado entre ellas. Ya lo hicieron en dos ocasiones y el salvaje balance en términos de vidas humanas y destrucción física es sobradamente conocido.

Queda claro que, para acabar con sus juegos de guerra, solo cabe una opción: acabar con la clase objetivamente interesada en la guerra: la oligarquía imperialista.

La disyuntiva sigue siendo la misma: socialismo o barbarie.

¡NI OTAN, NI BASES MILITARES IMPERIALISTAS!


[1] Míster X era entonces también una figura “emergente”, cuyo escudero político, Alfonso Guerra, con el desparpajo y caradura que siempre le caracterizaron, afirmaba que, tras su paso por el Gobierno, a España no la iba a conocer «ni la madre que la parió».