Joan Comorera

Artículo publicado en Nuestra Bandera, año III, número extraordinario (julio de 1942).

Traducido del catalán por el PCE (m-l).

La unificación política en toda España

El partido político único de la clase obrera catalana se desarrollaría y estaría en condiciones de cumplir su misión histórica en el curso de la guerra y después, en la medida en qué fuera de verdad un partido nacional, dirigido fundamentalmente por los hijos de Cataluña; en que supiera ser el intérprete fiel de los sentimientos y de los intereses nacionales de Cataluña y vencer sobre la marcha lo pequeño y lo negativo del problema nacional, levantando bien alta, sin reservas, la bandera del internacionalismo proletario; en qué entendiera y hiciera entender que en Cataluña como en cualquier otro país la clase obrera es la columna vertebral de la nación.

Esto es lo que vio, comprendió y nos enseñó nuestro gran camarada José Díaz, y el Partido Comunista de España.

A esta conclusión llegamos con mayor certeza y profundidad si analizamos la teoría y la práctica de un fiel y valiente discípulo de Stalin. Solamente podemos acudir a él y al partido Comunista de España porque en la historia contemporánea han sabido definir nuestros problemas nacionales y desarrollar la solución justa.

La unión indisoluble del problema nacional y colonial con el problema de la Revolución Proletaria, principio básico de la teoría nacional de Lenin y Stalin ha de ser aceptada y comprendida por todo verdadero comunista. La comprensión de la teoría leninista-estalinista no ha de ser puramente intelectual y especulativa, sino dinámica. Un comunista debe querer comprenderla y aplicarla, esencialmente, en su propio país.

Conocemos individuos de muchas ideologías que saben analizar los problemas nacional y colonial, que defendieron la causa irlandesa, que estallan de indignación al recordar la India y sus luchas por la independencia, que encienden una vela a Gandhi y otra a De Valera, que hacen suya la Carta del Atlántico en lo que asegura a los pueblos el derecho a disponer libremente de sus destinos. Pero que se cierran por completo, si de esta especulación muy lejana de nuestras fronteras, les llamamos a nuestra realidad y queremos hacerles ver que en España hace falta aplicar la teoría. Por justificar tan descomunal incongruencia, unos se ponen frenéticos diciéndonos que de los Reyes Católicos hasta hoy, España es una e indivisible, que el problema catalán y vasco, y ahora el gallego, han sido promovidos artificiosamente por los viajantes de tejidos o los accionistas de los altos hornos bilbaínos y determinados poetas esnobistas de Galicia. Claro está que si el problema existía...

Otros, como mucho, admiten la existencia de minúsculas diferencias «regionales», folclóricas, coloreadas por «dialectos» en decadencia que en virtud de este nuevo esfuerzo intelectual no se oponen a cierto grado de autonomías administrativas bien entendidas, que ni de cerca ni de lejos amenacen la integridad de la Patria.

Otros, menos sinceros, simulan la aceptación del hecho nacional, no se oponen a una solución práctica, siempre, claro está, que no se llegue al absurdo de fabricar españoles de primera y de segunda clase, como pasa ahora, por ejemplo, con los Estatutos. La Constitución otorgó un derecho igual a las nacionalidades y regiones de España, para organizarse en régimen estatutario. Los hipócritas saben bien que el ejercicio de un derecho otorgado a todos, por una nacionalidad o por una región, no crea privilegio de ninguna clase. Pero por aquí van removiendo a fondo el lodo de los prejuicios por conducir de nuevo el carro hacia el camino de España una e indivisible.

Y no son pocos quienes, sintiéndose ultrarrevolucionarios, super internacionalistas, proclaman en voz bien alta que los problemas nacionales de Catalunya, Euzkadi y Galicia, de existir, son reaccionarios, armas fabricadas por la iglesia y la burguesía para asegurar a aquella la integridad de su dominio espiritual, por arrancar ésta a los asustados gobiernos centrales más y más altas contribuciones. Y todavía aseguran que estos «localismos» y «particularismos» estorban o imposibilitan la necesaria solidaridad de la clase obrera, ponen a ésta bajo la inspiración y las maniobras de la burguesía. Y que en aras de un internacionalismo bien entendido, los pueblos débiles deben renunciar a su propia razón de ser, y dejarse absorber por los pueblos más fuertes. Así los socialdemócratas alemanes decían a los checos: «renunciad a vuestra pobre personalidad que poco puede daros y aceptad la superior cultura alemana que os puede dar mucho». Hitler ha completado el argumento.

En la confusión de estas voces que detrás de la aparente discordia han expresado una identidad de propósitos y un mismo origen histórico, una voz se levantó siempre clara, enérgica, honrada, la voz de José Díaz y del PC de España.

Existen en España problemas nacionales no solucionados. Existen en España pueblos oprimidos que pugnan por recuperar su derecho. Y en España, como en todo el mundo, el problema nacional y colonial es profundamente popular, profundamente revolucionario. España es un Estado imperialista, decía José Díaz. El problema nacional no es secundario, sino principal, y su solución no es posible considerarla aparte de la solución de los problemas que plantea la revolución proletaria. Cataluña, Euzkadi y Galicia son tres nacionalidades con el derecho inalienable a resolver por si mismas sus destinos, a unirse en España, a separarse de España, si esta es su voluntad. Y nosotros, comunistas, aseguraba José Díaz, tenemos el deber de ayudar estas nacionalidades, de defender su derecho de autodeterminación, porque un pueblo que oprime otro pueblo no puede ser libre, y nosotros queremos, de verdad, una España libre.

Las afirmaciones de José Díaz no eran esporádicas, sino sistemáticas; no quedaron cerradas en los marcos del Partido Comunista de España, sino planteadas con la máxima energía y claridad fuera de él, en el campo general de la política española y cada vez que la situación política, antes y tras nuestra guerra nacional revolucionaria, exigía el planteamiento de problemas concretos y de soluciones concretas.

Veámoslo con los hechos.

La derrota de la Revolución de octubre consolidó momentáneamente en el poder al gobierno reaccionario, filofascista, de Lerroux-Gil Robles. La República, prostituida, estaba amenazada de muerte. La victoria del fascismo era evidente e inminente. Decenas de miles de revolucionarios, de republicanos, estaban en las prisiones. La brutal represión, que tuvo en Asturias carácter monstruoso, no flaqueaba y se extendía por toda la Península. La censura rigurosa, la entrega de los mandos militares a los generales fascistas, los parlamentarios en frenético desbordamiento reaccionario, la ilegalidad o semi legalidad de los partidos y organizaciones, sostén y sustancia de la República, la creciente audacia de los señoritos organizados en bandas de pistoleros y abonados por los degenerados y traidores que acaudillaban los grupos mercenarios del sector «obrero» de Falange, iban creando con rapidez las condiciones para el definido golpe fascista. En esta situación de extrema gravedad se escuchó la voz del Partido Comunista de España, la voz de José Díaz.

Habló José Díaz el 2 de junio de 1935, en el Cine Monumental de Madrid.

Habló diciendo a todo el pueblo que ante la gravísima situación política del país, la inminencia del peligro fascista, no había más que una solución: la unión de todo el pueblo, de todos los antifascistas, la concentración popular antifascista. En este mitin histórico nació el glorioso Frente Popular, que habría de conducir al pueblo a la victoria esplendorosa del 16 de febrero, que hizo posible nuestra heroica guerra de 32 meses contra el fascismo internacional y sus cómplices «no-intervencionistas». En este día José Díaz formuló el programa del futuro Frente Popular. Constaba de 4 puntos. Proponía: confiscación de la tierra de los grandes terratenientes, de la Iglesia y de los conventos; mejora general de las condiciones de vida y de trabajo de la clase obrera; amnistía total para los presos y perseguidos de carácter político-social. Y el segundo punto de los cuatro presentados por José Díaz como plataforma mínima del Frente Popular, decía textualmente lo que sigue:

«Liberación de todos los pueblos oprimidos por el imperialismo español. Que se conceda el derecho de regir libremente sus destinos a Cataluña, Euzkadi, Galicia y a cuántas nacionalidades estén oprimidas por el imperialismo de España». Y defiendo esta proposición que planteaba el principio básico del problema nacional, dijo José Díaz:

«¿Es que resolverá el Gobierno actual el problema de las nacionalidades oprimidas? Yo os digo que no. Y la prueba es este proceso que se sigue por el tribunal más reaccionario del país contra los consejeros de la Generalitat. Recaerá sobre ellos el peso de una sentencia monstruosa. Treinta años de prisión les piden, y no hay duda que serán condenados a esta pena. ¿Y sabéis por qué serán condenados? Porque este proceso no es sólo el de los hombres a quienes se juzga. Quien será condenado con esta sentencia es todo el pueblo de Cataluña, por su rebeldía, por su levantamiento contra la opresión del imperialismo español. Y contra esta monstruosa condena, contra el odio a la libertad de Cataluña, yo os digo lo de antes: ¿es que no estamos obligados a luchar en la Concentración Popular Antifascista por la liberación de estos hombres, a los cuales se condena como expresión del odio y la opresión imperialista? (Voces: ¡Sí! ¡Sí!) Pues, entonces, camaradas, tenemos una razón más para unirnos todos: la lucha por la liberación de Cataluña y de todas las nacionalidades oprimidas a disponer de sus destinos» (Aplausos).

Y en el curso de aquella agitada y ejemplar campaña política que acabó con la victoria del 16 de febrero, José Díaz insistió constantemente en el planteamiento del problema.

En el artículo publicado a «Mundo Obrero», el 3 de febrero de 1936, dijo José Díaz:

«Se ha de asegurar la completa libertad de los pueblos catalán, vasco, y gallego».

En el discurso pronunciado en el Salón Guerrero de Madrid, el 9 de febrero de 1936, insistía José Díaz:

«Queremos que las nacionalidades de nuestro país, Cataluña, Euzkadi y Galicia, puedan disponer libremente de sus destinos, ¿por qué no?, y que tengan relaciones cordiales y amistosas con toda la España popular. Si ellas quieren librarse del yugo del imperialismo español, representado por el Poder Central, tendrán nuestra ayuda. Un pueblo que oprime otros pueblos no se puede considerar libre. Y nosotros queremos una España libre».

Con la victoria del Frente Popular fue restablecido el Estatuto de Cataluña, fue liberado el Gobierno de la Generalitat. No se fue más allá en la cuestión nacional, ni llegaron a cuajar nuevos planteamientos. La teoría leninista-estalinista sobre el problema nacional aplicada en España, sin dudas ni recelos, sin concesiones por el mejor discípulo de Stalin que ha habido en España, por José Díaz, continuaba siendo parte indisoluble del problema general de la revolución. Así vemos que en uno de los primeros discursos de José Díaz, tras la sublevación criminal de los generales traidores, agentes del nazi-fascismo internacional, transmitido por la Radio de Madrid el 6 de agosto de 1936, dijo, analizando la trascendental cuestión de por qué estaba luchando el pueblo español:

«Queremos el bienestar para todo el pueblo, y nosotros sabemos que esto es posible dentro de nuestra República Democrática, y por esto la defendemos como defendemos las libertades a que tienen derecho Cataluña, Euzkadi, Galicia y Marruecos».

En el curso de la guerra los agentes del enemigo se basaron en los viejos prejuicios que tanto daño han hecho a la causa general del progreso de España, a la consolidación de un régimen auténtico de libertad, de democracia. Pretendían los agentes del enemigo revivir los rencores, las animosidades, las incomprensiones, para separar unos pueblos de otros, para vencer y separar unos y otros y someterlos todos al mismo yugo. Saliendo al paso de las maniobras del enemigo común, José Díaz dijo en su informe al Pleno de C.C. del partido celebrado en Valencia los días 5-8 de marzo de 1937:

«¿Cuáles son nuestras relaciones con las nacionalidades de España? La política de nuestro partido respecto al derecho de autodeterminación de las nacionalidades no podía sino crearnos buenas relaciones con las nacionalidades. Reconocemos su personalidad histórica y todos sus derechos, y les decimos que estos sólo se pueden conseguir en su plenitud dentro de una España republicana y democrática. Ellos también lo han comprendido así, por esto contribuyen lealmente a forjar un poder central en qué participan, con toda su autoridad, para dirigir en común el frente y la retaguardia. Hace falta luchar contra la tendencia que pretende presentar a Cataluña y a Euzkadi exclusivamente con fines egoístas, atendiendo sólo a la defensa de su territorio y a resolver su economía a expensas del resto de España. Si hacen falta ejemplos, aquí está Cataluña, que ha enviado contingentes a Aragón, a Madrid y donde ha hecho falta. Aquí está el gobierno nacionalista vasco que ha enviado en diferentes ocasiones, miles de combatientes a los frentes de Asturias. Existe una compenetración exacta por parte del Gobierno Central, en la necesidad de reconocer los derechos específicos de estas nacionalidades en el orden económico, político y cultural, de respetar sus creencias religiosas, a fin de que cada día nos unamos más por constituir el bloque de todos los pueblos de España y asegurar la victoria y al construcción de la nueva vida».

Al definir lo que era el Frente Popular, en el informe pronunciado en el Pleno del C.C. celebrado en Valencia los días 13 y 16 de noviembre de 1937, aseguró José Díaz que recogía de la Historia de España las aspiraciones de los liberales y progresistas, entre los cuales estaban «las aspiraciones nacionales de Cataluña, Euzkadi y Galicia, oprimidas por el despotismo monárquico». Y al analizar, en el mismo informe, los diferentes aspectos de la política de unidad que practicaba el Partido Comunista de España, dijo José Díaz:

«Al mismo tiempo que la unidad del pueblo en el Frente Popular, se ha de fortalecer y estrechar más la unidad de todos los pueblos de España en la lucha por la independencia nacional. ¿Cómo se estrecha y se fortalece esta unidad? Con el respeto absoluto a las libertades y las aspiraciones de los pueblos. Se debe tener un respeto absoluto por las libertades de Cataluña. Porque Cataluña lucha en España precisamente por defender estas libertades y obtener otras. En la medida en que respetemos las libertades de Cataluña, en que tengamos una comprensión cordial de los problemas catalanes, Cataluña intensificará su colaboración en España y, juntos los dos pueblos, trabajaremos y lucharemos y trabajaremos por ganar la guerra».

Conviene recordar que José Díaz insistía más en el planteamiento claro del problema nacional en momentos difíciles, cuando el Gobierno de la República se trasladaba a Barcelona, cuando la coexistencia de los dos gobiernos, experiencia única en nuestra historia, podía originar dificultades y peligros comunes. Esta clarividencia de José Díaz fue comprobada en el último periodo de guerra. Los peligros, las dificultades que previó, en parte se produjeron. Y a medida que la situación militar empeoraba, asimismo el problema de mutua comprensión, de mutuo respeto y de mutua y cordial colaboración se hacía más difícil. Se produjeran choques, malentendidos, fricciones de todo género. Esto fue aprovechado por los enemigos comunes de un y otro campo, por catalanes que exacerbaban su antiespañolismo, por no catalanes que anatematizaban las libertades catalanas, respondiendo unos y otros a la misma táctica de facilitar el camino al enemigo común. En estos graves días, en vigilias de la ofensiva del nazi-fascismo, el 23 de noviembre de 1938, José Díaz, ya gravemente enfermo, habló de nuevo y por última vez en España para decirnos:

«Bajo la careta de un autonomismo que no es sino un separatismo reaccionario disfrazado, se trabaja en la sombra para concertar una paz por separado. Esto, nunca. Sería el triunfo de Franco y de los invasores. Será necesario repetir una vez más que Cataluña no se puede salvar separada del resto de España, y que la libertad y la independencia de Cataluña están íntimamente, totalmente vinculadas a la libertad y a la independencia de todos los pueblos de España... No. Esta clase de separatismo es la traición, la derrota... España no es Checoslovaquia. Y en Cataluña no puede haber Sudetes. España resiste y vencerá con la unidad de los hombres y de los pueblos. Asegurar la unidad entre Cataluña y el resto de España, buscar los remedios que consigan una mejora de relaciones, es la tarea que corresponde a todas las organizaciones populares, fundamentalmente al Gobierno de la República y al de la Generalitat. No puede haber ningún terreno en el cual no se pueda colaborar abiertamente por consolidar esta unidad. Si es necesario establecer el método de relaciones o crear el organismo conveniente porque estas relaciones se desarrollen con normalidad, no se debe vacilar en hacerlo. Y de este modo se conseguirá localizar aquellos que están interesados a dificultar o impedir esta unidad, y entonces se podrá actuar en ellos sin contemplaciones».

José Díaz, fiel discípulo de Stalin, bolchevique ejemplar, no se limitó a estudiar y asimilar la teoría leninista-estalinista sobre el problema nacional. Se esforzó por hacerla comprender y asimilar a los camaradas del partido en primer lugar, a todos los partidos y organizaciones españolas, después. Se esforzó por aplicar la teoría allí dónde veía que existía el problema nacional: su propio país, España. Y antes de la guerra, tras el triunfo popular del 16 de febrero, en el curso de la guerra y en la amargura de los últimos meses de nuestra heroica lucha, la voz de José Díaz se levantó serena, valiente, honrada y clarividente, señalando peligros y soluciones. Fue la voz incorruptible de un comunista, de un bolchevique, la voz del maestro, la memoria del cual veneramos, el ejemplo del cual estamos obligados a seguir.

Las nacionalidades hispánicas tienen un deber perpetuo con José Díaz. Deben pagarlo ahora uniéndose indisolublemente entre ellas y en España, sin reservas ni recelos, para luchar juntos y vencer juntos al enemigo común, Franco y Serrano Suñer, Falange y los invasores; para contribuir con su esfuerzo directo, con su sacrificio y espíritu indomable de combate, en la derrota definitiva en este mismo año del 1942, del nazi-fascismo, para restablecer la República, sus regímenes estatutarios, su derecho inalienable de autodeterminación.

José Díaz vive en el corazón de Cataluña, de Euzkadi, de Galicia. Ya está cerca el día en qué estos pueblos podrán exponer libremente sus sentimientos y hacer del José Díaz que conocieron, modesto, luchador infatigable, su preclaro héroe nacional.