J. Romero

El PC de China siempre ha sido un partido pragmático: Lo fue en 1973 cuando estableció relaciones diplomáticas con el régimen franquista, la última dictadura fascista en Europa. Y en septiembre de 1975 cuando, mientras decenas de gobiernos protestaban y se sucedían las huelgas y manifestaciones por todo el mundo contra el fusilamiento de cinco militantes antifascistas, tres de ellos camaradas de nuestro partido, no movió un dedo.

Lo fue también en 1979 cuando atacó Vietnam, un país exhausto tras una larga guerra contra el imperialismo francés primero y yanqui después, en auxilio del siniestro Jemer, su aliado en Camboya.
Y a partir de los ochenta, cuando, tras la patética experiencia de la Revolución Cultural y por impulso de Deng Xiaoping1, el líder del PCCH en aquel momento, puso en marcha su “socialismo con características chinas” (o socialismo de mercado), una de tantas “vías nacionales al socialismo”, la tapadera con la que otros traidores como Tito o Ceaucescu, como ellos, ocultaron su abandono del leninismo; una tapadera para la expansión del revisionismo moderno.
“Socialismo con características chinas”: una forma de Capitalismo de Estado que abrió su economía a la iniciativa privada, arropó a la oligarquía parasitaria “con características chinas” para que se enriqueciera a gran velocidad, garantizando, en un país tan gigantesco, una enorme y rápida acumulación de capital.


El PC de China, siguió siendo pragmático cuando aplicaba la “diplomacia del ping pong” pegado a EEUU, para escalar poco a poco, inversión tras inversión, hasta la cima de los imperialistas; y entrar uno a uno, en los selectos clubs que reunen a lo más granado de la oligarquía financiera internacional y sus estados vasallos.
El último, el “Foro de Davos” al que acude todos los años un reducido elenco de magnates y jefes de Estado para debatir sobre el futuro de la economía mundial. Allí estuvo por primera vez en 2017 Xi Jinping junto a alguno de sus “camaradas empresarios”, como Jack Ma, el fundador del gigante global de internet Alibaba, o Wang Jianlin, otro de los hombres más ricos de China (y del mundo) y presidente de la firma de desarrollo inmobiliario Dalian Wanda.
Allí estuvo el pragmático Xi para defender a los suyos, para decir cosas como esta: “Algunos culpan a la globalización por el caos en nuestro mundo, pero nuestros problemas no son causados por la globalización”; o esta otra, en términos casi poéticos, como corresponde a alguien tan pragmático como Xi: “...No habrá ganadores en una guerra comercial. Seguir el proteccionismo es como encerrarse uno mismo en un salón oscuro: puede que evite el viento y la lluvia, pero también se quedarán afuera la luz y el aire”
¿Qué ha cambiado?: hoy, China es fuerte, es un imperio; un imperio que, según dicen algunos, practica el imperialismo “bueno”; ese que no existe, el del capital “con características chinas”.
Y su oligarquía reclama “espacio vital”; necesita materias primas, mano de obra barata, mercados donde invertir. Nunca le ha hecho ascos a tratar con los regímenes más reaccionarios, ¿por qué iba a hacer ahora excepciones?
Ya lo dijeron sus anfitriones de Davos en 2017: “China todavía es básicamente una potencia regional asiática, no una potencia mundial...China alcanzará pronto a EEUU como potencia económica, así que el presidente Xi piensa explicar cómo el país ejercerá ese liderazgo de manera responsable...Aunque claramente está adoptando un papel más enérgico en este sentido”.
Ese momento ha llegado. Hoy el mundo se le queda pequeño y tiene que disputarlo con quienes han seguido otras vías para construir su propio imperio y han dictado hasta hoy las leyes que cumplían todos; otros que, como ellos, subieron desde los escalones más bajos a la sombra del señor del momento, hasta alcanzar la cima que ahora les disputa el imperio asiático. Otros que no dudaron en ocupar su espacio vital a sangre y fuego; otros que en su momento, para algunos, también eran “imperialismo bueno”.
Hoy, el PC de China no necesita ser pragmático, bien al contrario, debe arriesgar. Ahora también son ellos quienes marcan qué fronteras pueden cruzarse y cuales no, sin pagar un canon.
Hoy, cualquier provocación del rival les sirve para enseñar músculo. Lo que antes arreglaban con una nota o queja diplomática, o una partida de ping pong, hoy sirve para mostrar su poderío militar. Hoy pueden amenazar a quien intente ponér en cuestión su lugar en la economía imperialista, el éxito de su “socialismo de mercado”; a quien amenace los negocios de sus oligarcas, los Bill Gates, Elon Musk, o Jeff Bezos con “características chinas”, que controlan cada vez más y de forma más descarada mayores cuotas de mercado. Y, de paso, amenazar al mundo, para que sepa al abrigo de qué amo debe someterse.
Hoy, China es uno más de aquellos estados que, surgidos de experiencias revolucionarias, encabezan el enfrentamiento entre imperialistas. Se trata de ayudar a que surja un nuevo escenario multipolar más justo, eso dicen sus lacayos, que embellecen con pragmático cinismo el dominio de los nuevos señores alegando que su control de los mercados no se ha hecho (hasta el momento) impulsando guerras, aunque, siempre pragmáticos, hayan mirado hacia otro lado si quien le convenía como aliado, socio o vasallo era un sanguinario reaccionario que aplastaba a su propio pueblo. Siempre que el negocio fuera bueno.
El juego de China, como el de sus rivales cada vez es más evidente. Sin embargo hay quien no quiere verlo, quien no quiere distinguir que clase defiende cada imperio, la misma en todos; quien oculta interesadamente los intereses en juego y se engaña, y engaña a los demás, presentando a los señores como amigos de los esclavos.
Soplan vientos de guerra; el imperialismo ha dejado de lado su pragmatismo y se rearma, prepara sus fuerzas e incrementa la agresividad de su propaganda llamando a rebato a sus socios.
Y en esta partida en marcha hay fuerzas y personajes que les hacen el juego; fuerzas y personajes pragmáticos, que, de puertas adentro, proclaman una alternativa radical y oportunista que no busca la unidad que no cuadre con su visión sectaria; que juegan a ser comunistas de bandera y proclama.
Fuerzas y personajes que de puertas afuera, sin embargo, hacen suyas las llamadas a la guerra del imperio; que necesitan un padre “pragmático” que marque la política por ellos y les guie en la búsqueda de su propia “vía nacional al socialismo”.
Así pues, en las guerras que se aventuran el problema no son solo los amos; también sus lacayos.

1. Amante de las frases compendiosas, cuando arreciaron las críticas por la deriva de China hacia el capitalismo de estado (entre ellas las del PT de Albania y nuestro partido), hizo célebre dos frases que pueden servir de resumen del carácter oportunista del “marxismo” chino: “enriquecerse es glorioso” y “gato blanco o gato negro, da igual, lo importante es que cace ratones”.