J. Echevarría

Ni la trayectoria política y social ni la obra literaria (cuento infantil, teatro, novela, ensayo, folklore…) de la malagueña Isabel Oyarzábal Smith, aun siendo difícilmente abarcable, ha tenido la necesaria investigación que han tenido otros nombres femeninos de los numerosos que el siglo XX español ha ofrecido, una generación marcada por la guerra y el exilio, y que en el caso de Isabel supone un cambio en su producción literaria, dedicada a partir de 1940 a un proyecto patriótico de reivindicación de la España republicana, de una lucha incesante en defensa de la verdad, de análisis del entorno político en que se dieron los hechos y de denuncia de la dictadura franquista contra la República masacrada.
Nacida (1878) en el seno de la alta burguesía malagueña, la infancia de Oyarzábal tiene las influencias de una sociedad mediocre y arcaizante, aplastada por los prejuicios religiosos y las expectativas hacia su clase social. Por ejemplo, su educación mixta católica y protestante (por ser escocesa su madre) se ve suspendida por esas presiones, que desembocarían en su concepto de la vida, en tanto joven burguesa privilegiada, como algo vacío, sin perspectivas y especialmente inútil. Hay dos momentos que suponen un escape de ese mundo.

El primero es el regreso de los soldados heridos y derrotados de Cuba, durante el cual observa la impotencia de la caridad típica de las damas de la alta sociedad con las que colaboraba, y la hipócrita actitud con la idea de llevar al soldado al confesionario, incluso negándole la ayuda cuando detectaban ideas “socialistas”. El otro momento fundamental, que le abre una nueva visión y un nuevo campo de acción que le impacta, es un viaje a Inglaterra y Escocia para conocer a su familia, en donde tiene ocasión de conocer a Eunice Murray, una de las primeras sufragistas comprometidas, y a Charlotte Despard, fundadora de la Woman’s Freedom League en 1907 y activista del Sinn Fein. Esos y otros contactos la convencen de dar un giro radical a su vida: «El mundo era tan diferente del de Málaga que a veces pensaba que yo no había sido yo misma, sino otra persona…». Corresponsal de alguna publicación inglesa, se relaciona en Madrid con importantes personalidades intelectuales del momento, y tras la Gran Guerra es nombrada, sin mucho entusiasmo por su parte, vicesecretaria de la Asociación Nacional de Mujeres de España, puesto que a partir de entonces desempeñaría con energía. Nunca dejaría desde entonces sus contactos con el feminismo europeo, aunque su labor política se desarrollaría posteriormente dentro del Partido socialista, al que se afiliaría en 1931. La revolución de Asturias la lleva al comité de ayuda a las mujeres y niños asturianos, y forma parte del Comité Nacional de Mujeres contra el Fascismo, junto a Kent, Huici, Lejárraga e Ibárruri.
La guerra marca el inicio de una actividad incansable, y un trabajo ingente cuyas obligaciones diplomáticas la impedirían viajar a España, en donde su hijo y su marido participaban en la guerra. Previamente a su nombramiento como embajadora (la primera mujer con ese nombramiento) en Suecia, Álvarez del Vayo la envía a una larga gira internacional, que incluiría más de 40 ciudades de Estados Unidos y Canadá, luchando por extender la causa republicana y recogiendo apoyos, junto con Marcelino Domingo y el erudito franciscano Padre Sarasola, y con el objetivo de consolidar el apoyo que por parte del catolicismo estadounidense había conseguido la República española tras la llegada de noticias informando de las matanzas. Su puesto como embajadora en ese período tiene todas las dificultades que cabría esperar, desde la lucha contra el Pacto de No Intervención hasta las negociaciones incesantes respecto a los intercambios comerciales que España necesitaba, contra la presión de industriales suecos ante su gobierno, para conseguir intercambios con el gobierno rebelde. Simultanea esta labor con su participación en Conferencias en Suiza sobre cuestiones laborales, y por añadidura es nombrada en 1937 embajadora en Finlandia, tras la deserción al campo rebelde del embajador español. Durante los sucesos de marzo de 1939 en España, decide seguir en su puesto hasta el final. Todavía el día 21 de ese mes asiste como Ministra a una cena en el Palacio Real sueco. Para esas fechas todos los países europeos y americanos, excepto México y la Unión Soviética, habían reconocido el régimen de Franco, y a Suecia le faltaba poco. El día 2 de abril entrega las llaves y el inventario de la embajada, y el 1 de junio partiría junto con su familia trabajosamente reunida en Suecia para México, de donde ya nunca volvería.
«La lucha por España»
La mencionada variada y abundantísima obra literaria de Oyarzábal Smith tiene en el aspecto más estrictamente político dos obras, ambas escritas en inglés, y que no se editarían en castellano hasta 2011. La primera es «I Must Have Liberty», publicada en Nueva York en 1940, y que se centra en las vicisitudes biográficas y personales que la llevan a ese destino mexicano, acusando la ruptura con sus raíces a una edad ya avanzada, y tiene un tono más personal. La segunda, «Smouldering Freedom. The Story of Spanish Republicans in Exile», se publica cinco años más tarde, también en Nueva York, y refleja la estabilidad ya alcanzada y unos análisis más detenidos, en su propósito permanente de desvelar la verdad sobre España: las circunstancias políticas que habían llevado a la guerra y la denuncia al mundo de la dictadura franquista frente a la legalidad. En la sección titulada “Sumario de la guerra” describe en tercera persona la sucesión de hechos entre el 18 de julio de 1936 y la última sesión de Cortes de la República. Pasa lista a la revolución de Asturias, la hambruna bajo la dictadura de Franco, la resistencia guerrillera, la vida de los exiliados en los campos de concentración franceses. El capítulo titulado «Others lands of exile» recuerda los lazos que unen a los exiliados españoles en Chile, Colombia, Venezuela, Cuba, que siguen en contacto peses a las distancias y al desarraigo. El capítulo «The struggle for Spain» se orienta al futuro, en su intención de conseguir la unidad entre las diferentes facciones y venciendo las disensiones, algo que se vislumbró tras la reunión de todas las fuerzas, incluyendo al gobierno traicionado de Negrín… El sueño es el regreso a España, la continuidad en su labor truncada por el levantamiento fascista. Pero, de forma premonitoria, el epílogo («In Memoriam: Those Who Will Never go Back») adelanta su propio futuro, y dedica su obra a aquellos que no volverán. Fé en el regreso, voluntad de resistencia, mantener encendida una antorcha que proporcione aliento a los refugiados, porque un día volverán.
Pese a fallecer a una avanzada edad, Isabel Oyarzábal Smith no pudo cumplir nunca su proyecto. Murió un 28 de mayo de 1974, a los 95 años. La prensa mexicana la consideraría una gran exponente del grupo de intelectuales republicanos, y mencionarían su labor incansable como funcionaria de la Organización Internacional del Trabajo en Suiza, recordando su categoría de embajadora ante Suecia y Finlandia.
«I always seem to see in the tired eyes of aged refugees a wistful, inquiring look, as though they are always wondering if they shall ever see Spain again…
In any case, the memory of the Spanish refugees lying at rest under the blue mexican skies will be a bond holding Spain and Mexico close toghether…»