Por S. Ruiz

El denominado Consenso de Washington puso en marcha las nuevas reglas del juego, una vez caído el bloque socialista: es decir, el neoliberalismo, que no es sino la expresión de la tendencia del modo capitalista de producción a saltar sobre barreras nacionales, sociales y morales en un proceso de expansión permanente que liquida al tiempo los derechos sociales de los trabajadores, incrementa las contradicciones económicas y agudiza las crisis de sobreproducción. Algunas de las características de este nuevo periodo son:

1) Las transnacionales han incrementado inmensamente su poder y la movilidad del capital está prácticamente fuera de todo control.

2) Se ha debilitado el papel del estado nacional, como actor económico: 

a) Como empleador, a causa de las privatizaciones y externalizaciones masivas, que han permitido al Estado capitalista renunciar a su capacidad de influir sobre las condiciones de trabajo y han incrementado el poder de las transnacionales al adquirir bienes públicos.

b) Como regulador de la política económica, al suscribir acuerdos comerciales internacionales que transfieren autoridad hacia las transnacionales.

c) Como controlador de los flujos financieros internacionales, al reducir su capacidad impositiva sobre el capital, mermando sus ingresos fiscales, básicos para sostener los servicios públicos y los programas sociales.

La renuncia a controlar el capital dentro de las propias fronteras, conlleva, también, una enorme pérdida de influencia de las instituciones del Estado capitalista: Los Parlamentos, los partidos políticos, las centrales sindicales, es decir, todos los sistemas de control democrático, que garantizaron antes el control de las contradicciones de clase en los países de capitalismo desarrollado.

La mayoría de los gobiernos social demócratas apoyan, en distinto grado, estas políticas neoliberales, por lo que los sindicatos se han quedado con menos apoyo por parte de sus aliados políticos tradicionales, y del Estado; y se ha incrementado paralelamente la influencia de las organizaciones empresariales sobre el Estado, cada vez más débil y menos de fiar en la defensa de los derechos sociales, el bienestar y la seguridad, conseguidos tras largas luchas obreras en las décadas anteriores.

3) Se ha consolidado un mercado laboral global, que implica, la continua competencia a la baja entre los trabajadores de todos los países, independientemente de su desarrollo industrial, de su sistema social y de las enormes diferencias salariales entre los distintos países y regiones. Una competencia agravada por la creciente movilidad del capital y la fluidez de las comunicaciones

La competencia a la baja a escala global, ha puesto en marcha una espiral de deterioro de los salarios y de las condiciones laborales determinada por de la continua desregulación en pro de la competitividad y de la informatización del trabajo. 

Las multinacionales

El aumento del tamaño y poder de las transnacionales les permite beneficiarse casi en exclusiva de los cambios tecnológicos, lo que refuerza globalización. Tan importante como la expansión geográfica de las multinacionales, ha sido el cambio en su estructura basada en la deslocalización de su producción en distintos países a través de un sistema de subcontratación en cascada, que no formará parte de su estructura oficial, pero que depende completamente de ella, y provoca un creciente deterioro de las condiciones salariales y laborales, conforme se desplaza del centro de operaciones hacia la periferia. Estas subcontrataciones las realizan en países con una abundante mano de obra, y una estructura económica atrasada. 

En el mundo existen aproximadamente 850 zonas francas, las llamadas maquilas, en las que el 90% de los trabajadores son mujeres y carecen, en la mayoría de los casos, de derechos laborales y protección social. Zonas de trabajo desregulado en las que sería imprescindible la organización independiente de los trabajadores/as en la defensa de sus derechos frente al omnímodo poder de la multinacional que gestiona (muchas veces en la sombra) el proceso de producción.

Para evitar esta organización de clase, las empresas multinacionales utilizan cínicamente el reclamo de la ética y la responsabilidad para, ganar legitimación social, y en esa tarea han encontrado el apoyo tanto de las instituciones multilaterales como de las propias ONG. 

Las multinacionales han promovido un consenso internacional para que se las considere como un actor más dentro de las estrategias de cooperación al desarrollo, fundamentalmente mediante las alianzas público-privadas del Pacto Global, y la creación de la Responsabilidad Social Corporativa, que promueven la declaración unilateral de llevar a cabo buenas prácticas empresariales. Pero lo cierto es que la RCS se ha concebido en el marco de un modelo socio-económico y es inseparable del mismo; de modo que en la práctica, su finalidad es incrementar los beneficios y el poder de las compañías multinacionales, y debilitar o eliminar el poder de los y las trabajadores/as en tanto clase social. Por eso su caballo de batalla es la prohibición de sindicación.

En la mayoría de los Códigos de Conducta que emanan de la RCS se prohíbe la sindicación; las multinacionales prefieren hacer ofertas unilaterales, de corte paternalista, que tener que reconocer a un interlocutor con el que negociar. Por ejemplo, el código Caterpillar establece que la empresa pretende “llevar el negocio de tal manera que los empleados no sientan la necesidad de ser representados por sindicatos o por terceras personas” (Caterpillar: Code of Worldwide Business Conduct; Sara Lee Knit Products: International Operating Principles; DuPont: Labour Relations Policies and Principles; citado en el documento de la OIT).

Las multinacionales se apoyan en las ONG para que sean estas las que inspeccionen o hagan monitoreo de sus códigos de conducta. Es el caso de la Levi’s Strauss Company, que contrató a reconocidas ONG en República Dominicana, para que analizaran los procesos de monitoreo interno que la misma compañía había establecido para las fábricas que cosían sus ropas. De ese modo es habitual que las ONGs firmen acuerdos con empresas para el control de su código de conducta, y asuman la representación de los trabajadores sin establecer las estructuras de control democrático y responsable propias de una organización permanente y de clase, como el sindicato.

El acuerdo adoptado a nivel internacional entre Intermón-Oxfam y la cadena hotelera de origen español Sol Melia, es otra prueba de esta práctica: fue abiertamente denunciado en base a la tabla rasa que la ONG hacía de las prácticas de Sol Melía en América Latina. Este acuerdo legitimaba las políticas contra los derechos laborales de sus trabajadores denunciadas por la plataforma sindical latinoamericana Rel-UITA (Jordi Gascón, “Intermón-OXFAM y Sol Meliá: transfiriendo legitimidad”)

Las ONG y los sindicatos

Los ejemplos anteriores nos dan idea del compromiso real que las ONG tienen con las multinacionales y cómo les ayudan a introducirse como actores de la sociedad civil y a lavar su cara para seguir obteniendo los mayores beneficios. Esto no es óbice para que estas mismas ONG, en una pirueta circense de cinismo, denuncien violaciones de derechos humanos o laborales de las multinacionales con las que, al mismo tiempo, firman promociones o negocios conjuntos.

La magnitud de los problemas laborales de la maquila, las dificultades de sindicación y la presencia masiva de mujeres en este tipo de fábricas, “han motivado” que diversas organizaciones, (de mujeres, pro derechos humanos y religiosas) que tradicionalmente no se habían ocupado de asuntos laborales, se hayan volcado a esta área, reforzando la tendencia de las empresas multinacionales a eludir el control sindical y de clase, a partir de la dispersión de las luchas. “Las organizaciones de mujeres y de derechos humanos (que son algunas de las que han estado haciendo monitoreo de los códigos de conducta de las multinacionales) están formando un movimiento en el cual la agregación de intereses se hace en torno de demandas no relacionadas con el trabajo sino con expresiones de identidades: etnia, género, nacionalidad, etc. e incluso, frente a fenómenos globalizados tales como las demandas por derechos humanos;”se caracterizan por mantener estructuras organizativas informales y por un fuerte recelo frente a ejercicios autoritarios del poder ya que las mujeres que trabajan en espacios mixtos, como los sindicales, encuentran resistencia no solo a la incorporación de sus demandas y necesidades particulares, sino a la participación misma y al ejercicio de puestos en la jerarquía de esas organizaciones” (Carretón).

Estas ONG han desacreditado al movimiento sindical, formando espacios de acción que se distancian de la acción sindical, y rompen la unidad de los/as trabajadores/as, debilitando su lucha por la consecución de unas mejores condiciones de vida.

Las ONG de mujeres, por ejemplo convierten la acción sindical en un ejercicio de beneficencia con una perspectiva de género y nunca de clase: centrándose, por ejemplo, únicamente en la salud reproductiva de las mujeres en las maquilas, en vez de en las condiciones laborales (jornada interminable, salarios de miseria…); promoviendo un programa asistencial y no un programa de reforma social.

Las ONG son organizaciones que, desde fuera, intentan paliar problemas, no resolverlos, porque no se enfrentan a las causas que provocan los problemas, no se enfrentan al neoliberalismo y sus políticas que son las causantes de la situación actual de las capas populares y de la pobreza en el mundo.

Su acción sindical dentro de las maquilas se limita a realizar un monitoreo para que la multinacionales cumplan el código de conducta, hecho por ellas mismas.

La cultura del movimiento sindical, es una cultura solidaria, para la lucha por un cambio social; los sindicatos (con independencia de que muchos de ellos estén dirigidos por elementos oportunistas) son organizaciones de trabajadores/as. Este concepto de clase como sujeto activo, choca con una cultura dominante hoy y que avanza en el conjunto de la sociedad: el paso de la condición de ciudadanos a la de usuarios, clientes, deudores, votantes…, pero, siempre sujetos pasivos en los que recae la acción de otros. 

Los sindicatos son conflicto y negociación, porque tienen la capacidad de identificar los problemas y la reivindicación que aúne fuerzas, capacidad de actuar, capacidad de convertir la fuerza adquirida en el conflicto en propuestas y por ultimo capacidad de convertir todo ello en acuerdo útil mediante la negociación.

Allí donde la acción de los sindicatos es débil y las ONGs de mujeres que trabajan en el campo laboral, llevan la iniciativa, no existe avance real para las trabajadoras, todo lo más concesiones paternales de quienes son causa de su explotación.

La situación de las trabajadoras en Tánger, por ejemplo, no ha mejorado mucho en los últimos siete años. Hay cientos de factorías que siguen siendo totalmente opacas y a las que sus clientes empresarios españoles nunca han exigido el cumplimiento de estándares laborales, así como una red de pequeños talleres con instalaciones inseguras e insalubres donde se trabaja en unas condiciones muy alejadas de los estándares mínimos laborales reconocidos internacionalmente, es normal que las horas extras sean obligatorias y prolongan la jornada hasta las 11 o 12 horas diarias, seis días a la semana. Estas horas no se suelen remunerar y los salarios no superan los 200 euros mensuales. Gran parte de la plantilla trabaja sin contrato y sin ningún tipo de protección social. En los talleres subcontratados los salarios pueden situarse por debajo de los 100 euros mensuales y los contratos son inexistentes.

En esta carrera hacia la precariedad que impone la división del trabajo globalizado, generar condiciones para la inversión significa transferir los riesgos del negocio a la parte más débil de la cadena: las trabajadoras y los trabajadores menos cualificados. Gracias a la internacionalización y a esta transferencia de riesgos, las empresas han registrado en los últimos años cifras de negocio astronómicas. Inditex, (la empresa española propiedad del hombre más rico del mundo) ha sido un claro ejemplo convirtiéndose en el mayor grupo empresarial del mundo en el sector de la moda.

“El control independiente por sí solo... no es suficiente para asegurar el respeto por los derechos laborales mínimos ni los estándares de trabajo y salud y seguridad medioambiental. Ningún inspector independiente puede sustituir a la organización independiente de los trabajadores a través de sus sindicatos, que deben participar en los sistemas de control para que éstos puedan desarrollar su trabajo” (Ron Oswald, Secretario General de la UITA, en carta al International Herald Tribune, 9 de junio de 1998).

La experiencia nos muestra que los sindicatos seguros e independientes son los medios más eficaces para terminar o prevenir el abuso y la explotación de los trabajadores. Los códigos de conducta no son tan eficaces como lo son los propios trabajadores cuando se les permite unirse a sindicatos libres y negociar colectivamente con sus patronos, sabiendo que sus derechos están garantizados y protegidos.

Los sindicatos, están en lucha continua contra la patronal y con los gobiernos que defienden intereses empresariales. El camino por el que evoluciona la sociedad, depende del cariz que tal lucha global de fuerzas vaya tomando. Por eso, la responsabilidad en la creación de un más amplio movimiento en pro de la transformación social, la tienen fundamentalmente los sindicatos. Evidentemente podrán compartir esta responsabilidad, con aquellas ONG que claramente se definan, como aliados del movimiento obrero organizado. Pero, como señalaron los luchadores y luchadoras que nos precedieron, la emancipación de los trabajadores será obra de ellos mismos.