Por Sofía Ruiz | Publicado en Octubre, nº 92

Este 8 de marzo, día de la mujer trabajadora, aunque la palabra trabajadora se ha omitido en la mayoría de las convocatorias, ha resultado muy rico en críticas y propuestas y también ha demostrado su capacidad para movilizar.

Aunque sigue manteniendo su supremacía el feminismo que se sitúa en reivindicaciones identitarias y culturales: la violencia, el pago igualitario y los derechos sexuales y reproductivos,y se aleja de las críticas económicas y estructurales. Este feminismo surgido en los años 60-70 y que identificamos como la segunda ola feminista, ha sido criticado desde distintos ángulos, pues su discurso ambiguo fue fácilmente asimilado por el neoliberalismo y transformado en su beneficio y en detrimento del objetivo feminista:

«El movimiento feminista de la segunda ola apuntó, simultáneamente, dos futuros posibles muy diferentes. En el primer escenario, se prefiguraba un mundo en el que la emancipación de género iba de la mano de la democracia participativa y la solidaridad social. En el segundo se prometía una nueva forma de liberalismo, capaz de garantizar, tanto a las mujeres como a los hombres, los beneficios de la autonomía individual, mayor capacidad de elección y promoción personal a través de la meritocracia. La ambivalencia del feminismo se ha resuelto a favor de la segunda opción, liberal-individualista, pero no porque fuéramos víctimas pasivas de seducciones neoliberales. Por el contrario, nosotras mismas contribuimos al desarrollo de ideas importantes para este éxito neoliberal. Lasegunda ola del feminismosurgió como una crítica al capitalismo de Estado, pero se ha convertido en la criada del capitalismo neoliberal»[1].

El capitalismo de Estado gestor de la posguerra ha dado paso a una nueva forma de capitalismo: el capitalismo globalizante, neoliberal, en el que las “libertades individuales” dominan sobre los valores democráticos,un nuevo capitalismo que ha separado lo social y cultural de lo económico, que individualiza los problemas sociales para desarticular la sociedad, escondiendo la estructura económica concebida para crear desigualdad.

Este capitalismo renovado resignifica algunas de las críticas del feminismo, al capitalismo de estado, para legitimar una nueva forma de capitalismo con el fin de ser respaldado por las nuevas generaciones.

Una de las criticas más radicales de las feministas al capitalismo de estado fue la de su ideal de familia, en donde la mujer era ama de casa y el varón contribuía con su salario, “salario familiar”, en el que centraron una crítica que integraba economía, cultura y política en un análisis de la subordinación de las mujeres en el capitalismo organizado de Estado.

La reivindicación feminista de acceder al salario, privilegio del hombre, no buscaba simplemente promover la plena incorporación de las mujeres a la sociedad capitalista como asalariadas, sino transformar las estructuras profundas del sistema. Esta reivindicación, la reformulo el neoliberalismo, legitimando:1) el “capitalismo flexible”, es decir flexibilización laboral: debilitando sindicatos y contratos colectivos, desplazando gran parte de la producción industrial hacia países con salarios y regulaciones menos exigentes…..

2) El nuevo ideal de familia con dos salarios, ya que el neoliberalismo, necesita, para seguir obteniendo su tasa de ganancia, salarios mas bajos, se apoya fuertemente sobre el trabajo asalariado de las mujeres, puesto que requiere un nuevo perfil de trabajador/a: personas flexibles, capaces de adaptarse a cambios rápidos, a los que se puede despedir fácilmente y que estén dispuestos a trabajar en horas irregulares.

El neoliberalismo aprovecho el sueño de la emancipación de la mujer mediante al acceso al trabajo asalariado, para ayudar al funcionamiento del motor de la acumulación de capital.

Es evidente que el feminismo de los años 70 abrió muchos caminos a la lucha feminista pero perdió su radicalidad y abandono de manera progresiva la esfera económica en beneficio de una esfera cultural; el giro del feminismo hacia las política de la identidad encajaba con el avance del neoliberalismo, que no buscaba otra cosa que suprimir de su agenda la igualdad social.

El grave problema fue que se enalteció la crítica del sexismo cultural justo en el momento en que las circunstancias requerían aumentar la atención hacia la crítica de la economía política.

Los problemas del movimiento feminista actual, de forma general o mayoritaria, ya que no es un movimiento homogéneo y monolítico, son: que sigue dando prioridad a esas reivindicaciones identitarias y culturales, olvidando que la raíz de la explotación y opresión de las mujeres está en el sistema económico capitalista.

La utilización, como apunta Amaia Pérez, del eslogan tantas veces reiterado de “y las mujeres, peor”. Un eslogan que, además de victimista, nos coloca a todas en una misma posición de subordinación, sin reconocer diferencias ni desigualdades entre nosotras.

Y el objetivo fundamental de exaltar la visibilidad de la opresión de la mujer, que le ha llevado a echarse en los brazos de las instituciones, lo que da como resultado una visualización sesgada y contraria al objetivo feminista de liberación de la mujer: «Existe, en las conferencias sobre materia de género de la ONU,una clara tendencia a considerar los problemas a los que se enfrentan las mujeres como un asunto de “derechos humanos” y a intentar priorizar las reformas legales como las herramientas básicas de la intervención gubernamental.  

(…)una perspectiva queno consigue desafiar el orden económico mundial que es la raíz de las nuevas formas de explotación que sufren las mujeres. También la campaña de denuncia de la violencia contra las mujeres, que ha despegado en los últimos años, se ha centrado en la violencia física y la violación en el entorno doméstico. Pero ha ignorado la violencia inherente al proceso de acumulación capitalista, la violencia de las hambrunas, las guerras y los programas de contrainsurgencia, que han allanado a lo largo de los años ochenta y noventa el camino para la globalización económica. El poder de las mujeres no lo otorgan las instituciones globales como las Naciones Unidas, sino que debe construirse desde abajo, a través de la autoorganización. De hecho, las feministas harían bien en tener en cuenta que las iniciativas de las Naciones Unidas en favor de las mujeres han coincidido con los ataques más devastadores contra ellas en todo el planeta, y que la responsabilidad de los mismos recae sobre las agencias miembro de las Naciones Unidas: el Banco Mundial, el FMI, la OIT y, por encima de todo, el Consejo de Seguridad de la ONU. Frente al feminismo fabricado por la ONU, con sus ONG, sus proyectos “generadores de ingresos” y sus relaciones paternalistas con los movimientos locales, hay que levantar las organizaciones de base de mujeres[2]».

La crisis económica que sufrimos ha sido un revulsivo para el feminismo. La ofensiva capitalista, con la privatización y recortes de los servicios públicos o la abolición de conquistas históricas logradas por los trabajadores tras la intensa lucha de clases que se desarrolló con posterioridad a la Segunda Guerra Mundial, «la perversa alianza entre los poderes del Estado y los comportamientos depredadores del capital financiero que constituye el pico y las garras de un capitalismo buitresco que ejercita prácticas caníbales y devaluaciones forzadas mientras invoca hipócritamente los más altos valores de la democracia»[3], facilita la comprensión de lo que es el capitalismo para la vida de la mayoría trabajadora y las relaciones de explotación que conlleva.

El feminismo centrado exclusivamente en el reconocimiento y en la identidad, en un contexto de creciente crisis capitalista, está dando paso, aunque lentamente, a un feminismo en el que la lucha contra la desigualdad económica está en el centro de la política feminista.El feminismo no puede cerrar los ojos ante las políticas económicas neoliberales y tiene que estructurar su lucha por la emancipación de la mujer contra su enemigo principal, el capitalismo, teniendo en cuenta la relación que existe entre la lucha feminista y la lucha de clases.


[1] Nancy Fraser, El feminismo, el capitalismo y la astucia de la historia.

[2]Silvia Federici, Revolución en punto cero.

[3] David Harvey, El “nuevo” imperialismo: acumulación por desposesión.