La caza de brujas

Por Felisa Giménez

Nuestro Partido está llevando a cabo un trabajo de elaboración teórica y debate en torno al trabajo que debe realizar la militancia comunista entre las mujeres, en línea con la labor emprendida por la CIPOML. La presente colaboración se inserta dentro de esta tarea de combate ideológico frente a las corrientes pequeñoburguesas y reformistas que, hoy en día, hegemonizan el movimiento de mujeres en nuestro país.

Desde el siglo XV, y, sobre todo, a lo largo de los siglos XVI y XVII, tuvo lugar un conjunto de cambios fundamentales para entender el proceso de construcción del Estado absoluto. Este Estado absoluto, materializado en las monarquías que se imponían sobre los señores feudales, laicos e incluso eclesiásticos, a nivel superestructural, se fundamentó en un cambio estructural de primer orden, es decir, en el nacimiento y desarrollo de un cierto capitalismo inicial.

El nacimiento del capitalismo se relaciona con los procesos de acumulación de capital. Una acumulación que se desarrolló no sólo a una escala territorial, sino a escala familiar. Y, para que este proceso tuviera lugar, fue necesaria la eliminación de aquellos sectores de la población que se resistían a la homogeneización cultural, propia de la monarquía absoluta moderna.

No obstante, también era necesario el sometimiento de esa parte de la población, las mujeres, que no se sometieran a ese proceso de acumulación de capital que se basaba, necesariamente, en la división ante el trabajo.

Todo este sometimiento tuvo que materializarse en la persecución de aquellos segmentos de población resistentes al cambio. Para ello, las autoridades políticas, religiosas y sociales utilizaron la caza de brujas, término que debe delimitarse conceptualmente para comprender las causas que generaron el fenómeno, así como las consecuencias del mismo.

En primer lugar, ¿qué entendemos por Brujería? Sería ese conjunto de prácticas o supersticiones que ejercen los brujos y brujas, tanto hombres como mujeres No obstante, no existe, según la RAE, una identificación entre el término bruja y el término brujo, con lo que el estudio de esta realidad puede aportar datos muy interesantes para analizar problemas relevantes en nuestro mundo, como el problema de género, ya que, para algunos autores, fue necesaria una postergación y una división del trabajo a nivel familiar para que el género masculino, incluso a niveles de los más míseros campesinos, consiguiera un plusproducto que le permitiera medrar. ¿Hasta cuándo la desconsideración económica y social de las tareas del hogar? 

Volviendo al fenómeno de la brujería, recordemos que era una actividad  consustancial a las sociedades primitivas y, por ello, necesaria en un contexto de falta de conocimientos científicos que sirvieran para resolver problemas médicos, de salud… Por ello, brujería sería el conocimiento tradicional de brebajes, ungüentos, remedios caseros, recetas, prácticas, uso de instrumentos tradicionales, etc. Un conocimiento informal, que dotaría a los que lo poseyeran de un poder y una influencia de relativa importancia en las sociedades rurales preindustriales. Brujas serían, por tanto, las parteras, las boticarias, etc. que ayudarían notablemente al resto de la población, y, por ello, serían necesarias.  

No obstante, como el resto del pueblo llano desconocía estas prácticas, la consecuencia fue la creencia en el poder extranatural y, por extensión, sobrenatural y maravilloso, de estas personas. Cuando el naciente estado centralizado necesitara homogeneizar las creencias bajo el paraguas de la Iglesia, estas prácticas serían proscritas.

Brujas también podrían ser aquellas personas o colectivos, o incluso poblaciones enteras, que mantuvieran cultos agrarios o incluso religiones precristianas. Individuos o colectivos que presentaban características religiosas como mínimo heterodoxas, en un contexto de fortalecimiento de las monarquías tardomedievales por la ausencia de mecanismos institucionales cohesionadores, eran un peligro para conseguir la uniformidad religiosa y política.

Los poderes políticos acabaron por perseguir a todos aquellos sectores y colectivos disidentes que, de alguna forma, pudieran cuestionar la ideología imperante, que era la cobertura de su poder económico y político.

Más tarde, con la construcción del Estado Moderno, la existencia de un poder mágico, o esotérico, por parte de algunos sectores de la población, principalmente populares, empezó a plantear problemas de convivencia. Así, en 1326, Juan XXII, en la bula Super Ilius Specula sostuvo que estos poderes extrasensoriales no sólo existían, sino que se debían a la relación entre estas personas y una deidad maligna, el Diablo. El problema no era simplemente religioso, sino político. Así, a finales del siglo XV hubo un intento de las monarquías europeas, entre las que cabe incluir la monarquía papal, de fortalecer su poder. En este proceso de fortalecimiento y de control sobre las instituciones, la ortodoxia religiosa pasaba a ser una cuestión de primer orden. De ahí la necesidad de desarrollar procesos de control ideológico y, consecuentemente, político y social.

Como consecuencia, asistimos a varios procesos paralelos: por un lado, la aparición del Estado moderno, diferenciado de las monarquías medievales feudales y caracterizado por la concentración de poder en la persona de un monarca que ejercía su autoridad sobre territorios en ocasiones muy diversos a nivel cultural. Por otro lado, un proceso de creación del concepto acumulativo de brujería, que tiene como hito fundamental la publicación y difusión del famoso Malleus Maleficarum de dos inquisidores del Imperio, Institoris y Sprenger. Ello tuvo lugar a raíz de la publicación de la bula Summis desiderantes affectibus, por Inocencio VIII, el 9 de diciembre de 1484, por lo que se demuestra evidentemente el interés de una de las monarquías más importantes del período, la papal, por controlar y erradicar el problema de la brujería como conjunto de creencias anteriores (como el culto a Diana o incluso otras creencias chamánicas en Europa Oriental), que la población continuaba manteniendo pese a estar cubiertas por un manto ideológico diseñado por las estructuras políticas. Desde una perspectiva política, este hecho no se podía mantener, puesto que podían llegar a cuestionar la estructura de poder establecida.

Estos dos procesos se completan con un tercero, de acumulación productiva, que iba desde una perspectiva macro, a nivel inter-monarcal, pasando por una perspectiva más local e incluso familiar. Es decir, que incluso el proceso de creación de un patrimonio por una familia campesina de escasos recursos se debía a una división familiar de las funciones económicas. Consecuentemente, cuando una unidad familiar conseguía aumentar sus ingresos para adquirir, por ejemplo, una yunta y un par de animales, o bien nuevos aperos, ello era gracias a la explotación de las mujeres de la familia.

A estos procesos habría que añadir la formación de una mentalidad supersticiosa, propia de sociedades precapitalistas, que, para resolver los problemas de convivencia que en todo colectivo humano surgen, utilizaban las acusaciones de un delito sin pruebas para catalizar las tensiones internas.

Estos delitos eran los de brujería, categoría muy imprecisa que englobaba toda aquella actividad supuestamente perniciosa y negativa, y causante de los males que afectaban a las poblaciones. El resultado de estos procesos fue la creación de una sociedad represora ya desde la construcción de las monarquías absolutas y del protocapitalismo a finales de la Edad Media.

De todo ello se deduce que el cambio en las estructuras económicas y sociales se basó en una persecución de todos aquellos que se resistieron a abandonar su independencia económica, su independencia de pensamiento o, simplemente, aquellos que no se ceñían a los engranajes de la maquinaria económica que el nuevo Estado y la nueva sociedad, en cuyo seno estaban germinando las clases basadas en la posesión de los medios de producción de riqueza, necesitaban.