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Finalmente, las ilusiones con las que los «europeístas» intentaban convencerse en los últimos días no se han cumplido y han dado paso, por el contrario, a su peor pesadilla: aunque por un ajustado margen, el inicio de la salida del Reino Unido de la UE es, por el momento, una realidad.

De inmediato, el nerviosismo ha dominado la reacción tanto de los jerifaltes de la Unión como de los mercados financieros, con pérdidas superiores al 12% en el caso del Ibex 35. Unos temores que han tenido su reflejo en la preocupación del reformismo representado en España por Unidos Podemos, y que contrastaban con la euforia de la ultraderecha europea de los Orban, Le Pen, Wilders, Farage y cía.

Y es que, a pesar de los llamamientos a la calma y los afanes tranquilizadores de todo el arco ideológico «europeísta», a nadie le cabe duda de que se abre un período de enorme incertidumbre e inestabilidad, tanto en lo económico como en lo político. Para empezar, con un partido conservador totalmente dividido, no parece que la negociación británica con la UE, que puede prolongarse por dos años, vaya a ser sencilla, cualquiera que sea el cariz que tome. Por otra parte, y como se esperaba, el Brexit ha dado alas al independentismo en Escocia, que al manifestar su preferencia por permanecer en Europa (con una escasa participación, por cierto) ha encontrado un nuevo apoyo para la secesión; tampoco la situación en Irlanda quedará al margen, y ambos procesos tendrían sus réplicas probables en otras nacionalidades, como Cataluña. En cuanto a los socios europeos, el resultado del referéndum ha reforzado las posiciones de la ultraderecha de los diversos países –que comparte el nacionalismo y la xenofobia de parte de los impulsores del Brexit–, con la ayuda destacada de unos medios de comunicación que se han esforzado en identificar los apoyos al Brexit con la extrema derecha, ocultando el papel de las fuerzas de la izquierda opuestas a la UE.

El escenario que se vislumbra es, por tanto, muy preocupante para la posición internacional del imperialismo europeo; una intranquilidad que comparten los líderes de la OTAN, ante la posibilidad de que el Brexit sea el inicio de un proceso de centrifugado de la UE que lleve a su descomposición y, por tanto, a su debilitamiento frente a otras potencias como China o Rusia.

Por su parte, Hollande se ha apresurado a postularse como líder de un nuevo impulso a la UE tras la salida del Reino Unido, abogando por la defensa de un «modelo europeo» que, cómo no, tendría la «seguridad de las fronteras» como uno de sus pilares.

Esa afirmación resalta el que es el verdadero núcleo del problema, por más que los voceros del capital lo nieguen. Es bien sabido que el Reino Unido siempre ha visto en la integración europea poco más que la materialización posible de su fracasada EFTA, un simple mercado común. La protección de los EEUU durante la “guerra fría” y el triunfo del neoliberalismo hicieron innecesarios compromisos adicionales, incluida la propaganda en torno a la «Europa social» con la que los líderes continentales procuraban revestir el proyecto político de la burguesía. Sin embargo, han sido las crecientes exigencias de una Europa volcada por completo en su “vocación” imperialista lo que, finalmente, ha hecho saltar las costuras de ese proyecto, amenazando incluso con disolverlo. La acelerada construcción de una “Europa fortaleza” frente a la miseria que ella misma ha creado en los países dependientes; el cada vez más frecuente recurso a la xenofobia como elemento de división y explotación de la clase obrera y como pretexto para recortar derechos políticos; la crisis económica producida por la voracidad del capital, que es a fin de cuentas el motor de la unificación; y las políticas de «austeridad» y de progresiva subordinación política a Bruselas con las que la Unión ha buscado reforzar su posición global frente a los competidores, han azuzado por todo el continente la lógica oposición obrera y popular.

En este marco, desde luego, no puede extrañar el triunfo del Brexit. Pero, además, en un contexto de derrota ideológica y política de la izquierda, de total entrega de la socialdemocracia a los presupuestos neoliberales (como es el caso de, precisamente, el Partido Laborista desde Tony Blair), y cuando categorías como “clase” se hallan proscritas del debate político, tampoco puede sorprender que amplios sectores obreros y populares busquen refugio en la nación (una nación concebida, en primer lugar, en oposición al refugiado económico  o político) para hacer realidad sus aspiraciones de soberanía política y bienestar material, como ya sucediera en la Alemania de la primera posguerra mundial.

En definitiva, los capitostes europeos y sus plumíferos podrán seguir con sus aspavientos de ofendida dignidad ante la decisión tomada por unos votantes rápidamente calificados como resentidos e ignorantes. Pero el veredicto expresado por los británicos no deja de ser el puñetazo en la mesa de unas masas oprimidas por la tendencia inexorable del capital a derribar fronteras y a extender su explotación. Lo negativo del referéndum no es, por tanto, el resultado en sí, sino su expresión política, que es hija del mismo fenómeno al que pretende oponerse. Y esa contradicción irresoluble no anuncia nada bueno para los pueblos, como en otras ocasiones.

Por eso, es engañosa e ilusoria la vuelta al “capitalismo de rostro humano” que los reformistas de toda Europa, España incluida, prometen como respuesta al Brexit. La explotación, la opresión, el imperialismo son consustanciales al proyecto europeo. Por eso, no puede haber «Europa de los pueblos» alguna, no se puede acabar con las dos fuerzas que han surgido con el capitalismo –el nacionalismo y la globalización imperialista–, si no plantamos cara al capital con decisión, si no agrupamos al proletariado y los sectores populares en torno a un programa de recuperación de la soberanía –y con ella de bienestar económico– para nuestra clase, derrotando al capital y al régimen político que lo sustenta. Para la toma del poder, en definitiva.

Comité Central del Partido Comunista de España (marxista-leninista)

25 de junio de 2016