El próximo 26 de junio, se celebrarán de nuevo elecciones generales. La situación no ha cambiado, sigue siendo muy dura: el paro permanece estancado por encima del 20 % desde hace cinco años; la precariedad crece y afecta especialmente a los jóvenes, las mujeres  y los mayores de 40 años, al tiempo que bajan los salarios y continúa paralizada la negociación de los convenios, los servicios públicos no se recuperan, etc.

Sobran por tanto las razones para echar al gobierno de los recortes; pero, a pesar de todo, el PP,  implicado en continuos escándalos de corrupción, mantiene importantes expectativas de voto, en tanto la movilización se ha debilitado en extremo. Se comprueba ahora que  las expectativas creadas por el “ciudadanismo” de canalizar políticamente la indignación de la mayoría trabajadora, expresada en una movilización general y generalizada de todos los sectores a lo largo de más de  cuatro años, no se ha cumplido.

La mayoría de las principales fuerzas que se presentan a estas elecciones ya han probado su carácter reaccionario y antipopular. De hecho, las dos grandes reformas de las últimas dos legislaturas: el artículo 135 de la Constitución que limita el endeudamiento del Estado y ha sustentado la campaña de recortes sociales, y el relevo de Juan Carlos I por su hijo, con el que el régimen del 78 pretende perpetuarse, fueron pactadas por el PP y el PSOE e impuestas violando las más elementales normas democráticas. Por otra parte, Ciudadanos, la otra opción de la derecha, es lo mismo que el PP, con un barniz populista.  Que no haya sido posible en estos seis meses que formaran gobierno y deban repetirse las elecciones, prueba las profundas contradicciones que viven los diversos sectores de la burguesía, lo que no significa que no mantengan una identidad esencial respecto de las grandes líneas de la política a aplicar contra el pueblo y la clase trabajadora. 

La presencia de una nueva coalición, Unidos Podemos, ha abierto ciertas expectativas entre importantes sectores populares. Siendo una necesidad acuciante desplazar al PP del gobierno por ser responsable de un periodo de recortes tan brutal como el que hemos vivido, es comprensible y razonable que muchos trabajadores apoyen con su voto a esta coalición.

Es cierto que la mayoría de los 50 puntos del programa de Unidos Podemos, a pesar de la ambigüedad de no pocos de ellos, resumen gran parte de las reformas concretas e inmediatas que la izquierda ha defendido siempre. Pero su aplicación no depende de enunciarlos en un documento. Por ese motivo, la renuncia expresa de los firmantes a incluir aquellos objetivos que pueden hacerlos posible, equivale a renunciar a su aplicación: ¿Cómo puede hablarse de ganar la democracia, si se olvida que la República es una exigencia democrática elemental? ¿Cómo hablar de una política de paz y solidaridad, si no solo se renuncia a desvincularnos de la OTAN sino que expresamente se coloca a representantes del militarismo agresivo de ese bloque militar en puestos relevantes en las listas de la coalición? ¿Cómo garantizar la ejecución de una política económica independiente, soberana y libre del dogal de la deuda, si se acepta plenamente la permanencia en la zona euro?

Por eso, si algo es evidente al inicio de la campaña electoral, es que no hay entusiasmo en los votantes, porque todos saben o intuyen que sea cual sea el resultado el 26 de junio, el gobierno resultante va a aplicar las directrices de la Comisión Europea y, con mayor o menor intensidad, continuaran los recortes y seguirán sin afrontarse los grandes problemas de fondo.

Se ha perdido una oportunidad de lograr la unidad popular de todas las fuerzas interesadas en un cambio real en España. Ese objetivo se ha sacrificado a criterios estrictamente electoralistas, que pasan por un acuerdo con la dirección del PSOE, responsable de muchas de las más graves agresiones a la mayoría trabajadora, lo que limita aún más las posibilidades de desarrollar una política de progreso social y democrático, a cualquier posible gobierno de izquierda. Frente al empuje de las movilizaciones populares de estos años, se ha vuelto a imponer, al menos coyunturalmente, la versión más limitada del pragmatismo.

Por eso, el aspecto determinante de estas elecciones, más allá de que finalmente se logre el objetivo de echar al PP del Gobierno, es la necesidad de prepararse para el inmediato futuro que va a ser de lucha. El larguísimo periodo electoral ha puesto sordina a nuevos problemas que apuntan en el horizonte y a los que habrá de hacer frente el gobierno que salga de las elecciones de junio: la Comisión Europea, por ejemplo, ha vuelto a confirmar su exigencia de un recorte adicional de 8.000 millones de euros y la más que probable imposición de una multa que puede superar los 3.000 millones, por el maquillaje de las cuentas públicas por el Gobierno Rajoy; todo apunta a nuevos recortes en las pensiones, etc.

Y afrontar esa pelea contra los planes de la oligarquía empresarial y financiera requiere reforzar las organizaciones populares y de clase, en lugar de diluirlas y colocar la representación en las instituciones del régimen en el centro de la actividad de la izquierda, como proponen los ciudadanistas.

Siguen existiendo lazos importantes entre las organizaciones populares y sigue existiendo por lo tanto una base sobre la que avanzar, pasado el periodo electoral, hacia la conformación de un verdadero frente popular articulado, no sobre la renuncia a los objetivos políticos transformadores, sino  en torno precisamente a aquellos puntos que pueden dar solidez a cualquier programa de reformas concretas, mínimamente creíble y que permita al proletariado y a los sectores populares organizarse unidos en la defensa de sus derechos.

Se ha trivializado sobre el papel de las organizaciones de clase y su necesidad, pero lo cierto es que como demuestra  la experiencia histórica de nuestra clase y podemos ver ahora en Grecia, Francia, Turquía, Ecuador y otros países en los que los trabajadores y sus organizaciones han vivido procesos parecidos al nuestro, es la organización de clase, son los sindicatos (a pesar de sus cúpulas) y asociaciones populares los que dan garantía de continuidad en la lucha por la emancipación.

Por eso, los comunistas vamos más allá de la coyuntura y somos plenamente conscientes de la necesidad de unidad popular, pero también sabemos que ésta no puede sustentarse en renuncias fundamentales.

Por eso, tras las elecciones va a continuar redoblada la pelea de las clases trabajadoras por el futuro y los comunistas del PCE (m-l) seguiremos plenamente comprometidos con ella. Hasta entonces:

¡Ni un voto a la derecha!

¡Unidad, claridad y firmeza!

¡Por la República y el socialismo!

Madrid, 30 de mayo de 2016

Comité Ejecutivo del PCE (m-l)