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Ha empezado la campaña electoral y la mercadotecnia domina el debate político nacional. Las cadenas de televisión, al servicio todas de uno u otro sector del bloque de poder, organizan debates en los que todos los candidatos (precisamente las fuerzas que han hecho de la “participación” el eje básico de su programa, son las que más identifican su “producto” con la imagen de sus “lideres mediáticos”) intentan vender su “producto” en un mercado saturado de promesas, en el que hasta Rajoy y su gobierno, responsables de la reforma laboral, la ley mordaza, los recortes educativos y sanitarios, la reforma reaccionaria del código penal, las privatizaciones, los Gürtel, Bárcenas, etc., hacen malabarismos para aparecer como más “sociales”, más “participativos” y mas “democráticos”.

Hemos pasado, en apenas un año, de una situación de efervescencia política y movilizaciones multitudinarias, en la que parecía evidente una derrota histórica del ultra reaccionario PP, a otra en la que se consolida el PP y gana protagonismo la versión de derecha del “ciudadanismo” encabezada por Albert Rivera.

En este contexto, muchos compañeros se preguntan a quién votar, cómo lograr que la energía desarrollada por el movimiento popular se canalice en el terreno político electoral. Y, por desgracia, no es posible ser optimistas.

La labor consciente de muchos dirigentes de la izquierda institucional frente al fenómeno ciudadanista, (cuya versión más depurada en el campo popular la representa PODEMOS) que renunciaron a dar la batalla contra los postulados interclasistas, diluyentes y reformistas de esa corriente, favoreció una primera ofensiva del “ciudadanismo” que creó la ilusión de que era posible derrotar a la derecha en su campo y con sus reglas de juego; y era posible hacer avanzar los intereses de las clases trabajadoras sin poner fin al régimen que da sustento al dominio del bloque de poder oligárquico que atenaza nuestro país y marca las prioridades políticas del gobierno de turno.

La cuestión es que, como hemos señalado en más de una ocasión, las elecciones del 20D no van a suponer, sea cual sea su resultado, ningún cambio en el panorama político a corto plazo. Se ha perdido una ocasión histórica para encarar la tarea de ruptura real con el régimen postfranquista que representa la monarquía Borbónica. De hecho, lejos de avanzarse en la unidad, como pretendían algunos para justificar sus renuncias políticas, cuando más necesario es presentar un frente popular contra la derecha, es cuando más dispersa, desorientada y confusa se presenta la izquierda a unas elecciones.

Que nadie dude que, tras el 20 D, terminado el espectáculo mediático, las promesas quedarán en nada frente a las imposiciones de la oligarquía española y europea que ya ha anunciado que cualquiera que sea el gobierno que salga de las urnas deberá cumplir con los objetivos de déficit impuestos por la Comisión Europea. Las mejoras sociales y los avances democráticos que anuncian las promesas de los principales candidatos darán paso a las verdaderas prioridades de la burguesía: continuar la ofensiva de recortes, contra la mayoría trabajadora. Lo hemos visto en Grecia donde terminó imponiéndose en el campo popular una versión pequeño burguesa del “ciudadanismo”.

Los comunistas nunca hemos ocultado el valor limitado de unas elecciones que se dan en el marco del capitalismo, en las que el bloque de poder monopoliza los medios de prensa y propaganda, impone sus tendencias gastando lo que sea necesario para aupar a los candidatos más aceptables para el sistema, por muy vacíos que sean en realidad. Pero no renunciamos tampoco a dar la batalla en el campo electoral cuando ello refuerza la lucha de nuestra clase por la emancipación. No es el caso. Todas las opciones en liza que en el campo popular tienen posibilidades de obtener algún diputado, aceptan explícitamente el marco político actual, y plantean únicamente una reforma, simple cosmética, pues no es posible ir más allá sin acabar con el régimen monárquico, o bien le cuestionan, y tímidamente, por mero rédito electoral sin que forme parte coherente de su estrategia de lucha. Posiblemente, pongan en marcha una reforma constitucional que cierre el proceso de segunda transición que, como la primera, mantenga en el poder a la misma clase dominante. En esta situación, nuestra participación, únicamente hubiera contribuido a una mayor dispersión y confusión.

En estas condiciones, los comunistas no podemos recomendar con carácter general el voto a ninguna de las candidaturas en liza; ninguna ha contribuido a corregir el alocado rumbo político de la izquierda, ni a trabajar con lealtad y objetivos claros por la unidad en un momento en el que los postulados “ciudadanistas” marcan el debate. No obstante, a pesar de la dispersión lamentable, en determinados lugares se presentan compañeros y candidaturas dispuestos a trabajar por la unidad de la izquierda, por la ruptura y por la República, a los que debemos reforzar con nuestro voto. Si en nuestra circunscripción no se da esta circunstancia, de cualquier forma debemos intervenir activamente para evitar que los votos populares apoyen a las fuerzas de la derecha, se vista esta como sea.

Han sido tantas las expectativas que han creado las elecciones del 20D que no pasará mucho tiempo antes de verse claramente los límites del juego electoral en la España monárquica y quede claro como el agua que sin ruptura, sin República, no hay posibilidad de cambiar nada sustancial.

Hasta ese momento en el que se imponga la necesidad de unir a las clases trabajadoras en un amplio frente popular por la ruptura con el régimen monárquico y por la República, debemos avanzar en la labor de la unidad de la izquierda sobre esas bases. Hasta que eso sea posible debemos esforzarnos por crear instrumentos que desbrocen el camino hacia ella, por la única vía posible: al margen del régimen y contra él.


11 de diciembre de 2015
Comité Ejecutivo del PCE (m-l)