Por Santiago Baranga

Desde la elección de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos, hemos escuchado un rosario de lamentaciones y premoniciones, provenientes del progresismo bienpensante, acerca de las calamidades que se avecinan. En contraste, los creadores de opinión han procurado pasar de puntillas sobre las políticas llevadas a cabo por los demócratas en los últimos años, bien conscientes de las lecciones que plantean.

Algunos augurios son sintomáticos de lo que realmente preocupa a los think tank del sistema, muy en particular los europeos: se trata del proteccionismo y la OTAN, puesto que se cuestiona los dos pilares sobre los que se ha asentado el “orden internacional” que siguió a la caída del bloque revisionista. Así, una analista advertía que, al ser Trump un admirador declarado de Putin, va a dejarle actuar sin cortapisas, «y es necesario parar los pies a Rusia».

Es decir, que lo que preocupa a los ideólogos del imperialismo es ¡que las rivalidades interimperialistas se desarrollen hasta sus últimas consecuencias!

Es cierto que las simpatías putinianas de Trump pueden facilitar una expansión de los intereses rusos en áreas sensibles para la Unión Europea, como la frontera entre ambas, el Cáucaso y el Próximo Oriente. Y esto no sólo va a poner aún más nerviosos a los ultraderechistas gobiernos de la zona, sino que –sobre todo si se hacen realidad las declaraciones sobre la financiación de la OTAN– debilitará la posición geoestratégica de la UE. Está por ver hasta qué punto, pero lo que está claro es que la desintegración de la Unión ya no es un hecho inimaginable. Sin embargo, también es verdad que los nombramientos en el área de la Seguridad Nacional tienen mucho de continuidad –radicalizada– respecto a la Administración Bush, y que en el caso del Próximo Oriente la escalada intervencionista está mucho menos clara que con la sionista Clinton en la Casa Blanca.

El otro quebradero de cabeza es el posible repliegue del librecambismo, en expansión desde 1992. Parece claro que, en los EEUU, quienes por ahora tienen más motivos de preocupación son los capitales más internacionalizados, aquellos que han obtenido beneficios sin cuento de la globalización de los mercados financieros, la caída de las barreras comerciales y la apertura de nuevas y pujantes economías a las inversiones y la deslocalización; y que hasta ahora, por cierto, habían financiado tanto a republicanos como a demócratas. Y es que, si se cumplen las promesas de Trump, sería la hora de los capitales “nacionales”, los más dependientes de un mercado interno golpeado por la precariedad, la pobreza, la desindustrialización y una competencia externa creciente. En consecuencia, el primer y notable efecto de esta tendencia ha sido la congelación del TTIP con Europa, tras años de negociaciones secretas.

Sin embargo, Trump no es un burdo payaso surgido de la nada –o del catetismo de la América profunda–, como se nos quiere hacer creer, sino el producto del desarrollo capitalista y de una socialdemocracia (o su equivalente yanqui) que ni tiene ni puede tener proyecto alternativo.

En primer lugar, hay que señalar que las dos cuestiones indicadas no suponen hechos excepcionales en la historia norteamericana. De hecho, a lo largo del siglo XX se han producido etapas de aislacionismo y proteccionismo, en función de los intereses de la clase dominante, o de su fracción hegemónica. Como apuntábamos, el fenómeno Trump responde a la configuración de una nueva hegemonía, capaz de incorporar a crecientes segmentos obreros y populares en torno a una alianza –frágil, pero que lleva tres décadas fraguándose– entre los sectores tradicionalistas y los neoliberales. Que por el momento los defensores del nacionalismo económico (apoyados por el conservadurismo religioso, particularmente evangélico) parezcan haber ganado la partida a Wall Street no les asegura la victoria, aunque los vientos que soplan en Europa parecen corroborar el viraje proteccionista. Son las consecuencias de la destrucción generada por treinta años de políticas neoliberales, que han mostrado a millones de personas la verdadera faz del capitalismo. La tendencia a la concentración del capital y la ruina generada han favorecido el crecimiento del nacionalismo también en los EEUU, favoreciendo una alianza de clases por la derecha. Y, tal y como hemos venido advirtiendo desde hace tiempo, nos encontramos en un período de reconfiguración de las alianzas que llevará, tarde o temprano, a un enfrentamiento que no tiene por qué ser bélico, pero sí puede adoptar la forma de guerra comercial. El triunfo de Trump, desde luego, lo pone un poco más cerca.

De la misma manera, tampoco el aislacionismo es nuevo en la Casa Blanca. Al fin y al cabo, sería comprensible que elementos de la política y la economía tuvieran la sensación de estar perdiendo pie en el contexto internacional (debido a la fluidez de las alianzas, la dependencia financiera externa, las exigencias que supone la defensa de la UE…), y pretendieran dar más solidez a las bases económicas y políticas sobre las que reconstruir su hegemonía global en un plazo lo más breve posible. Las ventajas de incorporar a buena parte de las clases subalternas a ese giro, siquiera temporal, con un discurso populista, son evidentes. De lo que no cabe duda es que, si llega a producirse un viraje aislacionista, acabará tan pronto como los intereses de la oligarquía norteamericana se vean amenazados, como sucedió en 1941 (después de varios años de contemporizar y dejar hacer a otro rival con ansias expansionistas: Hitler). Otra cosa es que se calcule bien la duración del paréntesis para no dar una ventaja irreversible a los rivales exteriores; y, sobre todo, que las medidas en las que se vaya a concretar este programa acaben beneficiando realmente a los trabajadores norteamericanos.

Porque lo que sí parece claro es que la victoria de Trump va a tener hondas repercusiones sobre la política interna. Por una parte, porque las proclamas racistas amenazan con reavivar el nunca resuelto conflicto racial y étnico. Por otra, porque el triunfo en solitario, frente a su propio partido, previsiblemente acentuará las tendencias bonapartistas y fascistas que ya ha demostrado en campaña. Y, en tercer lugar, porque va a resultar muy difícil conciliar las diferentes promesas llevadas a cabo en campaña en cuanto a empleo, impuestos, reactivación económica y gasto militar. Un proceso que puede reavivar la protesta obrera y popular, pero también abrir la puerta a opciones aún más a la derecha, dado que el fenómeno Trump indica el deslizamiento de sectores más amplios hacia esas posiciones, como mínimo rayanas con el fascismo.

Por otro lado, el Partido Demócrata ha recogido los frutos del proceso de oligarquización que le llevó a identificarse cada vez más con los intereses del capital financiero. Con ello, no solamente ha socavado la base material (el empleo industrial) que sostenía al sindicalismo colaboracionista de la AFL-CIO, sino que se ha ganado la animadversión de crecientes sectores obreros y populares. Ante esta deriva, el único sustitutivo que los demócratas han ofrecido a sus bases ha sido una política basada en las “identidades”, confiando en que mujeres y minorías iban a entregar su voto a cambio de la palabrería en torno a sus problemas específicos, y frente a los exabruptos de Trump contra hispanos, árabes y mujeres, especialmente.

No ha sido así, y Trump ha mejorado sus resultados entre los votantes afroamericanos, hispanos y de origen asiático, que han puesto la preocupación por el empleo y su bienestar material por delante de su “identidad”, demostrando bastante más sentido común que sus presuntos dirigentes. Una lección de la que deberían tomar nota todas esas “izquierdas” que pretenden que la lucha de clases es una antigualla, y que la opresión y la hegemonía son una mera cuestión lingüística.