Por A. Bagauda | Octubre nº 87

La burguesía ha abierto dos nuevos frentes, uno aquí y otro en Europa, contra la clase obrera. Por una lado la patronal (CEOE y CEPYME) y por el otro la Unión Europea del Capital. La primera quiere, entre otras cosas, abaratar los despidos aún más. La segunda, más recortes con el pretexto del déficit. Veamos.

La patronal ha enviado a todos los partidos políticos un documento (“Quince reformas para consolidar la recuperación”) de cara a las elecciones generales de diciembre, en la que plantea una serie de propuestas entre las que destacan: 1) abaratamiento del despido: “reducir el coste del despido objetivo”; 2) “Flexibilizar las condiciones de jornada y salario” y “Eliminar las rigideces y la judicialización de los despidos colectivos”; 3) “vincular la prestación del paro al seguimiento del proceso de empleabilidad”; 4) rebaja de las cotizaciones a la Seguridad Social; 5) adelantar la implantación de la edad de jubilación a los 67 años y cálculo de la pensión utilizando toda la vida laboral; 6) “Configurar el turismo como prioridad política”.

 ¿Qué significan, grosso modo, estas medidas? Una vuelta de tuerca más. Que los trabajadores cobren menos salario y de indemnización por despido, que se desregularice aún más el mercado laboral quedando los trabajadores más indefensos y pierdan derechos, que haya menos desempleados cobrando prestaciones, que la patronal pague menos a la Seguridad Social y esté sujeta a menos control, que los pensionistas lo sean cuanto antes a los 67 y cobrando menos, y volver al modelo productivo que hizo estallar la crisis, basado en el turismo, el ladrillo y la especulación. Y es que, piensan y dicen los empresarios, salen muy caros los trabajadores, la competitividad (basada en nuestro país fundamentalmente en el empeoramiento de las condiciones laborales) se ve “ampliamente mermada” por los costes laborales y hay demasiada rigidez aún en el mercado laboral. Todo redondo para ellos; una agresión más, si se materializa, contra la clase obrera.

Y esto cuando los trabajadores han visto reducir sus salarios un 8% desde 2010, el 33% de la población asalariada cobra un salario inferior o igual al SMI (2012) y el empleo que se crea es precario; cuando hay 13 millones de pobres en nuestro país y gran parte de los nuevos pobres son asalariados (aproximadamente un 12,5 % de los trabajadores) que han pasado a esa situación debido a la constante devaluación salarial; cuando la tasa de protección por desempleo es del 31,6 % (2014); y cuando España es el segundo país con mayores desigualdades de la UE. Pero la ganancia del capital no entiende de salarios de hambre, ni de pobreza, ni de desigualdad.

Por su lado, la Comisión Europea, con el señor Moscovici a la cabeza y conocidos los PGE para 2016, ha señalado que España no cumplirá con el déficit establecido para 2015 (4,2 % PIB; se prevé un 4,5 %) y 2016 (2,8 %; se prevé un 3,5 %): “Hemos pedido a las autoridades que tomen las medidas necesarias para asegurarse de que el Presupuesto de 2016 se ciñe a la estabilidad presupuestaria. Para 2015, pedimos que el presupuesto sea ejecutado de forma estricta. Se confirma, por lo tanto, el riesgo de incumplimiento».

Qué significa esto: nuevos recortes, peor distribución de la riqueza, peores servicios públicos y sociales, en suma, peores condiciones de vida. Se está presionando para que el nuevo Gobierno que salga de los comicios de diciembre los ponga en marcha, que vuelva a presentar un Presupuesto para 2016 “que se ajuste y esté conforme con el pacto de estabilidad y crecimiento”.

Ambas ofensivas se dan en un contexto internacional de recesión económica en países tan importantes como Canadá y Brasil, de disminución del crecimiento de China y la caída de su bolsa, que ha hecho saltar las alarmas de todos los parques bursátiles, y ralentización de la recuperación de los países de Europa. Es decir, podemos estar a las puertas de una nueva crisis o recrudecimiento de la actual, y eso en términos políticos se traduce en futuras agresiones contra los trabajadores y los pueblos. Un contexto donde la tasa de ganancia global sigue disminuyendo y para aumentarla, máxima del capitalismo, no hay margen alguno para las opciones políticas reformistas. El capitalismo imperialista y su crisis ponen a la sociedad en el brete de una disyuntiva: esclavismo moderno, mayor explotación y depauperación de las vastas masas trabajadoras o cambio revolucionario, de ruptura con las estructuras de que se ha dotado.

Lamentablemente, estos ataques (y esa disyuntiva) en nuestro país se van a dar en una situación de gran debilidad del sujeto revolucionario, de la clase obrera, con unas organizaciones de clase mermadas, desorientadas y carcomidas por el oportunismo: los sindicatos de clase, con una dirección que ha claudicado y está paralizada; la izquierda política con el predominio ideológico castrante del “ciudadanismo”; y un campo comunista que si bien apunta una reactivación sigue estando atomizado.

Sólo se puede hacer frente a esta situación si la clase obrera, en primer lugar, y el resto de clases trabajadoras y populares se arman tanto desde el punto de vista organizativo como desde el ideológico y político.

Es fundamental la unidad del proletariado, su toma de conciencia como clase y el fortalecimiento de sus organizaciones sindicales, lo que pasa por reforzar y unificar las posiciones de clase y combativas en su seno y echar a toda la caterva de dirigentes oportunistas y traidores a la clase obrera.

Es necesario reforzar y unir a la izquierda, establecer lazos y unidad de acción con todas aquellas fuerzas y sectores rupturistas, con la perspectiva de avanzar hacia la construcción de la unidad popular que quiebre el brazo a la oligarquía rompiendo su armazón institucional: el régimen del 78.

A nuestro juicio, esto exige un fortalecimiento del campo comunista, que pasa por una coordinación de los sectores, organizaciones y personas comunistas, porque, como se dice en otro artículo de este número, “solo los comunistas, con nuestras armas ideológicas [...], la disciplina, la organización, el compromiso militante y la dialéctica como instrumento de análisis de la realidad, pueden ser una garantía para que la clase trabajadora pueda enfrentarlos (los tiempos difíciles que se avecinan)”; garantía para combatir la ideología y la política pequeño-burguesa del “ciudadanismo”, sostén de la burguesía; para poner claridad y orden en una situación de gran confusión ideológica en la izquierda; y para impulsar, desarrollar y unificar las corrientes de clase y combativas en los grandes sindicatos.

Sabemos que la tarea no es fácil y es larga, pero también que no hay otra salida si queremos parar las agresiones que se avecinan y, llegado el momento, pasar a la ofensiva.  ¡Manos a la obra, eliminando cualquier obstáculo que se levante en ese camino!