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Por Efrén H. | Octubre nº 87

Es frecuente escuchar a muchos periodistas y tertulianos que Rajoy no tiene un proyecto político para España, a diferencia de Suárez, Felipe González o Aznar (¡ojalá no lo hubieran tenido!). Llevados quizás por la estulticia del presidente y su mediocridad intelectual, no advierten que Rajoy sí que ha diseñado una estrategia política que no le está dando malos resultados.  Se le acusa de no tomar decisiones y dejar pasar el tiempo para que los problemas se soluciones por si solos, pero ese laissez faire, laissez passer  presidencial es en sí mismo un proyecto político.

En lo más duro de la crisis, cuando las movilizaciones sociales arreciaban y el sistema político parecía a la deriva, Rajoy consideró simplemente que el temporal amainaría. Se trataba de resistir hasta que la tempestad remitiese. Y en buena medida es lo que ha sucedido. El bipartidismo no se ha hundido, como algunos analistas poco perspicaces pronosticaban, aunque el panorama político se ha hecho más complejo.

La movilización social ha disminuido radicalmente y la monarquía ha recuperado popularidad tras la abdicación de Juan Carlos. Es cierto que el gobierno tiene en el independentismo catalán un serio problema, pero las recientes elecciones han demostrado que más de la mitad de los votantes no están por la apuesta soberanista. Por otra parte, las expectativas levantadas por Podemos se van desinflando y parece evidente -y así lo han puesto de manifiesto las elecciones en Cataluña- que el partido de Pablo Iglesias está lejos de asaltar los cielos. En cuanto al ascenso de Ciudadanos, el Partido Popular tiene claro que siempre podrá llegar a un pacto, como ya  ha sucedido en la Comunidad de Madrid.

La supuesta inactividad de Rajoy le ha proporcionado unos buenos réditos políticos, además de ir promulgando un conjunto de leyes que cercenan gravemente los derechos y libertades de los ciudadanos. En poco tiempo el panorama político ha cambiado radicalmente y es bastante probable que el Partido Popular gane las elecciones del 20 de diciembre, aunque no con mayoría absoluta. Pero en su travesía Rajoy no ha estado solo, ha tenido un singular compañero de viaje.

Cuando parecía que la monarquía estaba seriamente tocada y  que el sistema político salido de la transición tocaba a su fin, cuando la posibilidad de una ruptura política tenía visos de convertirse en realidad, cuando la indignación de amplios sectores sociales amenazaba con trastocar  el tinglado institucional de la oligarquía, todas esas expectativas se han diluido como un azucarillo en el agua.  ¿Cómo es posible que la izquierda  haya perdido una oportunidad tan clara para alcanzar la ruptura republicana?

La respuesta no es sencilla, pero es evidente que hay responsables con nombres y apellidos. En un momento en que amplios sectores de las clases populares protestaban en las calles y en las manifestaciones proliferaban las banderas republicanas, lo que se necesitaba era dar una orientación política a las masas, trazar un objetivo político, organizar y dirigir esa indignación para combatir la monarquía y luchar por la República. Lo urgente y prioritario era un proyecto político claro sobre el que construir la unidad popular.  Izquierda Unida tiene una grave responsabilidad en lo sucedido, pero ha sido Podemos quien ha frustrado la posibilidad de organizar una alternativa política. Como ya ocurriera con la socialdemocracia en 1918-1920, que traicionó la revolución proletaria aliándose con la burguesía para salvar el sistema capitalista, Podemos hace su aparición para desmovilizar a las  clases populares, difundiendo unas consignas  que rechazan la organización, diluyendo  la política de izquierdas en un vago ciudadanismo, fomentando la ambigüedad ideológica y combatiendo la necesidad de la ruptura política.

Objetivamente, Pablo Iglesias se ha convertido en el aliado de Rajoy para reflotar el modelo político oligárquico que se diseñó en los años de la mal llamada transición democrática. El que a sí mismo se denomina coleta morada aparece en escena para encauzar la movilización popular en una dirección aceptable para las clases dominantes. La atención que le han prestado los medios de comunicación, y que le siguen prestando, no es una casualidad. Si Pablo Iglesias defendiera la ruptura con la monarquía y apostara por la Republica, ¿las televisiones le abrirían sus puertas tan generosamente como lo hacen ahora? No, rotundamente no. 

La responsabilidad de los dirigentes de Podemos es enorme, porque ha generado una inmensa ilusión en gente que es honesta y que pronto verá frustradas todas las esperanzas que ha puesto en esa formación política. Esa frustración  reforzará el rechazo de la política, contribuyendo a la expansión de los movimientos fascistas. La conjunción de crisis económica, frustración y ausencia de alternativas políticas constituye una mezcla explosiva.

Nosotros, comunistas, tenemos la obligación de denunciar la política de Podemos, sin estridencias, sin salidas de tono, pero hablando claro y llamando a las cosas por su nombre.