Por Carlos Hermida | Octubre nº 88

Al finalizar la Primera Guerra Mundial, Italia se encontraba en una situación de crisis generalizada, económica, social, política y moral. La guerra trajo consecuencias desastrosas para las clases populares, pero proporcionó gigantescos beneficios para los grandes grupos empresariales: Ansaldo, Ilva y Fiat, entre otros.  La desmovilización del Ejército provocó un rápido incremento del paro, debido a que la economía era incapaz de absorber a la masa de hombres que volvía de los frentes de batalla. El creciente desempleo, combinado con una fuerte inflación originada por el desabastecimiento, desembocó en múltiples conflictos sociales y huelgas, tanto entre los trabajadores industriales como entre los obreros agrícolas. En 1919 hubo 1.871 huelgas en las que participaron 1,5 millones de trabajadores.

Aproximadamente la mitad de los conflictos terminó con la victoria de los obreros. Paralelamente a las victorias laborales, crecía el número de afiliados a los sindicatos. A finales del año, la Confederación General del Trabajo (CGL) superaba el millón de trabajadores y el número de obreros organizados en las diferentes centrales sindicales llegó a 3,8 millones, cinco veces más que antes de la guerra. Los obreros agrícolas del norte del país organizaron “ligas rojas” y los campesinos del sur de Italia y la región del Lacio llevaron a cabo ocupaciones de tierras.

A las protestas sociales se unía un sentimiento de frustración nacional, porque Italia, que había tenido 600.000 muertos en la contienda, no había obtenido todas las reivindicaciones territoriales exigidas cuando entró en la guerra en 1915. En especial,  la intención de entregar   la ciudad de Fiume a Yugoslavia se sentía como un engaño cometido por Francia e Inglaterra, convertidas en las grandes beneficiarias de la victoria. El tremendo coste humano de la guerra y las escasas compensaciones territoriales obtenidas en la Conferencia de Paz de París desacreditó a los partidos burgueses tradicionales que sustentaban la monarquía de Víctor Manuel III. En las elecciones de noviembre de 1919 el Partido Socialista  Italiano (PSI) obtuvo 1,7 millones de votos, seis veces más que antes de la guerra,  y logró 156 escaños de los 500 que componían el Parlamento. En el PSI se fue configurando una corriente revolucionaria,   organizada en torno al periódico “Ordine Nuovo” y en la que participaba activamente Gramsci, que proponía el derrocamiento del estado burgués y la implantación de la dictadura del proletariado.

En esta situación de crisis se fundaron en Milán, en marzo 1919, los “Fasci  di  Combattimento”, organizados por Benito Mussolini (1883-1945), quien  había pertenecido al partido Socialista hasta el comienzo de la guerra. Los fascios  eran antiparlamentarios, nacionalistas, anticomunistas y empleaban también la retórica anticapitalista. Los fascistas adoptaron el saludo a la romana y la camisa negra, adquiriendo desde el primer momento un carácter paramilitar y empleando una violencia brutal contra los militantes de izquierda.  En su programa, publicado el 6 de junio, defendían la participación de  los representantes de los trabajadores en el funcionamiento técnico de la industria, la confiscación del 85% de los beneficios de guerra, un fuerte impuesto progresivo sobre el capital y la confiscación de los bienes de todas las congregaciones religiosas.  Se trataba de un discurso demagógico que pretendía atraerse a los sectores sociales más castigados por la crisis.   A finales de año, los fascios contaban solamente con unos miles de afiliados, una buena parte excombatientes sin trabajo, resentidos por lo que consideraban una victoria mutilada,  acostumbrados a la violencia de la guerra e inadaptados a la vida civil. También se unieron al fascismo algunos pintores de vanguardia (los futuristas). Mussolini, un excombatiente,  les ofreció un banderín de enganche demagógico y atrayente: una revolución fascista que regeneraría la patria y devolvería a Italia la grandeza de la antigua Roma. Para conseguirlo, había que librarse de la democracia parlamentaria, los sindicatos y los partidos obreros.

Durante 1920  la lucha de clases  se hizo más profunda y en el segundo semestre del año comenzaron las ocupaciones de fábricas. El movimiento de ocupación se inició en Milán y se extendió por el norte de Italia, donde medio millón de trabajadores participaron en la formación de Consejos de Fábrica, abriéndose en el país una situación revolucionaria. Sin embargo, el movimiento fracasó porque el Partido Socialista, dividido en tendencias (derecha, centro e izquierda), no estaba dispuesto a desencadenar la revolución. Finalmente, los trabajadores abandonaron las fábricas a cambio de mejoras salariales. La ocupación de fábricas tuvo consecuencias importantes: por un lado, la clase obrera salió desmoralizada de la experiencia; por otro, la burguesía, atemorizada por la fuerza del movimiento obrero, consideró que el mantenimiento del capitalismo pasaba  por la destrucción de las organizaciones obreras y del sistema parlamentario. A partir de ese momento, las organizaciones empresariales comenzaron a financiar generosamente a los fascistas. 

En Italia se daban condiciones objetivas para el triunfo de la revolución, pero faltaba el elemento subjetivo, un partido revolucionario capaz de dirigir la lucha del proletariado hacia la toma del poder. Lo peor que pudo suceder fue asustar a la burguesía, amagar con la revolución y no realizarla. Las clases dominantes italianas reaccionarán con furia contra el proletariado.