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Por J. Romero

Hace apenas año y medio, se desarrollaba en España una movilización general que había colocado al bipartidismo contra las cuerdas. Dispersa, sí, sin objetivos políticos claros, también, pero generalizada. Hoy, sigue la dispersión y la falta de claridad en los objetivos políticos, algunas de aquellas mareas continúan por inercia, pero debilitadas en extremo; en definitiva, la paz social parece haberse impuesto.

Y todas las energías de la izquierda se centran en las elecciones del próximo mes de diciembre que cerrarán un largo ciclo electoral, iniciado en Andalucía. En este año y medio hemos asistido a un a veces grotesco baile de “convergencia”, que en realidad no pasaba de ser una pelea por la redefinición interna de fuerzas en la izquierda institucional; una pelea, en la que un sector de cuadros jóvenes (y no tan jóvenes que han tenido la “habilidad” de nadar a favor de corriente) comprometidos con el modelo institucionalizado y reformista de sus predecesores,

a los que hasta entonces asesoraban pero apartados de la dirección efectiva de las organizaciones, han pasado a disputarles la dirección, apoyándose en una aparente “renovación” del mensaje que tenía dos notas características, particularmente peligrosas: la indefinición ideológica (expresada en múltiples coletillas: ni de derechas ni de izquierdas, los de arriba y los de abajo, lo que la gente diga, etc.) y el rechazo visceral a la organización, sustituida por un modelo que lejos de fomentar la participación y el control de los militantes, individualiza aún más la vida interna de la organización, aísla más a unos de otros y facilita el control del aparato por un pequeño grupo de lideres mediáticos.

Tras la torpe reacción inicial (no hay ejemplo mejor de ella que lo que pasó en IU Madrid, con la celebración de unas primarias que nadie, por unas u otras razones, ha reconocido luego) los dirigentes de la mayoría de fuerzas políticas de la izquierda siguen empeñados en apartar deliberadamente del debate político los objetivos que debieran ser centrales en él, particularmente dos: la ruptura con el régimen de la transición y la conquista de un modelo republicano que haga efectiva y viable esa ruptura. Acuciados como están por “otras prioridades sociales” (en palabras de uno de ellos), se han centrado los últimos meses en un baile de encuentros cupulares con los dirigentes de las diversas corrientes ciudadanistas, en los que todo se ha limitado a determinar si la “confluencia” se daba en toda España o territorialmente y si el nombre de las distintas plataformas debería contener (como exigen Pablo Iglesias y su equipo) o no, el término Podemos; e incluir (como pedía Alberto Garzón y a lo que se negaban aquellos) o no el nombre de las fuerzas que eventualmente participaran en ellas. Eso ha sido todo. Del resto: programa, estructura organizativa que garantice que tras las elecciones se mantengan las candidaturas y se coordinen entre sí, etc., nada de nada.

En el camino, además, un sector importante de militantes honrados, comprometidos con los valores de izquierda, críticos con la deriva institucionalizada de esas organizaciones y dispuestos a trabajar de verdad por la unidad popular, han sido apartados bruscamente de la organización, cuando no expulsados sin contemplaciones ni formalismos democráticos. Los principales actores de esta farsa, son conscientes de que la unidad de la izquierda es una necesidad imperiosa para enfrentar las acometidas del régimen que apuntan en el horizonte inmediato.

Y es que, aunque la proximidad de las elecciones ponga sordina a los problemas y amplifique los pocos datos esperanzadores sobre la evolución de la crisis económica y social en España, los nubarrones no se han disipado, ni mucho menos (agravamiento de las tensiones políticas internas en la UE, incremento de las turbulencias económicas en los países “emergentes”, aumento de las contradicciones entre las potencias imperialistas, etc.), por lo que son de esperar nuevos y más profundos ataques a los derechos de la mayoría trabajadora. Pero el concepto de unidad popular que barajan nada tiene que ver con el que permitió en su momento a la izquierda de clase hacer frente a la reacción envalentonada, nada tiene que ver con la idea de un frente popular contra la oligarquía; juegan continuamente con conceptos e ideas a las que se da un significado absolutamente distinto, sino contrario, al que siempre han tenido para los trabajadores: sin objetivos políticos, definición ideológica y estructura orgánica propios, la unidad popular de la que hablan, no es más que un nombre, un cascarón vacío para perpetuar la sumisión de la izquierda a los límites de un modelo político perverso, cuyas consecuencias sufren millones de familias trabajadoras; otro tanto sucede con el concepto de “participación”, que se trivializa confundiendo el compromiso consciente del militante, el debate y la vida colectiva dentro de la organización con una consulta formal en la que el “inscrito” se limita a pulsar un “me gusta” en su ordenador.

Como hemos visto estas pasadas semanas, siendo que insisten hasta el aburrimiento en su amor por la participación sin las “cortapisas que determinan los aparatos de partido”, etc., lo cierto es que la sucesión de encuentros, rumores mentidos y desmentidos sobre el resultado final de la confluencia, (una de cuya primera expresión en Cataluña, con Catalunya Si Que Es Pot, deja mucho que desear, dada la abundancia de viejas caras de dirigentes de la izquierda institucional y del sindicalismo oficialista), se ha hecho al margen de la militancia de las distintas organizaciones implicadas, cuya participación se ha limitado a votar en unas primarias cuyo resultado, como tantas otras veces, se sabía por anticipado. Todas estas renuncias, ¿a cambio de qué? ¿Qué ha sido de aquel objetivo expresado por el núcleo dirigente de PODEMOS hace ahora justo un año: ganar las instituciones para el “ciudadano” y vencer en las próximas generales al bipartidismo, a cuya consecución se ha supeditado todo estos meses? Si las “urgencias sociales” tapaban los objetivos políticos; si la imperiosa necesidad de derrotar en las urnas al bipartidismo y ganar así las instituciones, justificaba diluir la “unidad popular” en un batiburrillo “ni de derechas ni de izquierdas”; cabe preguntarse si se ha avanzado en estos objetivos, si ha merecido la pena tanta renuncia. Y, ahora empezamos a tener datos que nos permiten valorar someramente si aquel objetivo se está cumpliendo.

El balance no es, desde luego, muy halagüeño: en las elecciones celebradas hasta ahora, el “ciudadanismo” no solo no ha sido capaz, en general, de superar los resultados que ya había logrado Izquierda Unida en solitario, sino que tampoco ha podido ganar las instituciones para el ciudadano, ni atajar significativamente ninguno de los grandes problemas a los que hace frente la mayoría trabajadora. Es más, las últimas encuestas vienen a ratificar un refuerzo de la derecha bipartita tras un cierto debilitamiento inicial: es verdad que a los aparatos de PP y PSOE, se ha incorporado el eco populista de Ciudadanos y PODEMOS, que cubren sus flancos, dispuestos a pactar si es necesario; pero el concepto de bipartidismo, entendido como dos grandes bloques igualmente comprometidos con el régimen y cuya política varía únicamente en los ritmos de aplicación y en el “talante”, se ha reforzado. Lo más que ha dado la nueva situación es a forzar pactos entre estas cuatro tendencias y, es verdad, a que utilicen un lenguaje más dulce, para hacer la misma política. Conclusión: cuando ya se veía enfrentada a una derrota de dimensiones históricas en Diciembre, la derecha bipartita que ha venido aplicando la política de recortes de estos últimos años, ha recuperado aliento, de quien, a priori, menos cabía esperar. Personajes como Felipe González, responsable de algunas de las principales agresiones a los intereses generales de las clases populares en España (incluidas: en ingreso en la UE y la OTAN, la desindustrialización, la firma del Tratado de Maastricht, o la aplicación de una política de terrorismo de Estado aún hoy impune) vuelven a la palestra política; lo mismo que Zapatero, quien en mayo de 2.010 firmó la rendición incondicional a las imposiciones de la Europa Capitalista, dando comienzo a la oleada de recortes que Rajoy y su PP llevaron al paroxismo, entra de nuevo en la lid política, en este caso de la mano de dos eximios dirigentes del populismo. Incluso personas como Joan Herrera, Secretario General de ICV en aquellos cercanos años del “tripartito” y, por tanto, con responsabilidades políticas en las agresiones antipopulares que encabezó el Govern d´Entesa del que su formación fue parte, han podido “reciclarse” en figuras señeras del ciudadanismo, con el placet de quienes, como Pablo Iglesias, se comprometieron a acabar con “la casta”; lo mismo cabe decir de Joan Ribó en el País Valenciano, o Inés Sabanés en Madrid y otros (la lista sería bastante larga) que formaban parte de las facciones más derechistas de IU y han logrado auparse a las instituciones empujados por la marea “ciudadanista”. La aparición de PODEMOS y su sorprendente resultado en las pasadas elecciones europeas, las urgencias que su núcleo dirigente consiguió imprimir en la agenda política del campo popular, han condicionado de modo determinante la situación.

En estos momentos, la proximidad de las elecciones, la crisis que el populismo ha llevado a fuerzas de izquierda importantes, etc., hace muy difícil recuperar a tiempo el proceso de unidad de la izquierda sobre unas bases mínimas. Sin embargo, aunque las bases ideológicas del populismo ciudadanista son perniciosas y deben ser combatidas como decimos, en muchas de las plataformas ciudadanas constituidas a toda prisa, trabajan compañeros honrados, que se dejaron llevar por la ola en los primeros momentos, de mayor confusión, o que piensan que participar en ellas es una forma de hacer avanzar la unidad popular, pero que, sin embargo, rechazan abiertamente la ambigüedad del oportunismo interclasista, comparten con nosotros la necesidad de la ruptura con el régimen de la transición y comienzan, además, a ser conscientes de las limitaciones de ese proyecto y de la necesidad de reforzar la organización, para hacer frente a un régimen cuya única manera de perpetuarse será el mantenimiento de la explotación implacable de la mayoría trabajadora y el incremento de la represión.

Por eso mismo, hemos de combatir una posición sectaria hacia esas plataformas que, si bien es comprensible como reacción a la ofensiva populista, hace mucho daño. Las elecciones pasarán, pero no los problemas para la mayoría trabajadora. Y los próximos meses van a mostrar probablemente con mucha rapidez a qué conduce este viaje de la nada a la nada que propone el populismo ciudadanista. Y entonces va a ser imprescindible que se mantenga la organización, que se refuerce la unidad, particularmente entre los comunistas, que somos conscientes del papel que desempeñan las instituciones burguesas en el marco de un régimen oligárquico como este y por eso sabemos que sin una alternativa global y de clase, las energías se pierden frente al formalismo electoralista. Por eso, pese a todo, pese al ruido constante de ideologías ajenas al proletariado, debemos mantener el debate, la coordinación y la acción, para recuperar lo antes posible, la capacidad de lucha y respuesta de nuestra clase. Ese es nuestro compromiso.